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El Camino de Santiago: historia y tradición - Del romanticismo a la modernidad

Índice de Artículos
El Camino de Santiago: historia y tradición
Un destino trascendental
La crónica compostelana
La construcción de la Catedral
Entre el mito y la historia
Del romanticismo a la modernidad
La tradición jacobea
Todas las páginas

Del romanticismo a la modernidad

El periodo barroco, en opinión de los estudiosos, fue un tiempo de primicias para la ciudad. En clave escenográfica, podemos hablar de grandes novedades urbanísticas y arquitectónicas. Mediado el siglo XVII, alarifes como Domingo de Andrade y José de la Peña Toro pusieron su empeño en las reformas catedralicias.

A imagen de los trabajos realizados en 1697 por Fray Gabriel de las Casas en el monasterio de San Martín Pinario, otros centros eclesiásticos de Santiago participaron en el dinamismo constructivo que estamos caracterizando. Tal herencia continuó creciendo en la centuria siguiente. Entre 1738 y 1748 Fernando de Casas y Novoa dio forma a la Fachada del Obradoiro, completada dos años después de la muerte del alarife. En 1758 Lucas Ferro Caaveiro dirigió a los obreros en las obras de la fachada norte o de la Azabachería. En este empeño, por cierto, fue haciéndose notar el aire neoclásico, aún más considerable en el Palacio de Rajoy (1767), diseñado por Carlos Lemaur. De otra parte, estas edificaciones introducen algunos valores constructivos que los arquitectos privados e institucionales tuvieron en cuenta.

En lo sucesivo, y de acuerdo con lo establecido desde 1780 por las Ordenanzas de Policía Urbana, las losas recubrieron las vías peatonales. Galerías y fachadas empedradas fueron otros síntomas evidentes de dicha corriente, confirmando así el dominio del abolengo clasicista. Bajo tan poderosa imaginación, Compostela adquirió una nueva estampa, acaso no definitiva pero sí muy duradera.

En materia económica, el progreso no fue tan optimista. Como subraya Gonzalo Torrente Ballester en Santiago de Rosalía de Castro, las leyes de desamortización beneficiaron a la burguesía liberal que compró bienes de la Iglesia. A un tiempo, dichas leyes motivaron contiendas ideológicas y cambios económicos.

En la descripción del escritor ferrolano, se advierte cómo desapareció la figura del mayorazgo, con lo cual quedaba rota la unidad económica del pazo. Paulatinamente, la propiedad de la tierra fue fragmentándose. Por lo demás, aunque los burgueses adquirieron propiedades desamortizadas y antiguas tierras comunales, ello no modificó «las cosas en gran medida, ya que no surgen, ni nadie las imagina, empresas modernas de explotación agraria».

Al igual que en el resto de España, el siglo XIX fue para Santiago un tiempo de cambios, ambiciones y luchas fratricidas. Desde 1800 la tarea de los periodistas de El Catón fue dar forma noticiosa a esa corriente de cambios. Apenas nueve años después de surgir esa cabecera —hablamos del primer periódico gallego—, las tropas napoleónicas invadieron Santiago. Tras la derrota de los asaltantes franceses, la ciudad tuvo que limitar sus ambiciones. Desde 1823 la capital provincial pasó a ser La Coruña, con el consiguiente deslucimiento de Compostela, cuando menos en los asuntos institucionales.

El forcejeo entre la universidad y el cabildo, entre la universidad civil y la religiosa, y por supuesto, entre liberales y reaccionarios, distorsionó aún más la realidad compostelana. Dice Torrente Ballester que esta división cobró intensidad a partir de 1820, aunque ya hubiesen aparecido previamente algunas voces contrarias a la Constitución de 1812. Dos arzobispos llegaron a ser desterrados. Con todo, Santiago no era el centro del liberalismo gallego, «sino La Coruña, donde existe una burguesía comerciante de gran peso: como que a ella hay que atribuir el impulso de los movimientos militares de matiz liberal». En verdad, la decadencia en Compostela fue progresiva, pese a que aún se invirtieron no pocos dineros en la construcción de nuevas edificaciones.

La hambruna figura como uno de los males más extendidos en aquel tiempo. Cansados de sufrirla, los lugareños y muchos campesinos se amotinaron en 1855. Eran los tiempos del arzobispo Miguel García Cuesta, para quien el cimiento religioso de la ciudad servía de consuelo en esta inadmisible circunstancia. La oligarquía era resistente a los cambios. En rechazo, hubo liberales que se decantaron por el anticlericalismo. La España pendular, hostil y extremista se ponía así de manifiesto en el perímetro compostelano, sin consenso ni templanza.

Por desgracia, el asunto aún iría a más. A pesar de todo ello, en medio de estas penalidades tuvo lugar una noticia de alcance institucional y asimismo sobrenatural. Fue en 1879 cuando Antonio López Ferreiro, repasando su carpeta de arqueólogo, dedujo por fin el lugar donde debían reposar los restos del Apóstol que antaño fueron escondidos para ocultarlos de los ingleses. El trabajo de las piquetas hizo el resto. Por fin Compostela recuperó con estas reliquias uno de sus signos de identidad más considerables. Si se quiere, el hallazgo basaba su fundamento en una necesidad colectiva.

Al filo del siglo XX, los intelectuales tomaron el pulso de la ciudad y decidieron actuar en su beneficio. Téngase presente: es el tiempo de políticos como Montero Ríos. Aunque penoso de elaborar, este plan regeneracionista sugirió a algunos que era posible una mejora. En 1897 San Martín Pinario figuraba ya como sede de la Universidad Pontificia. En 1903 comenzaron las obras de la Escuela de Veterinaria, planificadas por Antonio Bermejo, y dos años después dieron comienzo las de la Facultad de Medicina, de acuerdo con el diseño clasicista de Fernando Arbós y Tremanti.

Otro arquitecto, Jenaro de la Fuente, dibujó los planos de un centro de alto rango, la Residencia de Estudiantes (1930). Ese mismo año, el Seminario de Estudios Gallegos, fundado en 1923, puso las bases del gobierno local por medio del Anteproyecto de Estatuto de Galicia. La cuestión de la identidad, crucial para regionalistas y nacionalistas, adquirió un sentido más profundo en la década de los treinta. Tanto es así, que ni siquiera alcanzó a diluirse del todo durante la dictadura. Véase que fue en 1944 cuando inició sus actividades el Instituto de Estudios Gallegos Padre Sarmiento.

Las libertades democráticas sirvieron para recuperar las voces del exilio, enriqueciendo así la tradición compostelana dentro de la diversidad política. En 1980 obtuvo su rango actual la Comunidad Autónoma de Galicia. El cambio institucional mejoró la situación de Santiago, que pasó a figurar como sede de la Xunta.

Obviamente, la anchura y hondura de la historia local quedaba de manifiesto en esta decisión. Para confirmar la trascendencia de Compostela, otros organismos adornaron a este enclave con muy altos honores. En 1986 la UNESCO declaró a Santiago Patrimonio de la Humanidad, y un año después, el Consejo de Europa citó el Camino como Primer Itinerario Cultural Europeo. Poco después, por decisión del Consejo de Ministros de la Unión Europea, la capital admitió un rótulo igualmente respetable: Ciudad Europea de la Cultura del año 2000. Parabienes al margen, lo cierto es que ante un dominio en el que se entrecruzan tan armoniosamente historia y mitología sólo cabe un punto de vista elevado.



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