• PORTADA
  • CRÍTICAS
  • ENTREVISTAS
  • CINE CLÁSICO
  • LIBROS
  • TEATRO
  • CÓMIC
  • SERIES
  • EXPOSICIONES
  • MUSICALES

Vie05252012

Last update06:02:52 PM

The-Cult-revista

El Camino de Santiago: historia y tradición

Índice de Artículos
El Camino de Santiago: historia y tradición
Un destino trascendental
La crónica compostelana
La construcción de la Catedral
Entre el mito y la historia
Del romanticismo a la modernidad
La tradición jacobea
Todas las páginas

SantiagoEl peregrinaje, como la alquimia, implica siempre una transformación: el cambio interior del ser humano que mejora a medida que avanza por la ruta jacobea.

Muchos lectores han creído hallar una explicación de lo que significa el Camino en lecturas esotéricas, al estilo de ésa que propone Paulo Coelho en El peregrino de Compostela, un libro que traduce la experiencia del autor, allá por 1986. Silenciaré adrede otros ejemplos de este jaez, por no entrar en consideraciones simbólicas que, mal o bien, alimentan a los profetas de la Nueva Era y a narradores gozosamente congraciados con el esoterismo, como el escritor Fernando Sánchez Dragó.

En un sentido tradicional, me agrada en mayor medida la imagen clásica del peregrino, acaso ajeno a este tipo de singularidades mágicas, pero siempre firme en su paso hacia el Sepulcro.

Lo describe con aliento literario Alejo Carpentier: «Por caminos de Francia va el romero, con las manos flacas asidas del bordón, luciendo la esclavina santificada por hermosas conchas cosidas al cuero, y la calabaza que sólo carga agua de arroyos». El Camino significa para él sacrificio y también devoción: «Empieza a colgarle la barba entre las alas caídas del sombrero peregrino, y ya se le desfleca la estameña del hábito sobre la piadosa miseria de sandalias que pisaron el suelo de París sin hollar baldosas de taberna, ni apartarse de la recta vía de Santiago, como no fuera para admirar de lejos la santa casa de los monjes cluniacenses».

Paralela a esta crónica de romeros anónimos, corre otra crónica, la de los religiosos y mandatarios de renombre que cambiaron su destino en el plenilunio de la ciudad de las conchas.

Tal es el caso de la escandinava Santa Brígida, fundadora de la Orden de San Salvador, quien matrimonió en 1316 con el noble Ulf Gudmarsson y peregrinó junto a éste en 1341. Algo parecido sucede con Santo Domingo de la Calzada (1019-1109), promotor de un puente sobre las aguas del Oja y de una hospedería: dos obras destinadas al bienestar de los peregrinos. Por supuesto, a los nombres ilustres hay que añadir otros elementos que transitan por el Camino. A saber: tradiciones, aires literarios, estilos artísticos y las más variadas citas y ejemplos de eso que hoy llamamos cultura europea.

En Antología de los poetas líricos castellanos, Menéndez Pelayo refleja a incesantes oleadas de peregrinos, llegados de todas las zonas del Centro y Septentrión del continente, que traen hasta Santiago, «al son del canto de ultreya, los gérmenes de la ciencia escolástica y jurídica, y las semillas de la poesía nueva». Por supuesto, don Marcelino no sólo estaba interesado por el rastro de la lírica provenzal.

Una carta enviada a nuestro sabio por Fidel Fita desde Santiago de Compostela, el 13 de agosto de 1882, nos permite saber que aquél recibía informaciones arqueológicas de gran interés.

El día 17 de ese mismo mes, Fita tenía previsto ir a Iria, con el fin de practicar en su templo una excavación sobre el lugar de enterramiento de los veintiocho obispos santísimos de los que habló Diego Gelmírez. «Las notas que he tomado —escribe— me inducen a imaginar que pudieron (algunos al menos) haber sufrido de las persecuciones arrianas que precedieron á la conversion del rey suevo Teodomiro y de Recaredo».

Pero Fita va más allá: «La confrontación de la reliquia de Santiago, traída de Sahagún, con las que se supone son del Apóstol y fueron encontradas, no ha muchos años, debajo del pavimento del Altar mayor, da por ahora un resultado muy favorable». El estudio de tales restos, aun en aquel viejo capítulo arqueológico que acabamos de referir, nos conduce a una generosa bibliografía, bien provista de teorías, especulaciones y tentativas de explicación.

Hasta hoy llega ese estraperlo de conjeturas, y es más: no da muestras de decadencia. Por intermedio del Apóstol, magos, falsarios y científicos se encargan hoy de reavivar ese mismo interés, suministrando de cuando en cuando nuevos hallazgos y astucias textuales.

Desde su inicio en el siglo IX, las peregrinaciones sirvieron para difundir el arte románico y los estilos que a éste sucedieron y que con él se solaparon. Pero hubo otras cadencias, otras polifonías. Vigilados por los caballeros de la Orden Militar de Santiago, las rutas y sus viandantes se modelaron mutuamente, entablando un juego de ecos que aún resuena en la conciencia subterránea del municipio.

Al fin, Compostela consuma un proceso: un ajuste conciliador de virtualidades que van desde lo quimérico y lo religioso hasta lo económico y exclusivamente funcional. Esta conquista de energías al término de todos los senderos —incluidos los ultraterrenos— se convierte en motor, en foco radiante que imprime carácter a una ciudad abierta, imposible de explicar sin el concurso de las rutas que hasta ella conducen y que de ella parten. No en vano, el centro histórico, y más en concreto la Catedral y el Sepulcro, sirven de teatro a una transmutación interna que, año tras año, asumen con gozo cientos, miles de peregrinos.



Un destino trascendental

Compostela es un paisaje apropiado para el cronista. Aunque la tentación que le acecha sea el fantaseo, este historiador, sobre todo si es riguroso, tiene a su disposición una bibliografía formidable, en la que puede inspirarse para abordar nuevas pesquisas sin perder el rumbo. Con mayor humildad y sin glosa erudita, en las próximas líneas vamos a limitar el campo, echando el anzuelo en el pasado para extraer datos esenciales, con un empeño que podríamos tildar de impresionista. Porque son impresiones, visos o ramalazos de sentido lo que el lego recibe al situarse frente al relato jacobeo. Entre la categoría metafísica y las intrigas subterráneas se mueve, simplemente, la historia de una ciudad noble y reconcentrada, capaz de entonar distintamente su palabra según sea el ritmo de los peregrinos que a ella se aproximan.

Comienza este trayecto bajo el suelo, guiado por rastros arqueológicos que animan a dibujar una primera población, previa al siglo VII. Hablamos, pues, de una Galicia cristiana.

«Parece indudable —advierte José Campelo en su prefacio a la Historia Compostelana— que antes de la conversión definitiva de los suevos al catolicismo en 563 existía ya una sede episcopal establecida en Iria Flavia, hoy pequeña villa próxima a Padrón, a cuyo ayuntamiento pertenece». La vieja ciudad romana que reposa bajo la actual, circundada por una muralla, tiene un punto de máximo interés en ese mausoleo del que al fin se apropió el recinto catedralicio. Los mártires cristianos ahí sepultados connotaron religiosamente al lugar, transformado en una suerte de santuario. La oscuridad y la especulación, con todo, se adueñan de este periodo y de su reseña. Quedan más claros los acontecimientos que sucedieron a partir del siglo ix.

Cuando Teodomiro, obispo de Iria, estudia el mausoleo citado, cae en la cuenta de que los restos confirman una idea: la de que ahí reposa el Apóstol.

De ese modo, la piedra confirma otra creencia popular, según la cual Atanasio y Teodoro transportaron el cadáver decapitado de Santiago hasta Iria Flavia, dándole sepultura entre los árboles de Libredón. Comprendiendo la importancia del hallazgo, Alfonso II el Casto, rey de Asturias, animó la elevación del primer templo compostelano y en 829 organizó el Señorío de Santiago. Desde 830 existió el llamado locus sanctus Beati Iacobi, cuyo eje era la citada iglesia, reemplazada a fines del siglo ix por la basílica que oportunamente ordenó construir el obispo Sismando I. Aludiendo a esa pequeña ermita de piedra, Vicente Risco recuerda que el rey Alfonso hizo venir a doce monjes benedictinos para que cantasen en ella. También menciona el famoso galleguista que se construyeron habitaciones destinadas al clero secular. Tras este primer impulso, «muy pronto hubo allí tiendas y otros edificios, de manera que en treinta años se formó una ciudad con calles y foro».

