El ajuste de cuentas de los psicópatas y las fantasía sangrienta que los rodea han llenado cientos de argumentos, y por lo general, precisa una reiterada exposición de actos sangrientos o escatológicos...
El nombre de este subgénero, gore, está tomado de un vocablo inglés que significa 'sangre' y 'herir a alguien con arma blanca'. Ocasionalmente, este subgénero puede aparecer denominado como splatter, una derivación del verbo spatter, que significa 'salpicar', haciendo sin duda alusión a los frecuentes derramamientos de sangre que se dan en este tipo de producciones.
¿Cómo empezó todo?
A fines del siglo XIX el folletín y el teatro popular europeos llegan a su definitiva estilización y se amoldan a los gustos más vulgares. En oposición a las fórmulas elegantes, reservadas a un tipo de espectador elitista y sutil, en los espectáculos de consumo proliferan historias más sensacionalistas.
Uno de los modelos de ese formato narrativo es el grand guignol francés, fórmula teatral que, partiendo de la estructura folletinesca, incorpora numerosas escenas de crímenes a cual más horrendo. Lo granguiñolesco se convierte en sinónimo de horror gratuito, venganzas viscerales y, ante todo, pavorosos efectos escénicos, capaces de impresionar al público más avezado.
Con el tiempo la fórmula se irá olvidando y sus aparatosos registros acabarán siendo objeto de análisis por parte de los historiadores teatrales. No obstante, algunos de sus elementos reaparecerán en Estados Unidos en los espectáculos feriales, carnavales de las tinieblas donde fenómenos deformes y actores de pacotilla hacen lo posible por impresionar a públicos poco sofisticados.
Curiosamente, el cine de terror de la primera mitad de siglo no tiene en cuenta estos aportes. Guiado en principio por los contenidos de la novela gótica, opta por el romanticismo y el suspense menos efectista. Pero los horrores auténticos de la Segunda Guerra Mundial convierten en anticuados los valores estéticos de este tipo de filmes y marcan un nuevo tipo de necesidades en la audiencia, sobre todo en Estados Unidos. Por otro lado, durante la década de los años cincuenta comienzan a conocerse las perversidades realizadas por asesinos en serie como Ed Gein quienes torturan a sus víctimas tras la máscara de una aparente normalidad. Los periódicos del momento muestran todos los detalles macabros de estos personajes y los lectores, animados por una morbosa fantasía, devoran estas informaciones y las traen a colación en las reuniones sociales.
Los cineastas independientes advierten un filón en esta moda y, muy pronto, los psicópatas empiezan a abundar en el cine denominado exploitation, cinematografía coyuntural producida con miras al programa doble o la proyección en los autocines.
Pionero en este asunto es el norteamericano Herschell Gordon Lewis, que reactualiza el formato del grand guignol y opta por folletines desmedidos, repletos de situaciones inverosímiles, sangre, vísceras y no pocas dosis de humor negro. Lewis dirige Blood feast (1963), 2000 maniacs (1964), Color me blood red y A taste of blood (1967), películas que, en líneas generales, prefiguran lo que habrá de ser el gore de los años setenta y ochenta. Pero la definición más exacta del género llega en 1968, cuando George A. Romero rueda La noche de los muertos vivientes, película en la cual la obviedad de la masacre queda de manifiesto en cada plano de zombis devorando carne humana. Frente a este festín provocativo, truculento y siniestro, el italiano Dario Argento recurre a parecidos contenidos sangrientos, pero dándoles un toque de sofisticación morbosa en filmes como El gato de las nueve colas (1970). Con esta película Argento inaugura el subgénero del giallo, versión italiana del gore.
Vísceras y celuloide barato
La fórmula más apasionada y macabra del terror logra su definitivo impacto comercial con tres producciones de 1974: ¡Estoy vivo!, de Larry Cohen, La matanza de Texas, de Tobe Hooper, y Vinieron de dentro de, de David Cronenberg. En los tres casos, el espectador asiste a monstruosos asesinatos donde la acción es presentada en los términos de un genuino matadero humano, gracias a un eficaz uso de los efectos especiales.
