Las imágenes de Jeanloup Sieff tienen la magia de los clásicos. Ante sus retratos se hace el silencio, como si para disfrutarlos hubiera que compartir los rasgos de este fotógrafo excepcional: la elegancia, el amor por la soledad y la búsqueda de un pasado que se desvanece.
Sieff nos dejó el 20 de septiembre de 2000. Atrás quedaban las aventuras internacionales, la exploración del Hollywood desconocido, la travesía de parajes tan imponentes como el Valle de la Muerte... Pero había merecido la pena.
"Mi compañera de infancia –dijo en cierta ocasión– fue la soledad (un padre desaparecido, el vagabundeo en tiempo de guerra), pero llegué a aceptarla tanto como el dolor que me producía".
Hijo de inmigrantes polacos, nacido en París en 1933, Sieff sintió el veneno de la fotografía en la adolescencia, cuando le regalaron una cámara Photax y la puso a prueba en los rincones más bellos del parque natural de Zakopane.
Con la idea de mejorar su formación, asistió en 1953 a la Escuela Vaugirard y luego se matriculó en otro centro de parecido prestigio, Vevey, en Suiza. Allí aprendió los fundamentos del oficio y confirmó que el suyo era un interés vocacional.
La mala salud lo liberó de cumplir el servicio militar a las tres semanas de ponerse el uniforme en los barracones de Vernon.
Aún tomaba apuntes en el Centre de Formation des Journalistes cuando le llamaron desde la redacción de la revista Elle. Trabajó para esa publicación tres años, hasta 1958. Fue entonces cuando se unió a la Agencia Magnum, con la que colaboró a lo largo de varios meses.
Entre sus trabajos más celebrados durante ese periodo, destacan las fotografías que tomó durante la huelga de mineros en Bélgica y su prodigioso reportaje sobre la muerte del papa Pío XII.
La realidad captada en blanco y negro le condujo hasta la pintura. Con ecos de Renoir y Seurat, ensayó un nuevo estilo en su primer libro, Le Ballet, protagonizado por las bailarinas de la Ópera de París. Es ahí donde descubrió su habilidad para convertir en arte instantáneo la belleza femenina.

Espíritu inquieto, Sieff decidió instalarse en Nueva York. Cinco años permaneció en América, lo suficiente como para conocer a la realeza de Hollywood y distinguirse como uno de los grandes fotógrafos de cabeceras como Esquire, Glamour, Vogue y Harper's Bazaar.
Moda, ballet y cine fueron tres de sus temas predilectos, y así queda de manifiesto en sus retratos de Peter Lorre, Yves Montand, Alfred Hitchcock, Jacques-Henri Lartigue, Yves Saint-Laurent y Rudolf Nureyev.
Aunque hoy lo admiramos por sus misteriosas fotografías de modelos semidesnudas, su romanticismo y personal iconografía destacan aún más si cabe en esas imágenes que captó en los páramos escoceses y en el Valle de la Muerte californiano. No hay duda de que paisajistas como Bill Brandt oAnsel Adams hubieran podido firmar esos trabajos.
El volumen que ahora le dedica la editorial Taschen es un libro imprescindible para cualquier amante de la belleza. En sus páginas, el arte de Jeanloup Sieff manifiesta sus innumerables virtudes.
La búsqueda de los fantasmas del pasado, el tratamiento dramático del paisaje, su etérea y sofisticada percepción del erotismo, los sentimientos que afloran en segundo plano... Todo ello confirma que Sieff pertenece a una extinguida raza de fotógrafos que supo educar nuestra mirada con un sentido total del arte.
Ficha editorial
Jeanloup Sieff
24 x 30 cm
192 páginas
9.99 €
Copyright del texto © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.
Copyright de imágenes © Herederos de Jeanloup Sieff. Benedikt Taschen Verlag GmbH. Cortesía del Departamento de Prensa de Taschen. Reservados todos los derechos.
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