Añade Risco que luego se alzó el templo de Santa María de la Corticela, «con una nueva comunidad benedictina, instalada por su abad Ranualdo en la casa de Besulio, en Pinario, y por fin se rodeó la ciudad de murallas y torres para la defensa».

Para comprender la identidad política que la monarquía confirió al santo, hemos de llegar al año 844, pues fue durante la batalla de Clavijo cuando se quiso ver al espectro del Apóstol, cargando sobre su corcel y atemorizando sin remedio a los infantes musulmanes. En lo sucesivo, la simbología del santo quedó imbricada en la imaginería propia de la Reconquista. Convencido de su valor, Ramiro I propició esta figura. De ahí que reforzase el patronazgo de Santiago y diseñara un Voto mediante el que fuera posible costear la adoración del Apóstol. Dicho voto se concretaba en un impuesto de trigo o vino que recibía el cabildo compostelano. De otra parte, el prestigio de las reliquias creció por toda Europa, y ello originó la peregrinación jacobea, en la cual bulle la cosmovisión cristiana de la época. En buena medida, este pujante recorrido metafórico vino a construirse en contraste con el repertorio político-religioso que difundían los musulmanes, apuntalando de paso la legitimidad monárquica.

Siguiendo punto por punto la crónica de Risco, podemos hacernos una idea de qué vaivén de poderes sacudió a este extremo peninsular. En 904, Alfonso III decidió que reinara en Galicia su hijo segundo, Ordoño II. La herencia de Alfonso lo mantuvo en el trono. Ambicioso y aventurero, Ordoño dirigió una expedición en Andalucía, y allá hizo un buen número de prisioneros. A la muerte de su hermano García I, heredó León en 914 y allá instaló su Corte. Posteriormente, convirtió en rey de Galicia a su hijo Sancho. Este Sancho Ordóñez perdió Asturias por culpa de su tío Froilán, pero retomó Galicia a su muerte, allá por el año 925. Fue coronado en Compostela por el obispo Hermenegildo, y luego, en 926, guerreó con su hermano Alfonso IV de León, «a quien expulsó de su reino, y a quien venció nuevamente cuando, en 928, vino a recobrarlo, ayudado por el rey de Navarra».

Desde un punto de vista material, el progresivo enriquecimiento del santuario no sólo sirvió para dignificarlo estéticamente. También atrajo a salteadores de diversa fuerza. Podemos imaginar un drakkar normando, repleto de espadachines y maceros vikingos, resueltos a procurarse un admirable botín a golpe de hacha. La visión es sugestiva y se atiene a las crónicas.

Risco cita a Murguía, y dice que los combatientes seguían las órdenes de dos caudillos, Hastings y Bjoern Jernside. De acuerdo con dicho estudio, nada menos que cien naves avanzaron por la ría de Arosa en 858 u 860. Tras el saqueo de Iria, «cobraron rescate a Compostela y se proponían robar los huesos del Apóstol, cuando apareció el conde don Pedro, que los venció y mató gran número de ellos». Todo ello es digno de una saga, o más bien de una edda, al estilo de aquellas que compusieron los grandes poetas escandinavos y que tanto fascinaron a Borges. No obstante, aunque nos parezca temible la incursión normanda, los atacantes que realmente triunfaron en este propósito no lucían cuernos en sus cascos de ceremonia, sino gallardetes con la media luna.

En el año 997 los guerreros almorávides del emir Almanzor, enardecidos tras ocupar victoriosamente Galicia, destruyeron Compostela. Por fortuna, los daños materiales fueron muy superiores a los personales, pues el prelado San Pedro de Mezonzo había guiado en su huida a los pobladores cristianos. «Almanzor —escribe Risco— encontró la ciudad desierta, vacío el sepulcro del Apóstol, donde se dice que no había más que un monje en oración». El emir hizo que sus hombres custodiaran el sepulcro, con el fin de que nadie lo profanara. Luego mandó que la ciudad fuera destruida. «Las puertas y las campanas de la Basílica —prosigue don Vicente— fueron conservadas para llevar a Córdoba, en hombros de cautivos cristianos, de los que se dice que reunió en esta campaña cuatro mil». Como es fácilmente imaginable, las obras de reconstrucción dieron comienzo de inmediato, cumpliendo así los deseos de Bermudo II y de San Pedro Mezonzo. El santo, al decir de Torrente Ballester, «no era un general aguerrido, sino un buen obispo, humilde y sentimental en cierto modo».

Al igual que en otros apartados, nos sirve acá el detalle cronológico ofrecido por Antonio Rodríguez López. En 1037, cuando se hizo cargo de un obispado que gobernó hasta 1066, Cresconio resolvió que era necesario proteger la ciudad. No es para menos: la hueste normanda del Conde Ulf permanecía en Galicia, dispuesta a reunir más riquezas. Como prelado de Iria y de la ciudad de las conchas, Cresconio reunió una tropa armada y logró vencer a los hombres de Ulf. Temeroso de nuevas incursiones, el obispo fortificó la ciudad santa y la entrada de la ría de Arosa. «Don Cresconio —escribe Torrente Balllester—, para proteger la tierra y la sede compostelana, reedificó y dotó de fortaleza el antiguo castillo Honesto, en Catoira, allí donde la ría de Arosa se hace angosta; estratégico lugar que los invasores [vikingos] preferían por más fácil y seguro».



La crónica compostelana

Las murallas construidas en Santiago con propósito defensivo sirvieron para definir el contorno urbano. Poco antes de completarse el ciclo de Cresconio, Fernando I utilizó de forma oficial el otro nombre que ennoblece a Santiago: Compostela. Siguiendo este rumbo, las autoridades quisieron conceder un mayor esplendor al Santuario, y por orden del obispo Diego Peláez, el maestro Bernardo el Viejo se hizo cargo de las obras de la Catedral en 1075. Algo similar cabe señalar sobre el traslado de la sede episcopal, que hasta 1095 residía en Iria Flavia. El arquetipo religioso era, también a efectos burocráticos, el más ilustre. «No puede juzgarse ligeramente al obispo don Diego [Peláez] —escribe Torrente Ballester—. Quédese en suspenso nuestra opinión sobre su patriotismo, quédese graciosamente suspensa, pues motivos hay de sobra para estimarle como obispo excelente. Le debemos, debemos a su esfuerzo, la iglesia compostelana».

El periodo protagonizado por Diego Gelmírez fue fundamental para el devenir compostelano. Autor de su propia leyenda, este obispo no sólo se preocupó de mejorar el funcionamiento de la diócesis. También propició importantes reformas en el entorno urbano, concentrando sus afanes arquitectónicos en la Catedral y el Palacio Episcopal. El empeño, como es sabido, fue exitoso. De hecho, el Maestro Esteban culminó la obra catedralicia en 1125. Consciente del poder simbólico de las reliquias, Gelmírez instaló varias de gran importancia en los templos compostelanos. De entre ellas podemos destacar las de Santa Susana, designada asimismo como Patrona. Risco menciona que Gelmírez había obtenido dichas reliquias en 1102 amparado por una bula: «visitó las iglesias que la Mitra compostelana tenía más allá del Miño y despojó las iglesias de Braga y su diócesis, en que tenía jurisdicción, de las reliquias de San Silvestre, San Cucufate, San Fructuoso, Santa Susana y otros santos, y las hizo traer ocultamente a Santiago con algunas de Nuestro Señor Jesucristo. La Compostelana llama a esto pío latrocinio».

