La década de los cincuenta es, sin duda, la década de Bienvenido Mr. Marshall, tal vez porque ninguna película como ella simboliza lo que este periodo quiso ser y no pudo. Son los años de una voluntad colectiva de cambio, pero asimismo los años de una aparente frustración, transcurridos los cuales era fácil creer que nada había sido posible conseguir, pese a los desesperados intentos por conseguir un cine distinto.
Es la década de las Conversaciones de Salamanca, en las que la apasionada inquietud por el Séptimo Arte culmina en un ideario teórico que trata de prender en la conciencia social y administrativa.
Son los años de Bardem y Berlanga, pero los años también de Ladislao Vajda y de Juan de Orduña, y de Sara Montiel y de Joselito.
Es el ambiguo periodo de tiempo durante el cual el cine español camina desorientado, yendo de un lado a otro. De Surcos a Marcelino, pan y vino, de Muerte de un ciclista a El último cuplé.
La década de los 50 constituye para la cinematografía nacional una larga espera, una etapa de transición en la que el viejo cine, sometido a la tradición, sostiene una industria moribunda, incapaz de renacer a pesar de las medidas proteccionistas que promueve la Administración.
Cuando la posguerra tocaba a su fin, la productora Cifesa intentó mantener viva la llama de un cine patriótico, con un lustre de heroicidad y valor (Agustina de Aragón, 1950, La leona de Castilla, 1951, Alba de América, 1951). El público del momento agradecía los temas religiosos abordados por Aspa Films (Balarrasa, 1950, La señora de Fátima, 1951, Sor Intrépida, 1952, La guerra de Dios, 1953), explotados por cineastas como Ignacio Iquino (El Judas, 1952), Luis Lucia (Cerca de la ciudad, 1952) y Ladislado Vajda (Marcelino pan y vino, 1954).
Géneros como el melodrama y el policiaco tuvieron su exponente en películas como Brigada Criminal (1950), Cielo negro (1951), La laguna negra (1952) y Condenados (1953).
No obstante, el cine que más me interesa durante este periodo es aquel que, sin perder de vista al espectador medio, formula un costumbrismo realista sumamente enriquecedor. Ejemplo de ello son películas como La calle sin sol, de Gil, La honradez de la cerradura (1950), de Luis Escobar, El último caballo (1950), de Neville, Día tras día (1951), de Antonio del Amo y, especialmente, Surcos (1951), de Nieves Conde.
Entre el 14 y el 19 de mayo de 1955, se reunieron a debatir intelectuales, cineastas, críticos y profesionales. Dicha reunión fue el fruto de las inquietudes surgidas entre un grupo de alumnos salidos del Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas, entre los que se encuentraban Juan Antonio Bardem, Luis García Berlanga y Carlos Saura. A ello contribuyó el dinamismo de un estudiante de Salamanca llamado Basilio Martín Patino.
Fueron la llamadas Primeras Conversaciones Cinematográficas de Salamanca, en las que se hizo un repaso general al sector. Es conocido que Bardem proclamó que el cine español era, y cito palabras textuales, "políticamente ineficaz, socialmente falso, intelectualmente ínfimo, estéticamente nulo e industrialmente raquítico". Ante ese diagnóstico, es fácil entender lo que vino después.
Previamente al discurso defendido en Salamanca, el cine español ya había ofrecido algunos apuntes de cara a su revitalización temática y creativa. Para nada, o para muy poco, había servido la nueva legislación sobre “protección y regulación de la cinematografía española” promulgada en 1952, pues el cine español necesitaba controlar su propio mercado y abrirse al exterior por medio de la coproducción.
Las líneas que se marcaron insistían en los temas históricos, religiosos, folklóricos (en ello influyeron estrellas de la copla como Antonio Molina, Carmen Sevilla, Paquita Rico, Lola Flores y Lolita Sevilla).

Por su parte, Sara Montiel se convirtió en el símbolo más internacional del cine español (El último cuplé, 1957) y en una línea más popular sorprendió el niño prodigio Joselito (El pequeño ruiseñor, 1956, Saeta del ruiseñor, 1957), convertido en toda una celebridad internacional.
El entretenimiento, sin más pretensión, se fomentó por medio de la comedia rosa, con argumentos desenfadados y frívolos, en la línea de Viaje de novios (1956), Las muchachas de azul (1957) y Sólo para hombres (1960), esta última con Analía Gadé y Fernando Fernán-Gómez en los papeles protagonistas.
Uno de los grandes éxitos de la década, Dónde vas, Alfonso XII (1958), de Luis César Amadori, demuestra que el cine español podía ser competitivo por medio de un producto cuidado, hecho a favor del público. En este caso, los ingredientes eran sumamente atractivos: un melodrama con base histórica, aderezado con dosis de comedia romántica, toques de humor y una impecable escenografía.
La comedia sentimental también se ganaba el corazón de la audiencia. Un paradigma de esa tendencia lo hallamos en Recluta con niño (1955), de Pedro L. Ramírez, protagonizada por el inolvidable José Luis Ozores.
Como tantos otros actores de su época, Ozores era un intérprete brillantísimo, conocedor de todos los resortes del oficio, y especialmente dotado para los personajes castigados por la fortuna, de raíz popular. Buena muestra de su oficio la encontramos en ¡Aquí hay petróleo! (1955), Los ladrones somos gente honrada (1956), La vida en un bloc (1956), Los ángeles del volante (1957), El Tigre de Chamberí (1957), El gafe (1958) y Margarita se llama mi amor (1961), de Ramón Fernández.
Ozores, Manolo Morán, Antonio Casal y otros cómicos de su categoría dignificaron el cine español con una profundidad humana que hoy se echa en falta. En todo caso, no eran los únicos capaces de atraer a los espectadores.
Sorprende el eficiente trabajo y el carisma que Fernando Rey imprimió a sus interpretaciones. También sobresalían en los registros dramáticos Conrado San Martín, Tomás Blanco, Aurora Bautista y María Asquerino.
Sin lugar a dudas, los realizadores más destacados de los cincuenta fueron Bardem y Luis García Berlanga, directores que decidieron acometer proyectos rompedores para el cine español (Esa pareja feliz, 1951, ¡Bienvenido, Mr. Marshall!, 1952, Los jueves milagro, 1957, Muerte de un ciclista, 1955, Calle Mayor, 1956).
A su lado, continuaron trabajando cineastas tan eficientes y meritorios como José Luis Sáenz de Heredia (Historias de la radio, 1955), José María Forqué (El diablo toca la flauta, 1953, Amanecer en Puerta Oscura, 1957), Julio Coll, Francisco Rovira Beleta, Rafael J. Salvia y Pedro L. Ramírez.
A través de las sucesivas y abundantes coproducciones, también se hizo notoria la presencia en España de directores internacionales como Ladislao Vajda, Marco Ferreri (El pisito, 1958, Los chicos, 1959, El cochecito, 1960), León Klimovsky y Luis César Amadori.
Imagen superior: Mi tío Jacinto (1955), de Ladislao Vajda © Chamartín Producciones y Distribuciones. Reservados todos los derechos.
Copyright © Emilio C. García Fernández. Los textos originales del autor en los que se basa este artículo fueron publicados en El Diario de Ávila, en la revista Todo Pantallas, en la Enciclopedia Universal Multimedia (Micronet) y en los libros Historia ilustrada del cine español (Planeta, 1985), Cine español: una propuesta didáctica (Royal Books, 1993) e Historia Universal del Cine (Planeta, 1982). Esta Historia del cine español se publica en Cine y Letras por cortesía de Emilio C. García Fernández. Reservados todos los derechos.
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