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Día de la Hispanidad

Día de la Hispanidad

Hay palabras con prestigio histórico. Hispanidad es una de ellas. Como veremos, este vocablo abarca un territorio —o mejor dicho, una constelación simbólica y sentimental— donde españoles y americanos nos aplicamos al rescate de elementos comunes.

Dicen que la idea de hispanidad va y viene en un debate que ya dura dos siglos. Desde luego, llama la atención su muy tardía definición. Así, leemos que esta identidad compartida, según el Diccionario de la lengua castellana compuesto por la Real Academia Española, reducido a un tomo para su más fácil uso (Madrid, Viuda de Ibarra, 1803), significó para el hablante decimonónico «lo mismo que hispanismo».

Esto es: el «modo de hablar peculiar de la lengua española, que se aparta de las reglas comunes de la gramática. Idiotismus hispanicus».

Gracias al impulso liberal e ilustrado, las Repúblicas americanas y su antiguo colonizador buscaron una fórmula de adhesión que fraguó, por vía diplomática, a mediados del siglo XIX. De forma muy oportuna, el asunto cobró forma durante la celebración del Cuarto Centenario del Descubrimiento.

Las razones históricas de ese propósito son bien conocidas: el 12 de octubre de 1492, el marinero Rodrigo de Triana avistó el horizonte americano. Cuando se celebró el mencionado centenario, bajo la regencia de María Cristina de Habsburgo, se firmó un real decreto en el monasterio de la Rábida. Dicho decreto, rubricado el 12 de octubre de 1892, declaraba fiesta nacional ese día en que los españoles festejaban el aniversario de la hazaña colombina.

Tiempo después, el 4 de octubre de 1917, el presidente argentino Hipólito Yrigoyen firmaba otro decreto que instituía el 12 de octubre como Día de la Raza y Fiesta Nacional. El resto de las repúblicas americanas, incluido Estados Unidos, se sumaron a la iniciativa de Yrigoyen.

El texto firmado por el presidente argentino tiene un contenido lo bastante notable como para que lo reproduzca a renglón seguido.

Dice así: “1º. El descubrimiento de América es el acontecimiento más trascendental que haya realizado la humanidad a través de los tiempos, pues todas las renovaciones posteriores derivan de este asombroso suceso, que a la par que amplió los límites de la tierra, abrió insospechados horizontes al espíritu.

2º. Que se debió al genio hispano intensificado con la visión suprema de Colón efemérides tan portentosa, que no queda suscrita al prodigio del descubrimiento, sino que se consolida con la conquista, empresa ésta tan ardua que no tiene término posible de comparación en los anales de todos los pueblos.

3º. Que la España descubridora y conquistadora volcó sobre el continente enigmático el magnífico valor de sus guerreros, el ardor de sus exploradores, la fe de sus sacerdores, el preceptismo de sus sabios, la labor de sus menestrales, y derramó sus virtudes sobre la inmensa heredad que integra la nación americana.

Por tanto, siendo eminentemente justo consagrar la festividad de la fecha en homenaje a España, progenitora de las naciones a las cuales ha dado con la levadura de su sangre y la armonía de su lengua una herencia inmortal, debemos afirmar y sancionar el jubiloso reconocimiento, y el poder ejecutivo de la nación”.

En aquellos días, y pese a lo que sugiere el tono del decreto, ya había intelectuales que acumulaban argumentos a favor de la hispanidad como reverso del proceso imperial. Así, frente al recuerdo de los antiguos virreyes (oscurecido tras la emancipación de las repúblicas), se abría paso una fraternidad voluntaria entre los españoles, los iberoamericanos y otros participantes del mismo convite idiomático y cultural.

A saber: los habitantes de Filipinas, las Carolinas, Guam o las Marianas.

Como es sabido, este enlace tuvo interpretaciones torpes y fallidas, que malograron muchas de sus posibilidades. En este sentido, puede releerse a Rubén Darío y luego comparar sus opiniones con las de algunos coetáneos españoles, partidarios del dictador Primo de Rivera y de su determinante visión de la Hispanidad.

En este plano, parece claro que la celebración del 12 de octubre como Día de la Raza removía, ya por aquel entonces, cenizas políticas y malentendidos históricos.

Recogiendo los conceptos vertidos por Ramiro de Maeztu en su Defensa de la hispanidad (1934), diversos pensadores hispanoamericanos y españoles la entendieron como un círculo familiar dentro del cual era posible exagerar el peso de la estirpe criolla.

Un círculo que, según esa corriente intelectual, no requería de la herencia precolombina o afroamericana para ser debidamente respetado en su soberanía.

Buscando una razón de ser en la autarquía, el franquismo mantuvo este criterio con un claro fin propagandístico.

Mientras tanto, al otro lado del océano, el panamericanismo reinventaba el mismo concepto, pero en su caso abordando la identidad y su empuje con un nuevo criterio histórico.

Lo mismo vale para los escritores de vanguardia latinoamericanos, que emplearon interesadamente el indigenismo (restrictivo y erróneo) como base de su discurso.

Así, pues, pese a celebrarse en la misma fecha a ambos lados del Atlántico, es claro que, por aquel entonces, el día de la Hispanidad no podía expresar sino conceptos contradictorios.

En su décima sexta edición, el Diccionario de la lengua española (Madrid, Espasa-Calpe, 1936) definía hispanidad como el «carácter genérico de todos los pueblos de lengua y cultura españolas».

En clave retórica, sirvió a esta idea la fundación del Consejo de la Hispanidad en 1940.
Transformada en Instituto de Cultura Hispánica seis años después, dicha institución progresó lentamente: fue abandonando su ideario añejo y ganó en profundidad intelectual.

En la década de los sesenta, el Instituto mostró un creciente aperturismo, y ello evidenció una certeza: era España la que salía ganando más con ese intercambio panhispánico.

¿Un cambio de tono sentimental? No exactamente.

En aquellos momentos, la intelectualidad iberoamericana (en especial, la argentina y la mexicana) aventajaba a la ibérica en muy distintos niveles.

El diálogo, pues, debía establecerse en el mismo plano y sin preferencias.
Es más: convenía plantearlo en un presente continuo, entendiendo, de una vez por todas, que España no se explica sin América, y que las Repúblicas americanas, en lo bueno y en lo malo, heredan casi todos sus rasgos del periodo virreinal.

La llegada de la democracia a España, y en particular la celebración del Quinto Centenario del Descubrimiento, posibilitaron un nuevo marco de cooperación entre los componentes de esa Hispanidad tan diversa, solidariamente traducida por el Diccionario manual e ilustrado de la lengua española (Madrid, Espasa-Calpe, 1984) como el «conjunto y comunidad de los pueblos hispanos».

Puede que, por fin, el próximo 12 de octubre podamos dar la razón a Julian Barnes cuando recuerda que en 1493 la expedición colombina volvió a este lado del mar. «Celebremos 1493 —dice—, no 1492; el regreso, no el descubrimiento».

O mejor aún: celebremos las consecuencias de aquella ruta de ida y vuelta, y no el simple proceso colonizador, por muy relevante que éste sea.
Al fin y al cabo, los impulsos de la Historia no fluyeron en una sola dirección de la marea.


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