Ni que decir tiene que este modo de reforzar la condición sagrada de varios recintos se entreveró con motivaciones políticas no siempre bien comprendidas. Veamos ahora por qué. En 1111 fue coronado como rey de Galicia Alfonso Raimúndez: esto es, Alfonso VII. Esta coronación se celebraba en un momento de furor guerrero, derivado de los problemas maritales de doña Urraca con Alfonso el Batallador. Las luchas, infidelidades y reconciliaciones de la pareja fluyeron con la misma intensidad que la sangre de sus tropas respectivas. Gelmírez se valió de la minoría de edad de Alfonso VII, pero su estrategia quedó desarticulada cuando el rey se reconcilió con su madre, Urraca.

«Una de las manifestaciones más claras —escribe Campelo— del gran poderío que D. Diego Gelmírez tenía, señaladamente durante el reinado de doña Urraca, es la conclusión de numerosos tratados de amistad y reconciliación con la reina, casi en plano de igualdad, (...) aunque esto prueba al mismo tiempo la posición débil y el poco prestigio de que gozaba aquella reina entre sus subordinados por motivos de diversa índole». Tal es, por consiguiente, el tiempo de Gelmírez, acompasado por intrigas cortesanas y revueltas populares que nos dan el tono de la época. Sin duda, los alzamientos fueron un fenómeno característico del nuevo milenio, y en el caso compostelano los actores fueron el arzobispo y su entorno, la oligarquía, las distintas personalidades de la Corte y los burgueses. Poco queda en el recuerdo de tales intrigas y enfrentamientos. Sólo la piedra, bien consolidada, guarda ya la memoria de aquel obispo que soñó con una Compostela grandiosa, plenamente merecedora de elogios y donaciones.

Desde el margen de la épica, la visión compostelana adquiere consistencia literaria. Así lo comprueba Marcelino Menéndez Pelayo en su Antología de poetas líricos castellanos. En opinión del erudito, la epopeya castellana nunca expresó el sentimiento de la aristocracia palaciega ni de la Iglesia feudal. En todo caso, dicho sentido se halla en algunas crónicas latinas, al estilo de la Historia Compostelana o el Anónimo de Sahagún.

De otra parte, «mucho habían de diferir el ideal poético y la cultura mundana entre los caballeros y los monjes franceses o afrancesados que rodeaban a Alfonso VI, al Conde de Portugal D. Enrique, a la Reina doña Urraca, al Emperador Alfonso VII o al Arzobispo compostelano D. Diego Gelmírez; y los rudos mesnaderos que seguían al Cid ganando su pan, desde la glera del Arlanzón hasta los vergeles de Valencia». Insiste nuestro sabio en que la peregrinación a Santiago fue de una importancia capital a la hora de divulgar las leyendas épicas que configuran el ideario caballeresco. Acaso, según insinúa don Marcelino, la Canción de Rolando, fruto de cantos muy próximos al hecho real de la batalla, fue refundida en su forma actual «por uno de tantos juglares franceses que yendo en romería a Santiago o volviendo de visitar las cortes españolas tenían que pasar forzosamente por Roncesvalles».

En buena medida, la precisión topográfica que distingue al poema en este apartado sirve para reforzar dicha conjetura.

«Aquel gran río —añade— que periódicamente se desbordaba sobre España tenía en Galicia su natural desembocadura, y en Galicia hemos de buscar los primeros indicios de la tradición épica francesa, algo españolizada ya, aunque más en los accidentes que en la substancia». Leemos en la misma obra que el arzobispo don Rodrigo tituló Roncesvalles como una victoria nacional, o por mejor decir, como un triunfo atribuible a los pueblos cristianos de España, cuyo caudillo sería el Rey de León. A don Rodrigo no le agradaba la idea de que el Emperador hubiese realizado conquistas en la Península. De hecho, ni siquiera creyó que Carlomagno «hubiese abierto el camino de Santiago». Aunque el obispo de Tuy —el Tudense— difería del arzobispo Rodrigo en otras cuestiones sobre la citada batalla, tampoco quiso ver a Carlomagno abriendo el Camino de Santiago. Y he aquí la clave que lo explica: según pone de relieve Menéndez Pelayo, el Tudense, como buen cronista del siglo xiii, hace venir al emperador como peregrino, dispuesto a visitar el sepulcro apostólico y «a erigir en metropolitana aquella iglesia, estableciendo la vida claustral conforme a la regla de San Isidoro». En Santiago se compuso asimismo la primera parte de la Crónica de Turpín, muy relacionada con tradiciones compostelanas como ésa del Carlomagno peregrino. Lógicamente, la obra no pudo ser firmada por el Arzobispo de Reims, Turpín, porque ya nos dice el erudito que aquel pereció en torno al año 800.

Para no despistar al lector con esta digresión literaria, conviene aclarar que la crónica compostelana tiene mucho de narrativa y aun de poética. Leyenda y documentación van solapándose y hasta confundiéndose en ciertos estratos. Sin ir más lejos, Menéndez Pelayo justifica las andanzas reales de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, repasando los privilegios y escrituras donde el famoso caballero figura como testigo o confirmante, pero también las noticias que obtiene en el Chronicon Malleacense, en los Anales Toledanos Primeros y en los Compostelanos.

Un dato mejor contrastado es el de la muerte de Gelmírez en 1140, tres décadas después de haber coronado en la Catedral a Alfonso VII. Ahora bien, la pérdida del obispo no significó una pausa en el desarrollo físico y simbólico de nuestra urbe. En torno a 1170 quedó fundada la Orden de Caballería de Santiago, cuyo origen hay que buscarlo tres años antes, cuando Fernando II concedió la villa de Alcántara a unos caballeros asociados: paladines que, según describe Risco, debían combatir a los musulmanes y defender a los peregrinos de los salteadores.

En Santiago —nos dice— el prelado Pedro Gudesteiz «nombró Canónigo al Prefecto y a los Caballeros vasallos del Apóstol y les dio una bandera con una cruz en figura de espada, entrando él como Caballero de la Orden». En 1182 el recinto catedralicio se convirtió en escenario de otra solemnidad importante: la conmemoración del primer Año Santo. Es inadecuado a nuestro fin describir con detalle el modo en que pueblo y dignatarios celebraron el Jubileo. Baste decir que el rito, identificable con la púrpura y el incienso, se adueñó por un tiempo de Compostela. Por lo demás, algo similar debió de ocurrir en 1211, cuando por fin la Catedral fue consagrada. Un privilegio fechado el 11 de noviembre de 1204 con la firma de Alfonso IX, y en el que dicho monarca confirmaba una donación que había recibido la iglesia de Santiago, señala que aquel privilegio fue hecho apud sanctum jacobum. Así lo destaca Jesús Carro García en sus Estudios Jacobeos, donde además nivela una certeza muy compartida: la de que el nombre de Compostela deriva de Campus stellae, referente a las luces que hermoseaban el sepulcro, o de Campus Apostoli.



La construcción de la Catedral

Como custodio del mito y de la verificable tradición, este edificio nos deja una idealizada imagen de la entraña jacobea: ésa que ha ido conformándose a lo largo de cientos de años. En rigor, puestos a discutir la identidad catedralicia, los manuales contienen tantas precisiones acerca de su ingeniería como acerca del cauce piadoso que allá se enfoca por medio del peregrinaje. De ahí que variables en apariencia opuestas —cosmopolitismo y modismo local, leyenda y archivo, rito e improvisación, bullicio y silencio contemplativo— busquen el amparo de la piedra y prosperen a la sombra de sus fachadas. No en vano, la arquitectura propende a colmar estos puntos de intersección; y aunque ensimismada en alegorías antiquísimas, es verdad que la Catedral hoy ofrece nuevas lecturas, nuevas intenciones que jamás anotaron en su libreta los maestros canteros.

De más está decir que la fábrica define aquí el misterio como un signo de cuidadosa elección. ¿Influencias o escuelas? Menos de las que cabría pensar. «La catedral compostelana —escribe Jesús María Caamaño—, por la propia magnitud de su programa y perfección arquitectónicos, influyó menos de lo que se viene repitiendo en la arquitectura gallega». De las restantes catedrales de Galicia, añade el estudioso, la de Lugo es la más ligada a la compostelana, pero desde el punto de vista constructivo muestra mayores diferencias que similitudes. Por ejemplo, una distinta cabecera o la ausencia de naves colaterales en el crucero. Bien mirado, el análisis confirma la originalidad del templo compostelano.