Obvio es apuntar las connotaciones psicosociales que manifiesta este nuevo modo de plantear el miedo en la gran pantalla. El gore se nutre de psicópatas y mutantes que planean asesinatos cada vez más imaginativos y que destinan el producto final de sus hazañas a los públicos menos exigentes, del mismo modo que lo hacía el grand guignol en su tiempo. Por otro lado, es un subgénero con una evidente dimensión moral, dado que el criminal acaba siendo una figura inmortal que persigue a los adolescentes que se atreven a observar aquellos comportamientos censurados por la sociedad bien pensante: practicar el sexo, desafiar la autoridad paterna, consumir drogas o, sencillamente, proclamar su independencia frente al sistema social.
A la hora de perfilar todos estos estereotipos, cabe tener en cuenta a Wes Craven, que dibuja una perfecta familia de psicópatas en Las colinas tienen ojos (1977), a John Carpenter, que idea al asesino enmascarado e invulnerable en La noche de Halloween (1978), y a Don Coscarelli, que incluye el elemento sobrenatural en Phantasma (1978).
Mientras tanto, en Italia continúa el trabajo de Argento, quien se acompaña por otros compatriotas suyos que llevan hasta los extremos menos soportables las convenciones del nuevo género en filmes como Holocausto caníbal (1979), de Ruggero Deodato; y Nueva York bajo el terror de los zombis, de Lucio Fulci (1979). En estos y otros casos el gore llega a límites de realismo y verosimilitud ciertamente inquietantes.
Por su espléndida explotación industrial, muchos son los cineastas que prueban fortuna con esta fórmula. Algunos son debutantes más o menos aventurados, como Frank Henenlotter con su escalofriante ¿Dónde te escondes hermano? (1982). Otros son directores aventajados, decididos a aprovechar las posibilidades de los efectos especiales más delirantes, caso de John Carpenter en La cosa (1982). Tampoco falta el sentido del humor, casi autoparódico, en producciones como Posesión infernal (1983), de Sam Raimi, El vengador tóxico (1985), de Michael Herz y Samuel Weil, y Reanimator (1985), de Stuart Gordon. Y tal es el éxito de esta línea humorística, que Herz y Lloyd Kaufman forman la compañía Troma, especializada en comedias gore. En este caso, siguiendo el ejemplo de su admirado Roger Corman, ambos consiguen edificar un nada desdeñable centro de producción.
Matarifes con estilo propio
En 1984 se estrena el título más exitoso del gore reciente, Pesadilla en Elm Street, de Wes Craven, protagonizada por Freddy Kruger (Robert Englund), un asesino inmortal que, como es de rigor, masacra a todo tipo de adolescentes. La explotación intensiva de su planteamiento temático, y sus múltiples secuelas, coincidirá con la decadencia del género, pese a propuestas tan morbosas como la película alemana Nekromantik (1987), de Jörg Buttgereit, y el largometraje de Hong Kong Hombres detrás del sol (1990), de Fu Chi. Pasado de moda, el gore empieza a convertirse en un plantamiento destinado a los subproductos, pese a propuestas tan ambiciosas en lo estético como el film italiano Dellamorte Dellamore (1994), de Michele Soavi.
Pasado el tiempo, la generación de espectadores que disfrutó con ese producto típico de los ochenta que fue el gore, recupera con un sentido nostálgico sus esencias a través de películas repletas de autorreferencias en este sentido, como Abierto hasta el amanecer (1996), de Robert Rodríguez; y Scream (1996), de Wes Craven. Pero incluso en estos casos, los excesos sangrientos no superan los límites que llegaron a rebasar en otras épocas.
Los textos originales y citas del autor en los que se basa este artículo fueron publicados en la revista "Todo Pantallas", en la "Enciclopedia Universal Multimedia" (Micronet) y en los libros "Historia General de la Imagen" (Universidad Europea-CEES, 2000) y "La cultura de la imagen" (Fragua, 2006). Reservados todos los derechos.
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