
Son inimaginables un folletín, un bestseller convencional o una cinta de aventuras en los que no se establezcan dilemas morales.
En obras narrativas destinadas al consumo popular, la oposición de caracteres y valores queda definida en el enfrentamiento entre el héroe y su contrario: el villano. Los mecanismos que entran en juego en esta lucha delatan en buena medida el discurso de valores dominante. Así, de igual manera que se puede advertir el ascenso del nazismo en El testamento del doctor Mabuse (1922), de Fritz Lang, cabe definir una serie de cualidades esenciales en los personajes malvados del cine de aventuras que explican la dialéctica social y política del momento.
En numerosas ocasiones el villano fue un aristócrata sofisticado y poderoso, como Ruperto de Henzau (James Mason) en El prisionero de Zenda (1952), de Richard Thorpe, o el espadachín español encarnado por Basil Rathbone en El capitán Blood (1935), de Michael Curtiz. Otras veces fue un potentado que logró su fortuna con métodos delictivos, caso de Al Capone (Robert DeNiro) en Los intocables de Elliot Ness (1987), de Brian De Palma, o del mafioso colombiano interpretado por Joaquim de Almeida en Peligro inminente (1994), de Philip Noyce.
Por regla general, se trata de personajes inteligentes, a veces incluso con grandes conocimientos científicos (obsérvense los mad doctors del cine de antaño). Todos estos recursos tienen por origen el folletín, y vienen a encarnar en el malvado altas cualidades de las que suele carecer el espectador o lector. Curiosamente, este último valora en el héroe su desprecio del peligro y su ingenio del mismo modo que rechaza la altanería del villano, quien, a pesar de su riqueza e inteligencia, está destinado al fracaso. En ciero modo, podemos creer que el bueno cae bien por carecer de los méritos de su oponente. Méritos que, como la valentía, no dependen de la fortuna económica o del esfuerzo académico.
La xenofobia es otro ingrediente muy habitual en este tipo de relatos. En Tarzan of the apes (1918), de Scott Sydney, el superhombre anglosajón se enfrenta a unos feroces árabes, traficantes de esclavos. En otras ocasiones, Tarzán lucha contra guerreros africanos o cazadores centroeuropeos, siempre de acuerdo con la circunstancia socio-política de turno. Lo fácil, en estos casos, es caer en la metonimia: la parte (el rasgo étnico) por el todo (la catadura moral).
Ya lo imaginan: como expresión de pasiones colectivas, el cine de aventuras ha servido de reflejo popular, abriendo espacio a íntimas contradicciones de la sociedad, como el racismo o el machismo. Por esta línea, buena parte de los villanos más memorables ha estado relacionada con Oriente. Imposible no pensar en el viejo estereotipo del peligro amarillo, reiterado de diversas maneras desde el nacimiento del cinematógrafo. Dentro de este marco, el personaje más conocido es una criatura del escritor Sax Rohmer (1893-1959). Me refiero al malvado mandarín Fu-Manchú, quien ha tenido continuidad hasta nuestros días gracias a películas como The mystery of Dr. Fu-Manchu (1923), de A. E. Coleby; The misterious Dr. Fu-Manchu (1929) y La expiación de Fu-Manchú (1930), ambas de Rowland V. Lee; y La máscara de Fu-Manchú (1932), de Charles Brabin (Haré un inciso para comentar que las cintas que Jess Franco dedicó al personaje me importan más bien poco).
Semejante a Fu-Manchú es Shiwan-Khan, el villano oriental que se enfrenta al héroe en La Sombra (1994), de Russell Mulcahy. Por cierto, vale la pena recordar que dicho filme halla su inspiración en la popular serie de novelas de Walter Gibson y en las películas que sobre el mencionado superhéroe produjeron las compañías Grand National (1937), Columbia (1940) y Republic (1958).
Pese a que los medios de comunicación han servido en los últimos tiempos nueva información a los espectadores anglosajones sobre la actividad de grupos como la yakuza, los creadores cinematográficos persisten en el deseo de mantener una caracterización más enigmática, teñida del misterio nostálgico de aquellas siniestras corporaciones asiáticas que poblaban algunos episodios publicados en revistas pulp como Detective Tales (1922) o Weird Tales (1923). Así, se insiste en la representación de ceremonias iniciáticas y sangrientos rituales, e incluso se combinan estos detalles con códigos de honor extraídos de un hipotético Medievo asiático o con hechicerías abiertamente imaginarias.
Con todo, esa irrealidad no debe escandalizarnos. El villano funciona como eje de una catarsis: la que experimenta la audiencia cuando, en la tenuidad de la sala de proyección, pone en juego sus temores y sus prejuicios.
(Este artículo cita textos publicados por mí en la Enciclopedia Universal Multimedia, de Micronet, entre 1999 y 2002)
1073 días atrás
2571 días atrás
1617 días atrás
2730 días atrás
1750 días atrás
1871 días atrás
1974 días atrás
1974 días atrás
1974 días atrás
1974 días atrás
1974 días atrás
1974 días atrás
1974 días atrás













































