Estos muros nos despegan de la actualidad y animan laboriosamente la crónica. Esa seducción enigmática de la que hablábamos más arriba instala el recuerdo en estratos aún legibles. Los primeros, muy probablemente, quedan ocultos bajo los cimientos del templo. Mediada la década de los cuarenta, la curiosidad de los arqueólogos descubrió ahí abajo una suerte de cementerio, donde primero palpita la memoria efímera de los siglos iii y iv d.C. Buscando niveles superiores, reposan también difuntos que conocieron en vida la dominación romana, y asimismo otros que llegaron a ver las primeras trazas del templo, en torno al siglo XI. La necrópolis, desde luego, se suspende entre el mero vestigio arqueológico y el foco de adoración que significa el mausoleo donde hallaron los restos del Apóstol, en torno al año 829.

Por las fechas en que se llevó a cabo tal descubrimiento, el obispo Teodomiro y el rey Alfonso II el Casto propiciaron la fabricación de una capilla y una casa monacal. Como suele ocurrir en casos de esta importancia, la dignidad de la edificación creció al paso de los años. Otro obispo, Sisnando I, y un distinto monarca, Alfonso III el Magno, influyeron en la evolución arquitectónica del lugar. Durante un tiempo, por decisión del papa Nicolás I, dicha iglesia sirvió de concatedral junto a la de Iria Flavia. Fue el 5 de diciembre de 1095 cuando por fin los fieles pudieron conocerla como lo que hoy es: la gran catedral de Santiago. Según el patrón al uso en la época, una cruz latina con tres naves en cada uno de los brazos sirvió de estructura a la planta. En buena medida, la obra culminó el Románico y de hecho lo inmortaliza, pero también quedaba abierta a nuevos estilos que ahora iremos describiendo.

Antes, un inciso a efectos piadosos: el sepulcro apostólico es el factor que atrajo y sigue atrayendo a ese sinnúmero de fieles a quienes pertenece el Camino. «Compostela —escribe Antonio Fraguas— llama a las almas desde los bronces de sus campanas, anunciando al mundo los comienzos del año jubilar». Incluso hubo reyes y santos que recorrieron esta ruta jacobea. Cita el memorioso Fraguas a Sancho II de Portugal, a Guillermo X, duque de Aquitania —muerto de súbito ante el Altar—, a Luis VII de Francia, a Enrique el León, duque de Sajonia, a San Morando y Santa Bona, a San Alberto, Santo Domingo y San Francisco de Asís. En romería vinieron en 1486 los Reyes Católicos, que llegaron por el Camino Francés y visitaron la iglesia del Apóstol. También la visitó el Gran Capitán, que donó la lámpara del Altar mayor. Con parecido fervor, don Juan de Austria dejó en el templo el gallardete de la batalla de Lepanto. Como demuestra el mismo cronista, las altas dignidades eclesiásticas cumplieron asimismo con el Apóstol. Por ejemplo, Gotescalco, obispo de Puy; el monje Cesáreo de Montserrat, quien tenía intención de obtener la dignidad metropolitana de Tarragona; Hugo de Vermandois y también el arzobispo Sigfrido de Maguncia. Todos saben que, junto a tales personalidades, el humilde peregrino arribaba a Compostela sin otro caudal que su fe y sin otro elogio posible que el muy merecido por su tenacidad.

La cámara sepulcral, más allá del anecdotario jacobeo, requiere una mención de detalles, pues su devenir influyó decisivamente en el proyecto catedralicio. En principio, lo que fue un mausoleo pagano acogió, entre otros finados, a dos mártires cristianos. Nos situamos, seguramente, a comienzos del siglo ii. En lo sucesivo, el espacio exigió nuevas reformas, detectables en los restos que se han documentado. Según se sabe, el edificio sepulcral despertó el interés del obispo Teodomiro, quien identificó en el enterramiento a Santiago y a sus discípulos Atanasio y Teodoro. Como dijimos más arriba, Alfonso II el Casto se sumó al fervor, moderó sus planes de favorecer a Oviedo, y en consecuencia, nuestra población se vio sumamente beneficiada por ello.

Las crónicas recogen el modo en que las obras del templo evolucionaron desde su comienzo, en 1075. Tras derruir una parte de las antiguas construcciones, el sepulcro pasó a figurar en el presbiterio. Bajo la protección generosa de don Diego Gelmírez, la fábrica quedó completada en 1105. Adosado a la parte oriental del cenotafio, el Monasterio de Antealtares sufrió con gravedad los efectos de las obras. Después del derribo de la planta superior —la memoria—, la cámara sepulcral perdió altura. Así, aprovechando una pared del mausoleo, abrieron a orantes y peregrinos un espacio para el recogimiento. Con el fin de honrar las reliquias del Apóstol, sobre el sepulcro se alzó luego el altar, protegido por las medidas de un triunfante baldaquino. Si no exactamente devoción, el visitante agnóstico o de distinta fe puede hoy compartir ante esa imagen un signo de alto valor histórico, indisolublemente asociado a la identidad compostelana. Que nadie lo dude: acá se maneja algo que supera con mucha amplitud el mito sentimental o la pura tradición litúrgica.

Prosigamos con la crónica. En 1168 el Maestro Mateo comenzó a trabajar en el Pórtico de la Gloria, una de las creaciones más notables de todo el recinto. «El gótico —escribe Caamaño— se introduce en Galicia con la obra del Maestro Mateo en la catedral de Santiago, donde se hallan las primeras bóvedas de ojiva fechadas con certeza». Poco después, en 1182, la feligresía celebraba el primer Año Santo. Los honores, comprensiblemente, se multiplicaron durante el protocolo de consagración, desarrollado en 1211. Claro está que la lógica coyuntural del arte fue haciéndose notar en los siglos venideros.

Durante el apogeo del Barroco, las credenciales de ese estilo aparecieron en la Catedral. Inocencio X nombró a un nuevo encargado de obras, el canónigo José Vega Verdugo, con el fin de mejorar la estructura de la Capilla Mayor y el Altar del Apóstol. Aunque eficaz, esta obra de 1660 eliminó en la práctica los restos del antiguo cenotafio. Con ello, la mejora arquitectónica tuvo por contrapartida una irreparable pérdida arqueológica. A fines del siglo xix, los ingenieros ahondaron en esta reforma rebajando aún más el nivel de la cripta. Asimismo, la fuerza de los picos abrió cancelas en lo que antaño fueron muros ciegos. El propósito no era otro que facilitar la entrada de los fieles. De otro lado, las reliquias del Apóstol y de los santos Atanasio y Teodoro pasaron a ocupar un altar de mármol, custodiadas en el interior de una urna de plata.

Es comprensible que dicho tesoro simbolice la esencia del conjunto catedralicio, pero no ha de olvidarse la inspiración de su traza, tan magnífica y dada a solemnidades. Los dos brazos de la cruz latina que aquí se forma tienen su encuentro en el crucero, cubierto por un triforio que data del siglo xiii. A modo de curiosidad arquitectónica, vale la pena saber que sobre dicho triforio hubo una fortaleza. Gracias al arzobispo don Juan de San Clemente, el reducto armado desapareció en 1602. El mismo prelado se las ingenió para garantizar el empleo del Botafumeiro, aunque prescindiendo de las muy aparatosas vigas que lo sostenían en aquella época.

Intentando descifrar los planos del templo, el observador comprende asimismo la importancia de las capillas; no sólo en un sentido religioso, sino como prolongaciones sucesivas, casi arborescentes, de la planta original. De las nueve que acogió el templo en sus inicios, cinco de ellas daban al ábside y las otras cuatro al muro oriental del crucero. Un historiador puede estudiar con interés el modo en que el conjunto fue creciendo al paso de los siglos, hasta alcanzar el número de dieciséis oratorios. Sin duda, estos espacios también sirvieron para distribuir el tesoro catedralicio. Así, la maravilla principal que figura en la Capilla del Salvador —denominada asimismo de San Luis Rey de Francia— es el retablo plateresco que elaboró en 1532 Juan de Álava, cumpliendo un encargo del arzobispo Alonso III de Fonseca. De igual manera, una estatua yacente del canónigo don Diego de Castilla embellece la capilla de San Bartolomé, y un relieve en terracota que representa el Descendimiento de Nuestro Señor (1526), obra de Miguel de Sevilla, ilumina el altar gótico de la capilla de Mondragón. Toda esta hermosura formidable puede además identificarse con la Capilla de El Pilar, costeada por el arzobispo don Antonio de Monroy, quien acá tiene su cristiana sepultura.

