
El paulatino enmascaramiento de los mitos en la sociedad contemporánea ha difuminado en buena medida la figura del héroe, capaz de completar felizmente su ciclo épico. Ciertamente, el estereotipo del explorador -paradigma heroico donde los haya- pierde su sentido en un mundo cartografiado por multitud de satélites. Sin embargo, aún nos fascina y nos sirve de inspiración.
La prospección del pasado, ingrediente esencial del cine de aventuras históricas, permite enmarcar las peripecias de un hombre de acción en el transcurso de lo que aún era un viaje hacia lo desconocido.
Tal es el caso de las grandes expediciones llevadas a cabo por españoles durante los siglos XVI y XVII, cuya adaptación cinematográfica incluye películas como Aguirre, la cólera de Dios (1972), de Werner Herzog, 1492, la conquista del paraíso (1992), de Ridley Scott, y Cristobal Colón, el descubrimiento (1992), de John Glen.
Desde el punto de vista argumental, a la amenaza de las fuerzas de la naturaleza y a los rigores de la vida en el mar se suma una tercera dificultad, típica de este tipo de aventura: el naufragio en una tierra peligrosa. En este sentido, las posibilidades son muy diversas, y cabe citar islas tan inquietantes como las de Los viajes de Gulliver (1960), de Jack Sher, La isla de las almas perdidas (1932), de Erle C. Kenton, o El malvado Zaroff (1932), de Ernest B. Schoedsack e Irving Pichel.
Si bien películas como Papillón (1973), de Franklin J. Schaffner, y Fuga de Alcatraz (1979), de Donald Siegel, abordaron la posibilidad de escapar de una prisión aislada por el mar, es más frecuente, en clave fílmica, el tópico del náufrago que ha de sobrevivir en un islote desierto. Es lo que sucede en Robinsón Crusoe (1952), de Luis Buñuel, Los robinsones de los Mares del Sur (1960), de Ken Annakin, El lago azul (1980), de Randal Kleiser, y Náufrago (2000), de Robert Zemeckis.
Por su exotismo humano y exuberancia natural, los Mares del Sur han sido una geografía frecuente de las aventuras marineras en el cine, y ahí se ambientan películas como Ave del paraíso (1932), de King Vidor, Horizontes salvajes (1942), de Alfred Santell, y Su Majestad de los Mares del Sur (1954), de Byron Haskin. Sin duda, los relatos de Jack London y Robert Louis Stevenson han favorecido esa presencia de la Polinesia en el imaginario colectivo, caracterizada como tierra de riesgos y placeres.
En lo que toca a los personajes de esta modalidad cinematográfica, el lobo de mar es el prototipo más frecuentado. Ese hombre curtido por el oleaje puede ser un pescador, como sucede en Capitanes intrépidos (1937), de Victor Fleming; un capitán de navío, al estilo de El hidalgo de los mares (1951), de Raoul Walsh, y Master and Commander (2003), de Peter Weir, o un cazador de focas, como ocurre en El mundo en sus manos (1952), de Raoul Walsh.
En último término, esta tipología se ha mantenido en producciones como Tiburón (1977), de Steven Spielberg, y La tormenta perfecta (1999), de Wolfgang Petersen, que demuestran así su eficacia mitopoética.
Al revisar tantas hazañas marineras, el cine también ha recuperado el sentido feroz y épico de los balleneros en filmes como La fiera del mar (1930), de Lloyd Bacon, y Moby Dick (1956), de John Huston. El referente literario de Herman Melville y su cachalote albino ha caracterizado en buena medida este tipo de cacería, dotándolo de principios morales trascendentes, conforme a la mitología que nutre la novela original. Otra magistral creación de Melville, Billy Budd, marinero, da origen al filme Billy Budd (1962), de Peter Ustinov, de menor intensidad simbólica.
Para los cronistas de la vida marítima, uno de los episodios más peculiares del siglo XVIII fue un motín: aquel liderado en la fragata Bounty por Fletcher Christian en contra del teniente William Bligh. Las versiones de esta trágica aventura son Rebelión a bordo (1935), de Frank Lloyd, Rebelión a bordo (1962), de Lewis Mislestone, Motín a bordo (1984), de Roger Donaldson, y Motín en el Defiant (1962), de Lewis Gilbert, si bien en este último caso se variaba la ambientación.
Si bien se mira, la peripecia de la Bounty, de oscuro desenlace, se corresponde con el estilo argumental propio de Joseph Conrad, en cuya obra se inspiraron películas como Apocalyse now (1979), de Francis Ford Coppola, Lord Jim (1965), de Richard Brooks, y Outcast of the island (1951), de Carol Reed.
Como vamos viendo, el listado de invariantes que reúne la ficción aventurera incide con frecuencia en el impulso vital de la marinería. De ahí que el repertorio de títulos diversifique su orientación temática, beneficiándose de modelos tan populares como heterogéneos. Desde la hazaña optimista de Mares de China (1935), de Tay Garnett, hasta la singladura trágica, al estilo de la que refleja El Yang-Tsé en llamas (1966), de Robert Wise, sin olvidar una gesta propia de la ciencia-ficción: Abyss (1989), de James Cameron.
(Este artículo resume varios textos publicados por mí en la Enciclopedia Universal Multimedia de Micronet, entre 1999 y 2002)
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