
De todos es sabido que la India colonial ha sido un frecuente escenario de peripecias cinematográficas. En su geografía -poco importa si real o imaginaria- han discurrido aventuras fascinantes, y el exotismo, que cautivó y aún cautiva el imaginario de Occidente, ha prestado colorido a búsquedas de tesoros y hazañas militares.
Son buena muestra de ello las dos películas que Fritz Lang escribió en 1920 y filmó en 1959: El tigre de Snapur y La tumba india. No obstante, y pese a lo mucho que me agradan ambas producciones, he de comenzar esta nota rindiendo tributo a Rudyard Kipling, pues a él se debe la definitiva popularización de la península indostánica como espacio para la épica.
Desde Capitanes intrépidos (1937), de Victor Fleming, hasta Elephant boy (1937), de Robert Flaherty y Zoltan Korda, el cine basado en la narrativa de Kipling ha mostrado el juego de oposiciones que precisa el género. Así, Mowgli, antecedente de Tarzán, es el muchacho enfrentado a los rigores de la jungla en El libro de la selva (1942), de Zoltan Korda, y en las versiones de la misma novela rodadas por Wolfgang Reitherman en 1967 y por Stephen Sommers en 1993. El mismo arrojo infantil queda de manifiesto en Kim de la India (1950), de Victor Saville, donde también era perfilado otro de los estereotipos del universo de Kipling: el militar del Ejército colonial británico.
Otro relato del escritor es el origen de Gunga Din (1939), de George Stevens, donde se expresa la camaradería y el afán de aventura de los sargentos Cutter (Cary Grant), McChesney (Victor McLaglen) y Ballantine (Douglas Fairbanks Jr.), así como el heroísmo del indígena Gunga Din (Sam Jaffe). Este planteamiento, tan exitoso en su momento, ha motivado largometrajes como Three soldiers (1951), de Tay Garnett. Y no lo olvidemos: se relaciona estrechamente con ese soberbio divertimento que es Tres lanceros bengalíes (1935), filme de Henry Hathaway inspirado en la novela homónima de Francis Yeats Brown.
En este último título, el juego moral se define entre los tres tenientes (interpretados por Gary Cooper, Franchot Tone y Richard Cromwell), y los malvados hermanos Khan, a quienes asiste el Gran Visir. Con ligeros toques de comedia, exaltando el optimismo militar, la trama se resuelve en una apoteosis heroica. Dicho sentido épico viene a ser lo que, con absoluta justicia, convierte a dicha cinta en admirable.
Esa es, asimismo, la cualidad distintiva de La carga de la brigada ligera (1936), de Michael Curtiz, donde el 27º Regimiento de Lanceros realizaba una marcha suicida en Balaklava, a las órdenes del Mayor Geoffrey Vickers (Errol Flynn). Un valor desesperado que, con variada ambientación geográfica, se reitera en títulos como Los últimos de Filipinas (1945), de Antonio Román, Bengal brigade (1954), de Laslo Benedek, y 55 días en Pekín (1963), de Nicholas Ray.
El héroe colonial reaparece en otra película inspirada en una obra de Kipling, El hombre que pudo reinar (1975), de John Huston. Pese a su orientación picaresca, los protagonistas, Peachy Carnehan (Michael Caine) y Daniel Dravot (Sean Connery), asumen el honor británico y se esfuerzan en lucir sin excesiva fanfarronería la casaca roja; esa prenda que, en tiempos de la reina Victoria, fue sinónimo de orgullo y distinción.
(Este artículo cita textos publicados por mí en la Enciclopedia Universal Multimedia, de Micronet, entre 1999 y 2002)
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