Lo mismo vale —y con mayor razón aún— para la Capilla de las Reliquias. En este espacio, diseñado y erigido por Juan de Álava en 1521, se mantuvo en funcionamiento la Sala Capitular hasta 1614. Dos décadas más tarde, Bernardo Cabrera completó el retablo y en 1641 ubicaron ahí las reliquias. El desgraciado incendio de 1921 dañó sin remedio la obra de Cabrera, aunque no afectó a las reliquias. Consiguientemente, las autoridades eclesiásticas encargaron un nuevo retablo a Rafael de la Torre. El diseño de éste fue concretado, con martillo y escoplo, por Maximino Magariños.

Hablando de réplicas y arreglos contemporáneos, no ha de olvidarse que la Cruz de Alfonso III el Magno, otorgada por el monarca en 879, lució en el Altar hasta 1906. Su robo, misterioso como un folletín, forzó el encargo de una copia fiel. Asimismo, interesará al viajero saber que la capilla sirve de panteón real. Entre los personajes acá enterrados figuran Fernando II y su hijo Alfonso IX; doña Berenguela, quien fuera esposa de Alfonso VII; y doña Juana de Castro, casada en vida con Pedro el Cruel.

En lo que concierne a los símbolos materiales, el tesoro catedralicio no sólo dispone de soberbios relicarios. Hay mucho más. Con todo merecimiento, encabeza la lista de bienes la custodia procesional realizada por Antonio de Arfe en 1544. Parecida magnificencia aparece en la Capilla Mayor, diseñada por Francisco Anta y José Vega Verdugo. Por su ornato, sorprende el baldaquino, debido a Andrade y Melchor del Prado.

Otras capillas atraen la mirada del visitante. Por ejemplo, la de la Virgen de la Azucena, cuya imagen esculpió el antedicho Domingo de Andrade. Tras este espacio se esconde la Puerta Santa, sólo abierta al tránsito en los años jubilares, cuando la fiesta del Apóstol coincide con el último día de la semana. También son puntos de interés y recogimiento capillas como la de San Juan Evangelista, la de la Comunión, la de San Bartolomé o de la Santa Fe (frente a la cual, por cierto, figura la cripta del Apóstol), las de San Andrés, Lourdes y San Antonio, la del Cristo de Burgos, la de la Concepción o de la Prima, y la del Espíritu Santo, edificada en el siglo xiii, en el mismo lugar donde se abría la puerta de Santa María, que daba a la iglesia de la Corticela. Aclaración al canto: aunque hoy aparezca como una capilla más, ésta de la Corticela es una iglesia que acabó integrada en el expansivo trazado de la Catedral, allá por el siglo xvii. Sus orígenes se remontan al siglo ix, cuando los benedictinos de San Martiño de Afora concentraban en ella su devoción. En el tímpano de su portada románica figura la adoración de los Reyes Magos.

Cualquier recorrido por el interior de la basílica compostelana ha de culminar en el Altar del Apóstol, hoy situado en mitad del crucero. La imagen entronizada de Santiago, recubierta con una esclavina de plata, preside el conjunto, al cual enriquecen otras piezas de ese noble metal. Debemos el plateado repertorio a la generosidad de don Antonio de Monroy, el arzobispo mexicano a quien más arriba mencionábamos. Monroy era el primogénito del gobernador de Querétano, y sus lazos con la Catedral son tan razonables como evidentes. Con luminosa belleza, la plata del prelado brilla sobre el camarín, pero también sobre el expositor, el frontal y el sagrario. Semejante brillo sirve asimismo de homenaje a esa imagen de la Inmaculada que contribuye a solemnizar este apartado.

Hasta el momento hemos curioseado por el interior de la basílica. Al aire libre, todo cuanto llevamos visto —sujeto a una estructura ornamental que lo condiciona positivamente— refuerza aún más si cabe las emociones que hemos de sentir en el exterior. Y es que, en vez de ceñirse a la rotundidad de un estilo soberano, las fachadas optan por la renovación de parangones, buscando un núcleo de significación plenamente original. Afinidades voluptuosas: cada relieve es una desafiante sorpresa, cada moldura representa una visión inédita, y al cabo, uno y otra prefieren abarcar nuevas masas de luz, nuevas manchas umbrosas, sin desvelar del todo algún que otro misterio. Pero dejemos que el visitante lo descubra con calma, como quien todavía se admira del sostenimiento de los pilares, o mejor aún: como quien cree en la corte celestial y alza lentamente la vista hacia las torres para así hallar sosiego en tales extensiones.

Hablando de esta emoción religiosa, nadie pasa por alto la intención que desvela el Pórtico de la Gloria. Además de un modelo fundamental del Románico, el repertorio ahí esculpido completa un cuadro legible. En el relieve de cada símbolo hay una enseñanza o un arcano, destinados en todo caso al peregrino que completa su ruta iniciática. Profundidades teológicas, en suma, delineadas por quien fuera alarife del rey leonés Fernando II: el Maestro Mateo, que colocó los dinteles del Pórtico tras años de esfuerzo. Gracias a su arte, el Santuario del Apóstol queda descrito como la Jerusalén Celestial de la que habla el Apocalipsis de San Juan: la nueva Jerusalén, cuya expresión quedaría incompleta sin el concurso de numerosos personajes del Antiguo y el Nuevo Testamento. Polícromo y detallado, el Pórtico perdió algo de su densidad cuando se elevó el Obradoiro. Algunas de sus piezas, desocupadas de su espacio original, pasaron a formar parte del tesoro catedralicio. A modo de singularidad, conviene saber que la efigie del Maestro Mateo aparece en el interior de la nave, arrodillada frente al Altar Mayor. Saben los visitantes que esta figura exige un protocolo rotundo: golpear tres veces la cabeza contra la del piadoso ingeniero, apodado por esa circunstancia el santo d’os croques. Hablando de apelativos populares: los compostelanos llaman catedral vieja a una capilla que, con más propiedad, debemos nombrar Cripta del Pórtico, pues sirve para soportar la extraordinaria estructura que conforman el Pórtico de la Gloria y el vestíbulo catedralicio.

Como es sabido, la catedral vieja fue diseñada por el Maestro Mateo para salvar el desnivel del terreno. Recuerda Caamaño que la obra de este artífice tiene tres plantas: la citada cripta, la planta noble del Pórtico —dividida en tres tramos, de acuerdo con la distribución del templo en tres naves— y la tribuna que sobre él discurre. Según el mismo analista, el interés de Mateo como arquitecto es un factor en el que aún vale la pena insistir. ¿Razones? Su obra escultórica ha sido explorada con mayor minucia que su creación arquitectónica, y ello pese a que escultura y arquitectura vienen a ser dimensiones indisociables en el Pórtico de la Gloria. Añade el académico que la atención se concentró en la Portada, dados los particulares vínculos de ésta con las de Saint-Gilles du Gard, Toulouse y Moissac, así como con las de las fachadas occidentales de Saint-Denis, Chartres y la puerta meridional de Bourges. Al fin, constata que fue en 1931 cuando Lampérez resaltó la trascendencia de la obra arquitectónica de Mateo, y es que en ella figuran las primeras bóvedas de crucería datadas con precisión. No obstante, concluye Caamaño que fue Lambert, en una publicación de ese mismo año, quien insistió en su alcance y destacó sus raíces aquitanas y borgoñonas.

