
Cuando el viajero lea en su guía la siguiente dirección: 6 Sur, entre 5 y 7 Oriente, sabrá que el plano lo encamina hacia uno de los rincones con mayor encanto de la ciudad mexicana de Puebla: el llamado callejón de los Sapos, tentador -y mucho- por motivos que ahora explicaremos.
¿A qué nos convida el pasaje? Verán: cerrado al tráfico, este tramo del casco urbano es idóneo para el solaz de los amantes de las antigüedades y la artesanía. Acá hay algo que puede descubrirse con facilidad: no es menor la ilusión del turista que ha adquirido una bella pieza de cerámica que la del más poderoso comprador, capaz de costearse un mueble colonial.
Los placeres acá no son censurables, pues responden a la consecución de un logro difícil: distinguir a primera vista ese objeto en el que nadie más ha reparado, y elegir un elemento entre una infinidad de ellos, caprichosamente renovados. O dicho de otro modo: reconocer con exactitud los declives y repliegues del bazar, y aplicar un criterio selectivo y afortunado para satisfacer los propios instintos estéticos.
Por otro lado, es claro que hay una notable semejanza entre el paseo aquí propuesto, en su forma más típica y frecuente, y el que permiten otros mercadillos urbanos de México, igualmente ricos en colorido, sugerencias y ofertas.
Dicen que en tiempos de la Colonia la inundación era una cualidad propia del callejón. De ahí que las aguas del río San Francisco sirvieran para instalar aquí más de un molino y algún que otro establecimiento de curtidos.
Sabido es que los batracios sienten predilección por el líquido estancado, y así se explica que la proliferación de establecimientos como los citados viniese acompañada por un copioso censo de escuerzos y de ranas.
Tal fue la afluencia de sapos a este flujo que los poblanos pronto reconocieron al callejón por ese nombre que más parece de cuento.
Con todo, ya no se escucha en esta calle el croar de las ranas. En todo caso, nos parece más hermosa la tonada ofrecida por los grupos de mariachis que acompañan a los más nocherniegos.
A quienes prefieran el callejeo más luminoso, conviene aclararles que esa bohemia nocturna tiene su contrapunto durante el día, pues las compras bien pueden ir acompañadas del goce gastronómico que procuran diversos locales de la zona.
En suma, he aquí un microcosmos donde menudean los pequeños y los grandes placeres de la vida.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.
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