
El dictador. La historia secreta y pública de Jorge Rafael Videla, María Seoane y Vicente Muleiro, Editorial Suramericana, Buenos aires, 2001,638 pp.
«No, no se podía fusilar. Pongamos un número, pongamos cinco mil. La sociedad argentina no se hubiera bancado los fusilamientos: ayer dos en Buenos Aires, hoy seis en Córdoba, mañana cuatro en Rosario, y así hasta cinco mil. No había otra manera. Todos estuvimos de acuerdo en esto. Y el que no estuvo de acuerdo se fue. ¿Dar a conocer dónde están los restos? ¿Pero, qué es lo que podemos señalar? ¿El mar, el Río de la Plata, el Riachuelo? Se pensó, en su momento, dar a conocer las listas. Pero luego se planteó: si se dan por muertos, enseguida vienen las preguntas que no se pueden responder: quién mató, dónde, cómo».
Sin duda, el lector tiene motivos para inquietarse por estas palabras de Jorge Rafael Videla.
Recluido en su apartamento del barrio de Belgrano, el viejo dictador ignora las responsabilidades históricas y cívicas de aquella feroz contrainsurgencia, cuyo balance entre 1976 y 1983 incluye doce mil crímenes de Estado.
Acaso el desprecio tenga un motivo principal, y es que las leyes de los hombres no son las propias del Creador inclemente que ha venido siendo su sostén: «Dios es el eje de mi vida y tengo la conciencia tranquila, a mí no me quedaron dudas, no hay contradicción en mí, no hay dualidad en absoluto».
Lo dice quien negó todo ante los jueces y ahora se deja oír en esta biografía, quizá porque, de acuerdo con lo intuido por los autores, el silencio es insoportable para su escondido deseo de continuar modelando la historia.
En ese extremo de la naturaleza humana, la lectura de estas líneas reactualiza un tiempo argentino que, si bien tiene herederos, aún carece de fiscales, a no ser en volúmenes como el que firman Seoane y Muleiro, directora y subeditor de Zona, el suplemento dominical del diario Clarín.
Cinco años de investigación y el concurso de un equipo de colaboradores han sido necesarios para llevar a cabo el desvelamiento de la tragedia.
Confirma el acierto periodístico de la entrega el hecho de que su copioso aporte de documentos y testimonios –lo que se puede entender por el verdadero núcleo de la obra– haya sido enriquecido con tres entrevistas al personaje, en las que éste admite, a su manera, la verdadera naturaleza de los años de plomo.
Como se explica en las antiguas metamorfosis, esta biografía cita un buen número de pasajes donde están comprendidas las conversiones del villano.
Videla es el joven solitario, insubstancial, rodeado por la muerte, cuya carencia de lealtades personales lo va empujando hacia dos instituciones que residen en la cima de la montaña: el Ejército y la Iglesia.
El lenguaje de lo infalible es familiar a ambas esferas, y el hombre pequeño encuentra en ellas la idea de su destino, siguiendo de ese modo un privilegio de la guerra antigua.
Surge de ese modo el diseñador siniestro, responsable de la desaparición clandestina de sus opositores, capaz de imaginar un cálculo sangriento sin contradecir la historia local, pues al cabo, también le cabe vanagloriarse de reencarnar un perfil tiránico propio del XIX.
La guerra fría fue un clima conveniente a su naturaleza pragmática.
En buena medida, aprovechó los resquicios del enfrentamiento entre los bloques para disimular sus impulsos, eludiendo condenas y restricciones internacionales.
Esta obra aporta varios ejemplos de ese zigzagueo: la difícil postura estadounidense –oscilante entre los métodos de contrainsurgencia de Fort Gulick y el gesto cívico de Carter– y la posición contradictoria de las dictaduras comunistas –la URSS proporcionó apoyo logístico al régimen y Pekín recibió la visita oficial de Videla en 1980–.
En todo caso, añadiendo otras dimensiones al modelo y al hilo de esta lectura internacional, tal vez convenga discurrir algo más en otro tipo de confusiones, peligrosamente populistas, que han entorpecido en la propia Argentina una postura unánime, eficaz a la hora de examinar los ardides y responsabilidades plurales de aquel periodo.
Un acercamiento sin duda desdichado a este problema, intraducible judicialmente por causa de aquellas leyes de Punto Final y Obediencia Debida que en 1987 exculparon a toda la cúpula militar.
Hay sin embargo que atemperar lo dicho con la mención de iniciativas como la del juez federal Cavallo, que quizá acaben siendo útiles para erosionar la inmunidad de los represores, atendiendo por fin a informes como el que ofrece este libro, tan oportuno como aleccionador.
Copyright © Guzmán Urrero. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. Reservados todos los derechos.
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