Esa fachada occidental que antes salió a colación —la del Obradoiro— recibe su nombre de los talleres catedralicios allá instalados. Las reformas que le dieron su actual fisonomía datan del siglo xv. Una vez apuntalada en su nuevo eje la Torre de las Campanas (1667-1670), el segundo cuerpo de estilo románico cedió espacio a un ingrediente gótico. Quien introdujo nuevas enmiendas fue Domingo de Andrade, autor asimismo del Pórtico Real de la Quintana (1695), iniciado por José Peña de Toro. Más tarde, José Vega Verdugo diseñó otra reforma, pero ésta no convenció al Cabildo, que aceptó de mejor grado los planos dibujados por Fernando de Casas y Novoa. Desde 1738 hasta 1750, Casas y Novoa llevó a término una fabulosa creación arquitectónica en el Obradoiro, esencial para definir el actual carácter de la basílica. Casi en paralelo, Lucas Ferro Caaveiro edificó en 1758 la fachada norte o de la Azabachería.

Desde otra orientación, viajeros y lugareños pueden contemplar la Fachada de las Platerías, en la que aún hallarán el vestigio de la antigua. Como en otros márgenes de la edificación, la abundancia escultórica es un signo distintivo de este flanco. A un lado, la torre del Reloj (1676-1680), llamada la Berenguela, vuelve a proyectar todo el esquema hacia lo alto. Construida en el siglo xiv por Rodrigo del Padrón, fue reformada severamente en el xvi. Más adelante, Domingo de Andrade dio forma a la parte superior, donde se alojó desde 1833 el reloj compuesto por Andrés Antelo.

Camino ya de vuelta al interior, nos detendremos en el claustro, en el cual se escenifican algunos símbolos más que notables. Desde luego, es sobresaliente la categoría arquitectónica de este espacio. Por lo que sabemos, el obispo Gelmírez fue el encargado de impulsar las obras del primitivo claustro. Otro prelado, Alonso de Fonseca y Acebedo, vigilará el inicio de nuevas obras en 1521. Intervinieron en ellas varios artistas que habían dejado su firma en otros apartados del conjunto catedralicio. A saber: Gaspar de Arce, Gil de Hontañón, Juan de Álava y Juan de Herrera. Todos ellos resueltos en la ejecución y dotados de famosas virtudes, que salen sin duda a relucir en este interesantísimo paseo claustral.

El presente, es cierto, parece haber convertido a este santuario en un centro que atrae por igual a creyentes y a curiosos del arte antiguo. A ello contribuye el museo que aquí abre sus puertas desde 1930. En él se custodian, por ejemplo, los dos ejemplares del Botafumeiro: el de Losada, realizado en 1851, y el de la empresa Artesanía Sacra Molina, hecho en 1971. En la Sala Capitular, obra de Lucas Ferro Caaveiro, figura una serie de tapices del siglo xvi, en la que los colores del pasado aún permanecen expresivos y cálidos. La oferta museística queda sobrepasada en otras salas, donde relucen otras piezas del tesoro compostelano.

A efectos prácticos, la exposición se divide en tres recorridos: la Cripta del Pórtico de la Gloria, bajo las escalinatas de la fachada del Obradoiro; el Espacio Sacro Capilla de Reliquias-Panteón Real y Tesoro, donde figuran el Retablo de Reliquias y la Custodia Procesional de Antonio de Arfe; y finalmente, los llamados Espacios del Claustro: cuatro plantas del lienzo occidental del Claustro. En definitiva, lindes trazados para el aprendizaje y el recogimiento. La conclusión es obvia: como casi todos los verdaderos museos, éste de la Catedral no alcanza nunca un fondo último. También acá las preguntas se acumulan: ¿Dónde detenerse? ¿Qué probabilidad existe de abarcar tamaña exuberancia?



Entre el mito y la historia

En opinión de Carro, el nombre de Campus stellae fue inventado por algún autor renacentista. Sabemos que el Lugar Santo, ya en el siglo XI, se denominaba Compostela.

A esta civitas Compostelle los peregrinos la llamaron más adelante de Sancti Iacobi. Cita Carro el Cronicón Iriense, en el que se dice quidam, a quo dicitur Compostella. Por su parte, los traductores de la Historia Compostelana aluden a quienes creen que Compostela es diminutivo de Composita o Composta. Esto es, sepultura. Finalmente, nuestro estudioso recupera un artículo de 1909, firmado por el erudito Ángel María Amor Ruibal.

En ese texto queda demostrado que la etimología de Compostela no es la habitual campo de la estrella. «Fundándose en que el verbo componere se usa en la acepción de enterrar o sepultar, lo mismo en el latín clásico que en la baja latinidad, sostiene [Amor] que la palabra compostela viene de compostum, forma sincopada de compositum, y el sufijo ela, que significa resultado de la acción». La disputa filológica, como se ve, nos introduce en la noche de los siglos. Así vista, esa contienda de palabras permite deshojar con nuevo interés la memoria de la ciudad y de sus habitantes.

El fallecimiento en 1266 del nuevo arzobispo, Juan Arias, supuso, al decir de Rodríguez López, el cierre del proceso expansionista del señorío de Santiago. Tras un periodo de reivindicaciones comunales durante el que el Concejo procuró vencer al Señorío episcopal, Alfonso X procuró concentrar en el rey la máxima autoridad compostelana. Si esta consolidación fue razonable en razón de la política institucional, mucho más firme lo es en razón de los deleites sobre los que ejercen su dominio el urbanismo y la arquitectura. Al final, ya se ve, prevalecen los recursos de la estética. Al cabo, las intrigas y los cismas pertenecen al relato del ayer y carecen de la firmeza del mármol.

Si hablamos de estética, el Maestro Mateo ha de figurar en la crónica con caracteres de mayor grosor. Fue en 1168 cuando el obispo Pedro Gudesteiz le encomendó nuevas labores en la Catedral. Veinte años después, cuando Mateo dio por terminadas las tareas del Pórtico de la Gloria, depositó en sus más finos acabados un vestigio sorprendente. Y es que, lejos de atraer la mirada hacia los ornamentos aislados, demostró que el poderío general de su composición era aún más intenso. En cierta manera, alcanzó una cúspide estilística, adaptada necesariamente a las molduras de la inmortalidad. Así lo entendieron, con toda seguridad, los peregrinos que llegaban por el Camino Francés.

Desde luego, dejando a un margen la basílica, Compostela dispuso de otros edificios de renombre, provistos de valía. En un entorno arquitectónico cuya pieza de honor resulta difícil de escoger, el prestigio no sólo atañe a las iglesias, sino a los muchos conventos que llegaron a alzarse en estos dominios. De ello no hay duda: ciudad mística, noble y a un tiempo bulliciosa, Santiago disfrutó de la grandeza. Por desgracia, el precio a pagar por estos parabienes quedó de manifiesto en épocas menos favorecidas por el destino. Cuando en 1320 falleció el arzobispo Rodrigo de Padrón, los lugareños organizaron una rebelión para denegar la autoridad del sucesor, el dominico Berenguel de Landoira (Landoire), de la casa de Rhodez. En todo ello hubo un golpe de drama, y aun de tragedia, porque el Papa excomulgó a los rebeldes y poco tiempo después la peste negra cruzó las murallas. Entre hogueras y llantos, esta epidemia se cobró un tributo en víctimas antes de llegar a Finisterre.

Más arriba citábamos las intrigas cortesanas que desequilibraron el poder en el Señorío. Desde luego, hubo nuevas maquinaciones, y acaso la más notable fue la que costó la vida en 1366 al arzobispo Suárez de Deza. El óbito no tiene un razonamiento inocente: la amistad del prelado con el conde de Trastámara le había ganado a aquél la enemistad de la familia de los Churruchaos, enraizada en la tierra y fiel a don Pedro I el Cruel. El destino visible de los partidarios del monarca era, en todo caso, la preponderancia en los círculos del poder local.

Según parece, bien poco importa que para lograr dicha supremacía hiciera falta emplear cuchillos o mandobles.

Este episodio violento tiene su contrafigura en las actividades del duque de Lancaster, instalado en Compostela desde 1386. Agraciado por la benéfica cercanía de las reliquias, el noble dispuso que sus cortesanos habitaran la ciudad con provecho religioso y aún más seguramente político. No en vano, devoción y devaneos de cámara fueron por aquel tiempo afanes compatibles.

