Entre el mito y la historia
En opinión de Carro, el nombre de Campus stellae fue inventado por algún autor renacentista. Sabemos que el Lugar Santo, ya en el siglo XI, se denominaba Compostela.
A esta civitas Compostelle los peregrinos la llamaron más adelante de Sancti Iacobi. Cita Carro el Cronicón Iriense, en el que se dice quidam, a quo dicitur Compostella. Por su parte, los traductores de la Historia Compostelana aluden a quienes creen que Compostela es diminutivo de Composita o Composta. Esto es, sepultura. Finalmente, nuestro estudioso recupera un artículo de 1909, firmado por el erudito Ángel María Amor Ruibal.
En ese texto queda demostrado que la etimología de Compostela no es la habitual campo de la estrella. «Fundándose en que el verbo componere se usa en la acepción de enterrar o sepultar, lo mismo en el latín clásico que en la baja latinidad, sostiene [Amor] que la palabra compostela viene de compostum, forma sincopada de compositum, y el sufijo ela, que significa resultado de la acción». La disputa filológica, como se ve, nos introduce en la noche de los siglos. Así vista, esa contienda de palabras permite deshojar con nuevo interés la memoria de la ciudad y de sus habitantes.
El fallecimiento en 1266 del nuevo arzobispo, Juan Arias, supuso, al decir de Rodríguez López, el cierre del proceso expansionista del señorío de Santiago. Tras un periodo de reivindicaciones comunales durante el que el Concejo procuró vencer al Señorío episcopal, Alfonso X procuró concentrar en el rey la máxima autoridad compostelana. Si esta consolidación fue razonable en razón de la política institucional, mucho más firme lo es en razón de los deleites sobre los que ejercen su dominio el urbanismo y la arquitectura. Al final, ya se ve, prevalecen los recursos de la estética. Al cabo, las intrigas y los cismas pertenecen al relato del ayer y carecen de la firmeza del mármol.
Si hablamos de estética, el Maestro Mateo ha de figurar en la crónica con caracteres de mayor grosor. Fue en 1168 cuando el obispo Pedro Gudesteiz le encomendó nuevas labores en la Catedral. Veinte años después, cuando Mateo dio por terminadas las tareas del Pórtico de la Gloria, depositó en sus más finos acabados un vestigio sorprendente. Y es que, lejos de atraer la mirada hacia los ornamentos aislados, demostró que el poderío general de su composición era aún más intenso. En cierta manera, alcanzó una cúspide estilística, adaptada necesariamente a las molduras de la inmortalidad. Así lo entendieron, con toda seguridad, los peregrinos que llegaban por el Camino Francés.
Desde luego, dejando a un margen la basílica, Compostela dispuso de otros edificios de renombre, provistos de valía. En un entorno arquitectónico cuya pieza de honor resulta difícil de escoger, el prestigio no sólo atañe a las iglesias, sino a los muchos conventos que llegaron a alzarse en estos dominios. De ello no hay duda: ciudad mística, noble y a un tiempo bulliciosa, Santiago disfrutó de la grandeza. Por desgracia, el precio a pagar por estos parabienes quedó de manifiesto en épocas menos favorecidas por el destino. Cuando en 1320 falleció el arzobispo Rodrigo de Padrón, los lugareños organizaron una rebelión para denegar la autoridad del sucesor, el dominico Berenguel de Landoira (Landoire), de la casa de Rhodez. En todo ello hubo un golpe de drama, y aun de tragedia, porque el Papa excomulgó a los rebeldes y poco tiempo después la peste negra cruzó las murallas. Entre hogueras y llantos, esta epidemia se cobró un tributo en víctimas antes de llegar a Finisterre.
Más arriba citábamos las intrigas cortesanas que desequilibraron el poder en el Señorío. Desde luego, hubo nuevas maquinaciones, y acaso la más notable fue la que costó la vida en 1366 al arzobispo Suárez de Deza. El óbito no tiene un razonamiento inocente: la amistad del prelado con el conde de Trastámara le había ganado a aquél la enemistad de la familia de los Churruchaos, enraizada en la tierra y fiel a don Pedro I el Cruel. El destino visible de los partidarios del monarca era, en todo caso, la preponderancia en los círculos del poder local.
