Terror a la europea
El género no tardó en demostrar que sus fronteras geográficas eran muy amplias. Frente a la modernidad apuntada en sus temas por el cine de terror norteamericano, el cine británico del mismo género, realizado casi en su totalidad dentro de la productora Hammer, demostró una nostalgia muy profunda por los temas clásicos. La serie iniciada por Drácula (1958), de Terence Fisher, ofrece una versión sensual y cuidada del mito vampírico. La solidez del primer título y de las dos primeras secuelas, Las novias de Drácula (1960) y Drácula, príncipe de las tinieblas (1965), ambas de Fisher, declina ligeramente en posteriores films, caso de Drácula vuelve de la tumba (1968), de Freddie Francis, y Las cicatrices de Drácula (1970), de Roy Ward Baker.
No sólo en Inglaterra se produjeron films de terror en los 60 y los 70. Italia ofreció una muy personal producción del género. Aparte de la excelente La máscara del demonio (1960), Mario Bava realizó otras películas igualmente estimables, inspiradas por lo general en temas clásicos.
Más rompedor fue el trabajo de Dario Argento, que unió a su talento para crear tensión una exhibición de violencia hasta entonces inédita en las pantallas. Destacan en su filmografía El pájaro de las plumas de cristal (1968), El gato de nueve colasSuspiria (1977), títulos ya clásicos del llamado giallo. (1970) y
Sin embargo, el cine italiano posterior, generalmente de bajo presupuesto, ha insistido sobremanera en la truculencia, estrenando producciones tan excesivas como Holocausto caníbal (1979), de Ruggero Deodato.
El caso español sigue una trayectoria igualmente irregular, aunque no exenta de títulos interesantes. Tras su muy singular entrada en el fantástico con Miss Muerte (1965), Jesús Franco se encargó con dudosa fortuna artística de algunos personajes clásicos, como hizo en El castillo de Fu-Manchú (1968) y El conde Drácula (1970).
Paul Naschy, seudónimo del actor y director Jacinto Molina, fue en esta etapa el más prolífico participante en producciones del género. Dio vida al licántropo Waldemar Daninsky en La marca del hombre lobo (1968), de Enrique L. Eguiluz, y La noche de Walpurgis (1970), de León Klimowsky. Compuso un complejo juego de personalidades en Jack, el destripador de Londres (1971), de José Luis Madrid, y más tarde practicó el vampirismo en El gran amor del Conde Drácula (1972), de Javier Aguirre.
Eficaz desde el punto de vista comercial, Molina probó a convertirse en director de sus propios guiones, filmando títulos de interés, como El retorno del hombre lobo (1981), El huerto del francés (1977) y La bestia y la espada mágica (1984).
Avalado por su éxito televisivo en la serie Historias para no dormir, Narciso Ibáñez Serrador rodó dos films de terror, La residencia (1969) y ¿Quién puede matar a un niño? (1976), ambos de cuidada realización y buenos resultados en taquilla.
Menos talentoso tras la cámara, aunque también reconocido por el éxito, Amando de Ossorio se encargó de popularizar a los fantasmagóricos templarios de La noche del terror ciego (1971).
La lenta decadencia del género en España a partir de los años 80 todavía permitió nuevos intentos de remozarlo, como La grieta (1989), de Juan Piquer Simón.
Títulos posteriores, como Justino, un asesino de la tercera edad (1994), de Luis Guridi y Santiago Aguilar; El día de la bestia (1995), de Alex de la Iglesia; y Tesis (1996), de Alejandro Amenábar, juegan con algunos contenidos terroríficos, aunque su adscripción al género es más discutible.
Amenábar, con el respaldo norteamericano, rueda Los otros (The Others, 2001), que abre nuevas posibilidades al género en España.
Dentro de los cánones del horror moderno, el cine español del nuevo milenio demuestra que es posible abarcar las convenciones terroríficas con un talento similar al demostrado en Francia, Inglaterra y Estados Unidos. Así lo demuestran películas como El orfanato (2007), de Juan Antonio Bayona, y REC (2007), de Paco Plaza y Jaume Balagueró. Con producción internacional, 28 semanas después (28 Weeks Later, 2007), sitúa en esa primera fila a su autor, Juan Carlos Fresnadillo.













































