En 1418 quedó conformada la Hermandad de Vecinos de Compostela, vertebrando así el impulso ciudadano en contra de ciertos abusos señoriales. En tiempos de Gelmírez, otra Hermandad quiso a doña Urraca como Señora y Abadesa, en rebeldía contra el obispo. A decir verdad, esta nueva conferencia vecinal también tuvo lugar en un periodo convulso. Para empezar, la alta burguesía continuaba discrepando de las decisiones eclesiásticas, principalmente en lo que concierne a los asuntos financieros. A grandes rasgos, la Revuelta Irmandiña tuvo sus dos etapas de intensidad entre 1418 y 1435 y entre 1466 y 1469. Conviene saber que la integración de Galicia en la Corona de Castilla tuvo lugar tras la unión del dominio gallego al reino de León en 1037. La nobleza, poderosa en extremo, practicó un feudalismo desmedido con los campesinos.

Este tipo de Hermandad antiseñorial creció en lucha con los señores episcopales y con los aristócratas. En 1421 el patricio Ruy Sánchez había liderado las fuerzas irmandiñas, y más adelante lo hizo Ruy Xordo. Volvieron a tomar las armas los irmandiños en 1466, esta vez con el apoyo de nobles como Pedro Osorio y el del rey Enrique IV. Una vez llegado el siglo xvi, la Audiencia establecida por los Reyes Católicos favoreció un mayor cumplimiento de la justicia por parte de los oligarcas.

En este marco debemos inscribir a un linaje, el de los Fonseca, digno con todo merecimiento de asumir la máxima dignidad eclesial en el Señorío. Nada menos que tres arzobispos lucieron este apellido: Alonso de Fonseca I, Alonso II de Fonseca y Alonso III de Fonseca. El segundo fue anfitrión de los Reyes Católicos en 1486 y el tercero acogió en el Convento de San Francisco a Carlos I, que allí celebró las Cortes en 1520. Todo hay que decirlo: esa reunión no discurrió apaciblemente y el Emperador tuvo que marchar a La Coruña, para de ese modo no escuchar las voces que solicitaban el Voto a Cortes para Galicia. Como otros grandes mecenas del periodo, Fonseca III también sostuvo muy serias inquietudes culturales. A él debemos la fundación de la Universidad Compostelana en 1525. El centro académico, por lo demás, había tenido su antecedente en el Colegio de Estudiantes Pobres, inaugurado en 1495 por el notario don Lope Gómez de Marzoa.

La historia, como la propia vida, es un pleito en el cual la mala fortuna no es menos substancial que el progreso o la bonanza, y a menudo resulta más influyente que ambos. Si hablamos de este tipo de desgracia, el retorno de la peste en 1569 cobra inmediato protagonismo. En su acoso marítimo, los incursores norteños tampoco daban tregua a los gallegos, a tal extremo que en 1589 el arzobispo don Juan de San Clemente decidió poner a resguardo las reliquias del Apóstol, amenazadas por los ingleses. Esta precaución del eclesiástico puso en marcha un misterio, pues los restos, aunque a salvo, no volvieron a aparecer hasta que hubieron pasado tres siglos.

Este interludio, enigmas aparte, sirve para describir en qué medida Compostela atrajo, como adversarios del peregrinaje más o menos ilustrado, a los salteadores y a los piratas, a los enemigos de Iberia y a los guerreros de fortuna. Ante semejante obstinación, está claro que las tareas de defensa fueron de una importancia nada desdeñable.



Del romanticismo a la modernidad

El periodo barroco, en opinión de los estudiosos, fue un tiempo de primicias para la ciudad. En clave escenográfica, podemos hablar de grandes novedades urbanísticas y arquitectónicas. Mediado el siglo XVII, alarifes como Domingo de Andrade y José de la Peña Toro pusieron su empeño en las reformas catedralicias.

A imagen de los trabajos realizados en 1697 por Fray Gabriel de las Casas en el monasterio de San Martín Pinario, otros centros eclesiásticos de Santiago participaron en el dinamismo constructivo que estamos caracterizando. Tal herencia continuó creciendo en la centuria siguiente. Entre 1738 y 1748 Fernando de Casas y Novoa dio forma a la Fachada del Obradoiro, completada dos años después de la muerte del alarife. En 1758 Lucas Ferro Caaveiro dirigió a los obreros en las obras de la fachada norte o de la Azabachería. En este empeño, por cierto, fue haciéndose notar el aire neoclásico, aún más considerable en el Palacio de Rajoy (1767), diseñado por Carlos Lemaur. De otra parte, estas edificaciones introducen algunos valores constructivos que los arquitectos privados e institucionales tuvieron en cuenta.

En lo sucesivo, y de acuerdo con lo establecido desde 1780 por las Ordenanzas de Policía Urbana, las losas recubrieron las vías peatonales. Galerías y fachadas empedradas fueron otros síntomas evidentes de dicha corriente, confirmando así el dominio del abolengo clasicista. Bajo tan poderosa imaginación, Compostela adquirió una nueva estampa, acaso no definitiva pero sí muy duradera.

En materia económica, el progreso no fue tan optimista. Como subraya Gonzalo Torrente Ballester en Santiago de Rosalía de Castro, las leyes de desamortización beneficiaron a la burguesía liberal que compró bienes de la Iglesia. A un tiempo, dichas leyes motivaron contiendas ideológicas y cambios económicos.

En la descripción del escritor ferrolano, se advierte cómo desapareció la figura del mayorazgo, con lo cual quedaba rota la unidad económica del pazo. Paulatinamente, la propiedad de la tierra fue fragmentándose. Por lo demás, aunque los burgueses adquirieron propiedades desamortizadas y antiguas tierras comunales, ello no modificó «las cosas en gran medida, ya que no surgen, ni nadie las imagina, empresas modernas de explotación agraria».

Al igual que en el resto de España, el siglo XIX fue para Santiago un tiempo de cambios, ambiciones y luchas fratricidas. Desde 1800 la tarea de los periodistas de El Catón fue dar forma noticiosa a esa corriente de cambios. Apenas nueve años después de surgir esa cabecera —hablamos del primer periódico gallego—, las tropas napoleónicas invadieron Santiago. Tras la derrota de los asaltantes franceses, la ciudad tuvo que limitar sus ambiciones. Desde 1823 la capital provincial pasó a ser La Coruña, con el consiguiente deslucimiento de Compostela, cuando menos en los asuntos institucionales.

El forcejeo entre la universidad y el cabildo, entre la universidad civil y la religiosa, y por supuesto, entre liberales y reaccionarios, distorsionó aún más la realidad compostelana. Dice Torrente Ballester que esta división cobró intensidad a partir de 1820, aunque ya hubiesen aparecido previamente algunas voces contrarias a la Constitución de 1812. Dos arzobispos llegaron a ser desterrados. Con todo, Santiago no era el centro del liberalismo gallego, «sino La Coruña, donde existe una burguesía comerciante de gran peso: como que a ella hay que atribuir el impulso de los movimientos militares de matiz liberal». En verdad, la decadencia en Compostela fue progresiva, pese a que aún se invirtieron no pocos dineros en la construcción de nuevas edificaciones.

La hambruna figura como uno de los males más extendidos en aquel tiempo. Cansados de sufrirla, los lugareños y muchos campesinos se amotinaron en 1855. Eran los tiempos del arzobispo Miguel García Cuesta, para quien el cimiento religioso de la ciudad servía de consuelo en esta inadmisible circunstancia. La oligarquía era resistente a los cambios. En rechazo, hubo liberales que se decantaron por el anticlericalismo. La España pendular, hostil y extremista se ponía así de manifiesto en el perímetro compostelano, sin consenso ni templanza.

Por desgracia, el asunto aún iría a más. A pesar de todo ello, en medio de estas penalidades tuvo lugar una noticia de alcance institucional y asimismo sobrenatural. Fue en 1879 cuando Antonio López Ferreiro, repasando su carpeta de arqueólogo, dedujo por fin el lugar donde debían reposar los restos del Apóstol que antaño fueron escondidos para ocultarlos de los ingleses. El trabajo de las piquetas hizo el resto. Por fin Compostela recuperó con estas reliquias uno de sus signos de identidad más considerables. Si se quiere, el hallazgo basaba su fundamento en una necesidad colectiva.

