
Hong Kong tiene una cinematografía por descubrir. No en vano, más allá del thriller y del cine de artes marciales, en la antigua colonia británica la creatividad audiovisual llega a límites insospechados.
Por eso hay que combatir las visiones que describen ese cine como un cine de géneros, condicionado exclusivamente por las artes marciales. Ni siquiera estoy segura de que sea una industria con peculiaridades exclusivas. Un repaso histórico será útil para fijar posturas al respecto.
Comienzo por cita a un exiliado, Kai Chusheng, que filmó Gudao tiantang (1939) pocos años antes de que la armada nipona pusiera sitio a la colonia con el ánimo de establecer allí sus bases durante la Segunda Guerra Mundial.
La presencia japonesa fue un acontecimiento decisivo. También para los cineastas.
Tras la invasión, el importante centro de producción cinematográfica que ya era Hong-Kong se convirtió en un mero espacio de exhibición de filmes propagandísticos.
Los soldados japoneses destruyeron instalaciones o bien las aprovecharon para sus propósitos coloniales.
Pero nos quedan las películas… Citábamos ahora esa cinta de Kai Chusheng, que ha sido traducida como La isla huérfana. Se trata de un ejemplo muy significativo del cine hecho por este exiliado que huyo de Shangai para refugiarse en Hong Kong.
Tsai Chuseng pertenece a la segunda generación de cineastas chinos, y dispone de una emblemática película, La canción de los pescadores (1933), a medio camino entre el mensaje izquierdista y el documental.
Cuando Tsai Chuseng se exilia a Hong Kong no abandona su deseo de lucha contra el invasor japonés y decide rodar esta película, La isla huérfana, centrando la historia en el Shangai ocupado y combinando elementos de la novela de suspense con temas nacionalistas y antijaponeses.
La isla huérfana fue una de las primeras películas habladas en mandarín y producidas por una compañía hongkonesa.
Se debe incluir en la edad dorada del cine de la ex colonia. Podemos ubicar esa etapa entre los años 1937, momento en que llegó un gran número de exiliados, tras la invasión de Shangai, y 1941, año en que Hong Kong fue ocupado por Japón.
Fue, en toda la extensión del término, una edad dorada. Un fértil período, durante el que se practicaron todos los géneros, explorando temas que estaban a medio camino entre las tradiciones y la experiencia americana.
Los británicos recuperaron su territorio en 1945 e impusieron una política liberal en lo relativo a los impuestos, y favorecieron además los valores democráticos. Esa fórmula político-económica promovió la producción.
De hecho recuperó los niveles propios del periodo de entreguerras.
Sin embargo, mientras represaliados por el comunismo como Zhu Shilin rodaron en total libertad, un problema idiomático complicó la situación de la industria, pues los directores locales filmaban en cantonés, pero los recién llegados como Shilin rodaban en mandarín.
Fue un asunto sumamente delicado. Lo cierto es que finalmente el público no hizo demasiadas diferencias entre los melodramas cantoneses como Familias (1954), de Qin Jian, y las excelentes películas en mandarín de King Hu. De hecho, los hermanos Shaw, principales productores de la colonia, impusieron el mandarín en sus películas desde 1937.

La compañía Shaw Brothers
Haciendo un poco de historia, la trayectoria de los hermanos Shaw con el cine siempre ha tenido una estela de éxitos que comenzó a sufrir su declive a finales de los años setenta.
El de los Shaw un nombre mítico. Hasta el propio Tarantino lo reivindica en cintas como Kill Bill.
La familia Shaw, originaria de Shangai, se abrió al mercado de la producción y realización con la Compañía Tianyi Films, en el año 1925, expandiéndose hacia Singapur y creando en los años treinta un poderoso foco de acción en todo el sudeste asiático. La marcha a Hong Kong de uno de los hermanos (Run Run Shaw) tuvo lugar en el año 1934.
Fue ahí cuando comenzó una carrera que pasó por la creación de la productora Shaw and Sons, en los años cincuenta, y culminó en el año 1958 con la nueva compañía denominada Shaw Brothers.
