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Historia del cine de terror

Índice de Artículos
Historia del cine de terror
El expresionismo
La edad dorada del cine de terror
Los años cincuenta
Terror a la europea
Psicópatas, caníbales y entidades sobrenaturales
Terror en tiempos de cambio
Todas las páginas

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Temores antiquísimos son los que laten detrás de las películas de terror. Miedos que, antes que el cine, recogió la literatura, y que la gran pantalla se ha encargado de actualizar. En todo caso, los subgéneros organizan el panorama y etiquetas como el gore y el slasher, el giallo italiano y hasta el J-horror nipón nos ayudan a dar nuevo impulso a fobias y angustias que acompañan al ser humano desde la noche de los tiempos.

Una de las mejores formas de estudiar a los profesionales del miedo consiste en observar lo que leen. El caso de Wes Craven es tentador. Posee una generosa biblioteca, donde ningún asombro queda proscrito. En particular, le interesan las angustias más antiguas –el temor a ser enterrado vivo, la noche como amenaza…– , porque de ellas extrae el argumento de sus películas.

Soy un espectador chapado a la antigua en materia de horror, y por eso me agrada saber que Craven domina la imaginería sobrenatural. No me sorprende, por tanto, el lugar que ocupan en su archivo los artículos que Bill Curry dedicó en 1981 a un extraño mal: el síndrome del durmiente.

En principio, parece demasiado fácil la coincidencia entre el mito del íncubo y esos jóvenes que sufren asaltos durante el sueño, pero tan sugerente es el enigma como la solución que Craven propuso en Pesadilla en Elm Street (1984).

En la duda, uno puede preguntarse si los monstruos de Hellboy II (2007) o 30 días de oscuridad (2008) también patean la tierra al compás del viejo folclore. Por lo que hace al espectador moderno, tanto vale un espectro medieval como un leviatán de ésos a los que Hollywood inyecta esteroides.

Equiparamos el todo a la parte: el prójimo, si luce colmillos, es peligroso. La presencia de ratas nos inquieta igual que a nuestros antepasados del siglo XVII, temerosos de la peste bubónica. Y las grandes mansiones, hoy como ayer, evocan la fantasmagoría gótica de Radcliffe o Poe.

Desde que en 1910 J. Searle Dawley filmó Frankenstein, buena parte del cine terrorífico se modula en un registro literario. En este sentido, no es caprichoso relacionar el romanticismo de Nosferatu (Murnau, 1922) con el desenfreno folletinesco que asumió Lon Chaney en El fantasma de la ópera (Julian, 1925).

Dicen que a Chaney y a su amigo Tod Browning les fascinaban los angustiosos montajes del Théâtre du Grand Guignol, cuya compañía viajó desde París a Nueva York en 1923.

Tres años después, Horace Liveright produjo en Broadway una versión de Drácula, y su protagonista, Bela Lugosi, fue designado para encarnar al vampiro en la cinta de Browning.

De ahí en adelante, la Universal se dedicó a rodar pesadillas expresionistas como Frankenstein (1931), de James Whale.

No deja de tener su triste gracia que el público norteamericano hallase detestable La parada de los monstruos (1932), de Browning, pese a estar familiarizado con la ignominia de los freak shows. Resulta aún más difícil conciliar esta paradoja con el hecho de que Hitler considerase King Kong (1933) una de sus películas predilectas.

Habida cuenta de lo que vino después, ¿qué podría ser más próximo al Führer que una bestia omnipotente?

La exposición al auténtico horror –llamémosle Auschwitz o Hiroshima– modificó la percepción del público. Al socaire de la guerra fría, el infiltrado –¿un extraterrestre?– tocó hasta la última fibra del auditorio. Por lo que hace al legado de la Universal, diré sólo que fue puesto al día, desde Inglaterra, por Hammer Films.

Corrían los años cincuenta. Y en eso intervino Ed Gein, el ogro de Plainfield, cuyos modales hubieran intrigado a los hermanos Grimm. Sobre todo cuando se divulgó su afición a forrar sillas con piel humana. Residente en un pueblo cercano al de Gein, Robert Bloch escribió Psicosis inspirándose en el necrófilo.

Como saben, Hitchcock llevó este libro a la pantalla en 1960, y otro cineasta familiarizado con Gein, Tobe Hopper, rastreó su pista en La matanza de Texas (1974).

Quien tenga la paciencia de repasar los tics del primer goreBlood Feast (1963)– descubrirá a qué ley obedecen la obra de Hopper y La noche de los muertos vivientes (Romero, 1968), con su turba de zombis caníbales.

Pero no nos engañemos: La matanza de Texas también apunta, de soslayo, hacia viejos arquetipos. Sin ir más lejos, el de los sans-culottes que, al decir de la prensa inglesa, devoraban los despojos de los guillotinados.

Quiero decir con todo esto que los viejos mecanismos, las conexiones con el pasado, siguen ahí todavía.

Pasemos página... Próxima parada: el expresionismo y sus pesadillas.

 



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