
De ello no le cabe duda a casi nadie: el cine puede considerarse un documento histórico de primera magnitud, pues recoge la memoria de un determinado momento, bien sea mediante la ficción, bien sea con pretensiones informativas.
Pero si hablamos de géneros, el histórico tiene una característica que lo distancia conceptualmente de esa consideración previa, y es el hecho de que plantea una versión del pasado rodada en un tiempo siempre posterior al momento en que suceden los hechos narrados. Se trata, por consiguiente, de una ilusión retrospectiva.
Tomemos un ejemplo. Destino Tokio (1943), de Delmer Daves, con su exaltada perspectiva de la Segunda Guerra Mundial, sería un buen documento histórico sobre la propaganda en ese periodo, pero no cine histórico como tal. En contraste, eso es algo que sí puede decirse de La batalla de Midway (1976), de Jack Smight, pese a su parcialidad con respecto a los hechos.
El género histórico, por consiguiente, depende de la distancia en el tiempo, y ése es casi el único factor que lo distingue, pues, a decir verdad, cabe plantearlo con elementos de comedia, melodrama, tragedia, aventura y, en suma, con todo el repertorio dramático válido en ese viejo arte que llamamos cine.
Conocemos el biopic, o cine biográfico. Existe también el peplum, que por su idealización muchas veces fantasiosa del pasado tiene tanto de cine histórico como de mitología. Y no ha de faltar en nuestro catálogo el cine de capa y espada, que plantea aventuras situadas en los siglos XVI, XVII y XVIII; peripecias tributarias de la literatura folletinesca, donde se mezclan el honor y el romanticismo. Por cierto, no sé si saben que este subgénero tiene a su vez derivaciones locales, como el cinéma genre mousquetaire de los franceses y el chambara, peculiar del cine histórico japonés, allí denominado jidaigeki.
El cine histórico puede imaginar un pasado harto improbable, cuyas convenciones son intercambiables con el cine de aventuras (pienso en Genghis Khan, 1965, de Henry Levin), y también puede recurrir a una reinterpretación interesada de ese pasado para comunicar cierta ideología (JFK, caso abierto, 1991, de Oliver Stone). Puede utilizar figuras históricas para narrar absorbentes aventuras (El viento y el león, 1975, de John Milius) e incluso pretende tomar la historia como disculpa en una insólita combinación de géneros, caso de El valle de los maoríes (1954), de Ken Annakin.
Desde luego, el juego de pasiones y enfrentamientos que sugiere la narración histórica proporciona una imagen concreta y determinante del pasado. Así, numerosos espectadores recibieron la impresión estética de las sagas escandinavas y germánicas a través de filmes como Los nibelungos (1924), de Fritz Lang. En la misma línea, las luchas en la Escocia del siglo XVIII fueron convertidas en literatura por Walter Scott, y luego adaptadas y decisivamente popularizadas a través de producciones cinematográficas como Rob Roy (1954), de Harold French, y Rob Roy (1995), de Michael Caton Jones. Por decirlo con otras palabras, hoy vemos al general Custer con el rostro de Errol Flynn, y esa traducción artística contamina nuestra perspectiva real del personaje.
Obviamente, esa imagen fílmica de la historia es mucho más contundente y eficaz que la suministrada por los propios historiadores, a tal extremo que numerosas inconsistencias y supercherías han ido perpetuándose por efecto del celuloide. En este orden, sobresale el hecho de que casi todo el cine histórico sea catalogable dentro del género de aventuras. De igual forma, el mestizaje de géneros dificulta la distinción entre cine histórico y bélico, o entre cierto tipo de western y el cine histórico (¿Se hacen cargo del embrollo conceptual?).
Al cabo, el ordenamiento y la clasificación de estas líneas temáticas tiende a realizarse por descarte. Por ejemplo, el cine de aventuras ambientado en los Estados Unidos en la etapa colonial, antes de la expansión hacia el Oeste, entra de lleno en el género de la aventura, si bien suele denominarse pre-western, estableciendo así un subgénero que antecede al cine del Oeste propiamente dicho. Dentro de este marco se incluyen filmes como Paso al Noroeste (1940), de King Vidor, El último mohicano (1920), de Clarence Brown y Maurice Tourneur, y las posteriores versiones de la novela homónima de Fenimore Cooper: El último mohicano (1936), de George B. Seitz, la adaptación de 1965, de Harald Reinl, y la dirigida en 1992 por Michael Mann.
Con eficacia arborescente, ese proceso creador de subgéneros nos lleva a creer en el cine histórico que reproduce la antigüedad clásica, la Edad Media y los siglos en que medían su destreza los espadachines. Gracias al mismo efecto, podemos reinventar un tiempo pasado en el que se armaban de valor magos, piratas o navegantes. Y qué decir de los viajeros nacidos en épocas en las que aún era posible descubrir lo desconocido. Peregrinos de un mundo narrativo donde la geografía se mixtifica, y Arabia se filtra a través de las Mil y una noches, África une su destino al de los cazadores blancos, la India se colorea de esplendor colonial y el Extremo Oriente adquiere los tonos de la seda y el jade.
(Este artículo cita textos publicados por mí en la Enciclopedia Universal Multimedia, de Micronet, entre 1999 y 2002. Imagen superior: 1492: La conquista del Paraíso, de Ridley Scott)
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