Nació así un imperio, con una cuidadísima infraestructura, en el que se reconocían y mimaban todos los engranajes de la producción: estudios de rodaje, escuelas de interpretación, almacenes de vestuario... Ah, y una acertada publicidad que convertía a sus películas en las favoritas del público.
Los Shaw estaban decididos a convertir Hong-Kong en el Hollywood del Este, y por eso recurrieron a tácticas comerciales ya impuestas en Estados Unidos. De este modo, fomentaron la publicidad de estrellas como la actriz Lin Dai, una de las más bellas del momento.
Linda Lin Dai fue una de las actrices más reputadas y laureadas en toda la historia de Hong Kong. A Lin Dai la descubrió Yuan Yang’an, manager de la Great Wall Film Production, una de las muchas compañías hongkonesas que proliferaban en los años cincuenta.
El retrato de Lin Dai llamó la atención en el escaparate de un estudio fotográfico y Yang’an en seguida comprobó la fotogenia de la muchacha.
Su primera película fue Singing under the moon (1953), que cosechó un rotundo éxito. Al mismo tiempo, Linda se hacía con un numeroso grupo de incondicionales que la alzaron en su carrera cinematográfica. Trabajando para distintas compañías, en el año 1958 firmó un contrato con la Shaw Brothers. Fue la época en la que obtuvo sus mayores triunfos y eso la reafirmó como estrella. Desgraciadamente, su prematuro suicidio, con tan sólo treinta años, truncó una carrera que hubiera estado plagado de éxitos.
Los Shaw eran expertos en anunciar producciones espectaculares y atrayentes. Por ejemplo, Li Han Hsiang, su director más prolífico, rodó en 1963 una nueva versión del que fue primer largometraje en color del cine chino, Liang Shan po yu Zhu Ying Tai (1963), de Shang Hu y Huang Sha.
A Li Han Hsiang siempre se relaciona con edad dorada de la Shaw Brothers. Llegó a Hong Kong en el año 1948, y su vida se ligó aún más con el cinematógrafo, alternando las funciones de asistente de director, director, guionista, e inclusive actor esporádico. Una de las películas más significativas en su trayectoria fue precisamente Liang Shan po yu Zhu Ying , traducida como The love eterne (1963), que se ha convertido en todo un clásico de la Shaw Brothers. Rodada en cinemascope, Hsiang supo fusionar todo su bagaje histórico con la demanda cinematográfica de los años sesenta.
Me refiero al hecho de que trabajó con sus propias tradiciones –recordemos su proveniencia del norte de China– y asimismo con las innovaciones formales del momento.
The love eterne se basó en la ópera china titulada Huangmei. Era ésta una obra derivada de las canciones que los recolectores de té popularizaron en las regiones de Huangmei y Anhui. Quizá por carecer de la precisión de movimientos y expresividad de la Ópera de Pekín, sus canciones eran mucho más pegadizas y rítmicas, con frases más cortas y con argumentos que reflejaban la vida de la gente común. El hecho de que las canciones fuesen más dinámicas, conectó con una generación más joven, que alzó a la película como “fenómeno musical”, y derivó en un movimiento de adeptos que cantaban a coro sus melodías.
En todo caso, algo similar a lo que ocurrió con muchas obras en occidente.
El argumento de la película podría equipararse con el de Romeo y Julieta. Gira en torno a dos amantes que se encuentran en una escuela sólo para muchachos. La heroína se hace pasar por uno de ellos. Ambos se ven presionados por la incomprensión de sus familias, que rechazan su unión al ser el chico de condición inferior.
El poético final presenta la muerte de los dos jóvenes, convertidos en dos mariposas que siempre volarán juntas. En realidad, éste es un clásico de la literatura china. Tsui Hark realizó su particular adaptación en los años noventa con The lovers (1994).













































































