• PORTADA
  • CRÍTICAS
  • ENTREVISTAS
  • CINE CLÁSICO
  • LIBROS
  • TEATRO
  • CÓMIC
  • SERIES
  • EXPOSICIONES
  • MUSICALES

Vie05252012

Last update06:02:52 PM

The-Cult-revista

Historia del cine de terror - La edad dorada del cine de terror

Índice de Artículos
Historia del cine de terror
El expresionismo
La edad dorada del cine de terror
Los años cincuenta
Terror a la europea
Psicópatas, caníbales y entidades sobrenaturales
Terror en tiempos de cambio
Todas las páginas

La edad dorada del cine de terror

En los primeros años treinta, la productora Universal, al frente de la cual se encontraba Carl Laemmle, contando con un extraordinario grupo de creadores, decidió tomar de la literatura europea una serie de obras de gran popularidad y convertirlas en films. Hay que tener en cuenta que por esas fechas triunfaban en los teatros norteamericanos adaptaciones de la literatura gótica, bastantes estremecedoras en su representación. Uno de los actores que participaba en esas obras, Bela Lugosi, fue elegido para protagonizar esa cinta de Browning: Drácula (1930).

Aunque el actor no hablaba inglés y sus cualidades dramáticas dejaban bastante que desear, el triunfo fue resonante, al extremo de consolidar su imagen como la delvampiro orgulloso y decadente, estereotipo de la vieja Europa para no pocos espectadores norteamericanos. La lista de secuelas fue imparable, entre ellas destaca La hija de Drácula (1936), de Lambert Hillyer.

Si Drácula era el dandy seductor y temible, la otra cara de la moneda, el monstruo de Frankenstein, era la torpe consecuencia de la ambición científica. El largometraje inspirado en la conocida novela de Mary Shelley, Frankenstein (1931), de James Whale, así como su continuación, La novia de Frankenstein (1935), del mismo realizador, eran una suerte de fábula de mágica ambientación.

El monstruo acababa por tomar conciencia de su condición y, finalmente, trataba de castigar la osadía de su creador, aunque Hollywood se encargó de alterar el fatal destino del doctor, convirtiéndolo en un final feliz.

Si se habla de la doble faceta Drácula/Frankenstein, se ha de revisar nuevamente la dualidad Jekyll/Hyde. En El hombre y el monstruo (1931), de Rouben Mamoulian, nueva versión del clásico de Robert Louis Stevenson, se acentuaban las diferencias morfológicas entre el científico y la personalidad que lograba luego de ingerir el contenido de su fórmula. Acaso el mensaje era siempre el mismo: el hombre no puede alterar las leyes naturales sin pagar por ello.

El cine de terror no existiría sin villanos arquetípicos y el cine de esta época los ofrece a raudales. Si terrible era el hipnotizador de Svengali (1931), de Archie Mayo, más aún lo era el vesánico cazador protagonista de El malvado Zaroff (1932), de Ernest B. Schoedsack e Irving Pichel, película en la que el público asistía a un refinado entretenimiento digno de Sade: acosar a los hombres como si de presas se tratara.

Desde el primer momento el sabio loco es visto como representación del peligro más ancestral. Así ocurría en La máscara de Fu-Manchú (1932), de Charles Brabin, con ese mandarín chino que anhelaba usar su avanzada tecnología para hacerse con las riendas del mundo. Lo mismo cabe señalar respecto a El hombre invisible (1933), de James Whale, protagonizada por un científico que paga caro su deseo de lograr la invisibilidad. Ciencia-ficción y terror se solapan en estos y otros casos y es difícil advertir las fisuras entre los géneros.

Junto a los terrores humanos el cine propone otros más inclasificables, aunque el fondo melodramático persiste. Por amor vuelve a la vida el cadáver protagonista de La momia (1932), de Karl Freund, y por la misma razón perece el licántropo de El lobo humano (1935), de Stuart Walker. La bestialidad, al cabo, también recibe su castigo en las pantallas.

El éxito del cine de terror en Estados Unidos durante los años 30 se ha pretendido explicar con diversas teorías. La más plausible es la que relaciona la crisis socioeconómica con el deseo de evasión a través de temores más pavorosos que la propia realidad. En las pantallas se suceden estrenos como Las manos de Orlac (1935), de Karl Freund, El cuervo (1935), de Louis Friendlander, y Muñecos infernales (1936), de Tod Browning. A buen seguro, es este realizador el más representativo de la corriente citada.

Browning tuvo una juventud itinerante, embarcado en una feria que exhibía los más extraordinarios fenómenos por los pueblos norteamericanos. Al cine trasladó esa afición por lo circense, pero también otros contenidos más oscuros. Sus problemas con el alcohol y un espíritu de natural atormentado no podían conducir a otro punto que a la fascinación con lo más escabroso.

Freaks (1932), una de sus realizaciones más conocidas, resume justamente esas inquietudes. Un relato de amores cruzados en una feria da lugar a una siniestra tragedia en la que monstruos reales, procedentes de diversas ferias ambulantes, participan como secundarios. Durante décadas esta película fue tenida por aberrante. Sólo a partir de losaños sesenta fue recuperada por la crítica y hoy es considerada una obra maestra.

El estallido de la Segunda Guerra Mundial no tuvo un particular influjo en el cine de terror. Secuelas de los éxitos de los treinta poblaron las pantallas con una dignidad artística en muchos casos dudosa. No obstante, cabe rescatar algunos títulos. El hombre lobo (1941), de George Waggner, es un muy digno acercamiento a la licantropía, algo que no puede decirse de sus numerosas continuaciones.

El extraño caso del Dr. Jekyll (1941), de Victor Fleming, como indica su título, es una nueva versión del relato más difundido sobre la doble personalidad, aunque esta vez inferior a sus predecesoras. El mismo asunto aparece en El retrato de Dorian Gray (1945), de Albert Lewin, una excelente adaptación de la novela homónima de Oscar Wilde.

Por último, hay que recordar dos films magistrales dirigidos por Jacques Tourneur. La mujer pantera (1942) propone una nueva vuelta de tuerca al tema de la dualidad humana, cifrada en este caso en la bella mujer protagonista, que no puede desatar sus pasiones femeninas a riesgo de convertirse en un peligrosos felino. En Yo anduve con un zombi (1943) el espectador asiste a una refinada escenificación de los ambientes haitianos, con esa noche inquietante que el ritual vudú llena de muertos que han regresado a la vida.

 



Añade tu comentario


Código de seguridad
Refescar

Banner-cineclasico

Lo más leído

Banner-television2

Lo último

Banner-comics2

El editor recomienda...

 

Cultura en Positivo

Contenidos originales

Book Review

El Ministerio de Cultura identifica a Cine y Letras (The Cult) como una revista que ofrece contenidos respetuosos con los derechos de propiedad intelectual, y por ello nos distingue con el sello "Cultura en positivo". LEER MÁS...