Al filo del siglo XX, los intelectuales tomaron el pulso de la ciudad y decidieron actuar en su beneficio. Téngase presente: es el tiempo de políticos como Montero Ríos. Aunque penoso de elaborar, este plan regeneracionista sugirió a algunos que era posible una mejora. En 1897 San Martín Pinario figuraba ya como sede de la Universidad Pontificia. En 1903 comenzaron las obras de la Escuela de Veterinaria, planificadas por Antonio Bermejo, y dos años después dieron comienzo las de la Facultad de Medicina, de acuerdo con el diseño clasicista de Fernando Arbós y Tremanti.

Otro arquitecto, Jenaro de la Fuente, dibujó los planos de un centro de alto rango, la Residencia de Estudiantes (1930). Ese mismo año, el Seminario de Estudios Gallegos, fundado en 1923, puso las bases del gobierno local por medio del Anteproyecto de Estatuto de Galicia. La cuestión de la identidad, crucial para regionalistas y nacionalistas, adquirió un sentido más profundo en la década de los treinta. Tanto es así, que ni siquiera alcanzó a diluirse del todo durante la dictadura. Véase que fue en 1944 cuando inició sus actividades el Instituto de Estudios Gallegos Padre Sarmiento.

Las libertades democráticas sirvieron para recuperar las voces del exilio, enriqueciendo así la tradición compostelana dentro de la diversidad política. En 1980 obtuvo su rango actual la Comunidad Autónoma de Galicia. El cambio institucional mejoró la situación de Santiago, que pasó a figurar como sede de la Xunta.

Obviamente, la anchura y hondura de la historia local quedaba de manifiesto en esta decisión. Para confirmar la trascendencia de Compostela, otros organismos adornaron a este enclave con muy altos honores. En 1986 la UNESCO declaró a Santiago Patrimonio de la Humanidad, y un año después, el Consejo de Europa citó el Camino como Primer Itinerario Cultural Europeo. Poco después, por decisión del Consejo de Ministros de la Unión Europea, la capital admitió un rótulo igualmente respetable: Ciudad Europea de la Cultura del año 2000. Parabienes al margen, lo cierto es que ante un dominio en el que se entrecruzan tan armoniosamente historia y mitología sólo cabe un punto de vista elevado.



La tradición jacobea

Alrededor de la figura del Apóstol, y sobre todo en las fechas que para ello estipula el calendario, lugareños y visitantes se relacionan de acuerdo con dos protocolos: el festivo, desordenado y feliz, orientado al goce; y el litúrgico, sometido a una antiquísima tradición y hondamente religioso. Cuando llega el 24 de julio, el estímulo principal es la quema de la fachada catedralicia. De algún modo, el resplandor inaugura el juego retórico de las fiestas patronales; un juego que, de ahí en adelante, cobra total sentido durante la ofrenda al Apóstol, realizada el día 25. Pero, entendámonos: aunque el forastero prefiera estas celebraciones, debe saber que no son las únicas que acá se cumplimentan. Para descubrirlo, le basta con llegar a la ciudad durante las fiestas de la Ascensión, cuya fecha oscila entre mayo y junio; o durante el carnaval (antroido), que construye esperpentos con buen ánimo y originalidad.

Con todo merecimiento, las fiestas del Apóstol y de la Ascensión atraen a un crecido número de visitantes. No obstante, hay otros días de feria y procesión que merecen nuestro interés.

Para no desordenar el ciclo de festejos, vale la pena seguir el almanaque ordenado por Antonio Rodríguez López. De acuerdo con esa agenda, enero tiene en Compostela como celebraciones señaladas las de San Julián. Entre febrero y marzo, conviene no olvidar las de San Lázaro, que incluyen misa, subasta, refrigerio y verbena.

Tras las solemnidades propias de Semana Santa, llegan en abril las fiestas de San Marcos y San Pedro Mártir. En mayo, se organizan las de Santa Lucía y las de la Virgen de Fátima. Una vez llegado junio, las comisiones festivas deciden celebrar San Antonio y San Juan.

Durante el siguiente mes, abundan las conmemoraciones religiosas: San Pedro, el Santísimo Sacramento y San Antonio, San Caralampio, el Carmen y San Cristóbal. Lo mismo sucede en agosto, un mes durante el que los compostelanos acuden a las fiestas del Divino Salvador, y también a las del Santísimo, las de la Merced, las de Nuestra Señora, San Sebastián y la Divina Pastora. A partir del 1 de septiembre, la ciudad celebra otras advocaciones, en más de un caso relacionadas con el fervor mariano: la Virgen del Perpetuo Socorro, la Virgen Peregrina, Nuestra Señora de las Angustias, la Virgen de Guadalupe, Nuestra Señora de Belén, Santa Cristina, Santa Eufemia, San Serapio, la Virgen de la Gracia, el Rosario, Santa Cristina y el Sacramento, San Campio y San Miguel. Finalmente, el invierno cede paso a liturgias desordenadas, como el día de Todos los Santos, los festejos de San Martín y los de Santa Olalla.

Toda esta sucesión festiva tiene una faceta religiosa y otra divertida. Ambas cobran valor independiente. Desde luego, si nos referimos a la segunda, tendremos que hablar de verbenas, fuegos de artificio, cenas campestres, bailes y alegres melodías, preferiblemente de gaita.

Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.


¿Quieres saber más?
Retórica de lo sublime, Gianni Carchia, traducción de Mar García Lozano, Tecnos, Madrid, 1994, 187 pp.

45 días atrás
Adam Sandler interpreta los papeles principales de los gemelos Jack y Jill en esta comedia dirigida por Dennis Dugan. Protagonizada por Sandler, Kat

140 días atrás
El cine, para los directores veteranos, acaba siendo una expresión de la propia vida. De hecho, se producen extrañas sincronías. Convergencias en

133 días atrás
1995. En un panorama en el que el cine español se había acomodado a las comedias yuppies hasta sumirse en la monotonía, El Día de la Bestia irru

169 días atrás
Además de un extraordinario filósofo y un gran tratadista político, Jaime Balmes (Vic, 28 de agosto de 1810 - Barcelona, 9 de julio de 1848) fue

277 días atrás
Publicada en 1910, La esfera y la cruz es sin duda la novela de aventuras más evidente de Chesterton. Un católico y un ateo intentan batirse en due

1073 días atrás
En esta cuarta entrega de la épica saga torrentiana, encontramos a nuestro héroe en una situación delicada. Tras varios intentos de conseguir lle

443 días atrás
La nueva película de Roland Joffé se orienta en la misma línea que le dio fama en La misión (1986). Sin embargo, aunque la cinta es muy sólida

455 días atrás
Beatas y endemoniadas. Mujeres heterodoxas ante la Inquisición. Siglos XVI a XIX, Adelina Sarrión. Alianza, Madrid, 2003, 403 páginas. La autora

3408 días atrás
El nacimiento del cristianismo. Qué sucedió en los años inmediatamente posteriores a la ejecución de Jesús, John Dominic Crossan. Traducción d

3408 días atrás
La mirada de Dios. Estudio sobre la cultura del sufrimiento, Fernando Escalante Gonzalbo, Paidás, Barcelona, 2000, 351 pp. A Fernando Escalante, p

4505 días atrás
De dioses y hombres (Des hommes et des dieux), de Xavier Beauvois, se basa a grandes rasgos en la tragedia de Tibhirine. Explora los últimos meses

503 días atrás
Isabel Muñoz estudia la relación del cuerpo con la práctica religiosa, colocando el objetivo de su cámara en ceremonias místicas de Siria, Irá

745 días atrás
De orgullosas raíces gallegas, Emilio Estévez y Martin Sheen, hijo y padre, director y protagonista de The Way, han visitado nuestro país para pr

558 días atrás

Añade tu comentario


Código de seguridad
Refescar

Banner-cineclasico

Lo más leído

Banner-television2

Lo último

Banner-comics2

El editor recomienda...

 

Cultura en Positivo

Contenidos originales

Book Review

El Ministerio de Cultura identifica a Cine y Letras (The Cult) como una revista que ofrece contenidos respetuosos con los derechos de propiedad intelectual, y por ello nos distingue con el sello "Cultura en positivo". LEER MÁS...