Según parece, bien poco importa que para lograr dicha supremacía hiciera falta emplear cuchillos o mandobles.
Este episodio violento tiene su contrafigura en las actividades del duque de Lancaster, instalado en Compostela desde 1386. Agraciado por la benéfica cercanía de las reliquias, el noble dispuso que sus cortesanos habitaran la ciudad con provecho religioso y aún más seguramente político. No en vano, devoción y devaneos de cámara fueron por aquel tiempo afanes compatibles.
En 1418 quedó conformada la Hermandad de Vecinos de Compostela, vertebrando así el impulso ciudadano en contra de ciertos abusos señoriales. En tiempos de Gelmírez, otra Hermandad quiso a doña Urraca como Señora y Abadesa, en rebeldía contra el obispo. A decir verdad, esta nueva conferencia vecinal también tuvo lugar en un periodo convulso. Para empezar, la alta burguesía continuaba discrepando de las decisiones eclesiásticas, principalmente en lo que concierne a los asuntos financieros. A grandes rasgos, la Revuelta Irmandiña tuvo sus dos etapas de intensidad entre 1418 y 1435 y entre 1466 y 1469. Conviene saber que la integración de Galicia en la Corona de Castilla tuvo lugar tras la unión del dominio gallego al reino de León en 1037. La nobleza, poderosa en extremo, practicó un feudalismo desmedido con los campesinos.
Este tipo de Hermandad antiseñorial creció en lucha con los señores episcopales y con los aristócratas. En 1421 el patricio Ruy Sánchez había liderado las fuerzas irmandiñas, y más adelante lo hizo Ruy Xordo. Volvieron a tomar las armas los irmandiños en 1466, esta vez con el apoyo de nobles como Pedro Osorio y el del rey Enrique IV. Una vez llegado el siglo xvi, la Audiencia establecida por los Reyes Católicos favoreció un mayor cumplimiento de la justicia por parte de los oligarcas.
En este marco debemos inscribir a un linaje, el de los Fonseca, digno con todo merecimiento de asumir la máxima dignidad eclesial en el Señorío. Nada menos que tres arzobispos lucieron este apellido: Alonso de Fonseca I, Alonso II de Fonseca y Alonso III de Fonseca. El segundo fue anfitrión de los Reyes Católicos en 1486 y el tercero acogió en el Convento de San Francisco a Carlos I, que allí celebró las Cortes en 1520. Todo hay que decirlo: esa reunión no discurrió apaciblemente y el Emperador tuvo que marchar a La Coruña, para de ese modo no escuchar las voces que solicitaban el Voto a Cortes para Galicia. Como otros grandes mecenas del periodo, Fonseca III también sostuvo muy serias inquietudes culturales. A él debemos la fundación de la Universidad Compostelana en 1525. El centro académico, por lo demás, había tenido su antecedente en el Colegio de Estudiantes Pobres, inaugurado en 1495 por el notario don Lope Gómez de Marzoa.
La historia, como la propia vida, es un pleito en el cual la mala fortuna no es menos substancial que el progreso o la bonanza, y a menudo resulta más influyente que ambos. Si hablamos de este tipo de desgracia, el retorno de la peste en 1569 cobra inmediato protagonismo. En su acoso marítimo, los incursores norteños tampoco daban tregua a los gallegos, a tal extremo que en 1589 el arzobispo don Juan de San Clemente decidió poner a resguardo las reliquias del Apóstol, amenazadas por los ingleses. Esta precaución del eclesiástico puso en marcha un misterio, pues los restos, aunque a salvo, no volvieron a aparecer hasta que hubieron pasado tres siglos.
Este interludio, enigmas aparte, sirve para describir en qué medida Compostela atrajo, como adversarios del peregrinaje más o menos ilustrado, a los salteadores y a los piratas, a los enemigos de Iberia y a los guerreros de fortuna. Ante semejante obstinación, está claro que las tareas de defensa fueron de una importancia nada desdeñable.












































































