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Historia del cine de terror - Los años cincuenta

Índice de Artículos
Historia del cine de terror
El expresionismo
La edad dorada del cine de terror
Los años cincuenta
Terror a la europea
Psicópatas, caníbales y entidades sobrenaturales
Terror en tiempos de cambio
Todas las páginas

Nuevos rumbos del miedo a partir de los años cincuenta

El tema del gigantismo, abordado en King Kong (1933), de Merian C. Cooper y Ernst B. Schoedsack, se convirtió en habitual una vez concluida la Segunda Guerra Mundial. Al éxito internacional de El monstruo de tiempos remotos (1953), de Eugene Lourie, hay que sumar una producción nipona, Japón bajo el terror del monstruo (1954), de Inoshiro Honda, y films norteamericanos tan populares como La humanidad en peligro (1954), de Gordon Douglas, y Tarántula (1955), de Jack Arnold.

El temor a este tipo de mutantes, capaces de destruir a su paso tanques y ejércitos, tiene una relación directa con los experimentos atómicos. No en vano estaba muy extendida la idea de que la radiactividad podía producir alteraciones genéticas. Por otro lado, los animales metamorfoseados eran, por lo común, igualmente inquietantes en su formato más reducido. El cine convirtió en gigantes a las arañas, las avispas, las hormigas y otras criaturas con no demasiadas simpatías entre el público del momento.

Ese tipo de mutaciones, por otra parte, no afectaron sólo a insectos o reptiles. En algún caso aparecieron humanoides, como el protagonista de La mujer y el monstruo (1954), de Jack Arnold. El ser anfibio de este largometraje, con su deseo constante hacia la joven heroína, sublimaba un contenido que ya podía observarse en los licántropos del cine. El componente de bestialidad quedaba asimilado al deseo pasional, por oposición a la contenida educación de los personajes más admirables.

Otra metamorfosis con final trágico era la relatada en La mosca (1958), de Kurt Neumann. En este caso, el personaje central, un científico, trataba de experimentar con una especie de transportador molecular. Sin embargo, una mosca intervenía por accidente en el proceso, de suerte que la cabeza y una pata de ésta pasaban a pertenecer al sabio. Enredado en una telaraña, el insecto exhibía en la escalofriante escena final el rostro y un brazo del científico. Como en otras fábulas semejantes, el mensaje final era claramente anticientífico.

La proliferación de productores independientes y la apertura de numerosos autocines y salas de programa doble condujo por estas fechas a una necesidad de títulos que, lógicamente, no podían satisfacer a los aficionados más sensibles. Para complementar en los programas el título más atractivo, los exhibidores comenzaron a programar los films de “serie B”, así llamados por ocupar ese lugar secundario en la oferta cinematográfica y también por lo ajustado de su presupuesto.

La mayoría de las producciones de terror de “serie B” no soporta una crítica medianamente rigurosa, aunque la nostalgia de muchos seguidores ha hecho de ellas objeto de culto minoritario. El más destacado productor y realizador identificado con esta corriente es Roger Corman. De su extensa e irregular trayectoria profesional cabe rescatar precisamente la filmografía que consagró a la obra de Edgar Allan Poe. Títulos como La caída de la casa Usher (1960), El péndulo y la muerte (1961), El cuervoLa máscara de la muerte roja (1963) son un meritorio ejemplo de adaptación. (1963) y

Uno de los factores decisivos a la hora de valorar el éxito de estas películas es la participación en papeles protagonistas del actor Vincent Price. Este magnífico intérprete, gracias a sus aristocráticas maneras y la potencia de su voz, logró encarnar a la perfección el encanto gótico y decadente de las narraciones de Poe.

La diferencia entre los géneros, al igual que lo que ocurre con la ciencia-ficción, se convirtió en algo cada vez más difuso. Determinadas películas encuadradas habitualmente dentro del mundo del thriller o la serie negra, contienen innegables vínculos con el cine de terror. Tal es el caso de ¿Qué fue de Baby Jane? (1962), de Robert Aldrich, y El estrangulador de Boston (1968), de Richard Fleischer. Poco a poco, el público se iba preparando para la aparición de psicópatas aún más escalofriantes.

 



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