
“Aquí 15-Adam-3 solicitando refuerzos. Tenemos un posible 211 (código de radio para un robo a mano armada) en progreso en el Bank of America del 6600 del Boulevard Laurel Canyon”, solicitaron por radio los agentes de la policía de Los Ángeles (LAPD) Loren Farell y Mark Perello.
Ambos recorrían en su coche patrulla su sector de vigilancia cuando divisaron a dos individuos enmascarados, que portaban sendos rifles automáticos Kalashnikov, irrumpiendo en dicha sucursal bancaria.
Eran las 9:17 del 28 de febrero de 1997.
Los dos enmascarados en cuestión eran Larry Philips jr. y Emil Matasareanu, dos peligrosos delincuentes que acumulaban en su historial diversos atracos a bancos y transportes blindados de caudales en diversos estados, en los cuales habían obtenido un botín de más de dos millones de dólares.
Su modus operandi se caracterizaba por el uso de armas de guerra y su carencia de escrúpulos a la hora de emplear la violencia: en junio de 1995 asesinaron a un vigilante en el transcurso del asalto a un furgón blindado.
Ambos atracadores habían estado planificando el golpe al Bank of America durante meses: reconocimiento de la zona, vigilancia de los empleados y seguimiento de sus rutinas y horarios. Utilizando un scanner sintonizado con la frecuencia de la policía, habían llegado a la conclusión de que disponían de ocho minutos para dar el golpe, antes de las autoridades hiciesen acto de presencia.
Sin embargo, no contaron con ser divisados nada más traspasar el umbral del banco…
Una vez en el interior de la entidad bancaria, y sin previo aviso, abrieron fuego con sus ametralladoras; disparaban al aire, para causar un shock psicológico a empleados y clientes, desalentando cualquier intento de hacerles frente, y asimismo para dejar claras sus intenciones: no se detendrían ante nada.
Tras hacer que el director abriese la cámara acorazada, se encontraron con que había poco más de 300.000 dólares, menos de la mitad de lo que los delincuentes habían previsto; hecho que inflamó sus ánimos y provocó que dieran rienda a su frustración ametrallando el interior de dicha cámara.
Una huida infernal
Cuando salían del banco hacia su coche se detuvieron en seco. Varios coches patrulla y decenas de agentes de policía les cerraban el paso. Lejos de rendirse, Philips y Matasareanu desataron un pandemónium: abrieron fuego contra todo lo que había a su alrededor.
Nada más comenzar el tiroteo los agentes de policía comprendieron que, pese a su superioridad numérica, estaban en desventaja.
Los delincuentes contaban con una potencia de fuego muy superior. Cada uno portaba dos ametralladoras con cargadores de alta capacidad, conteniendo de cincuenta a setenta y cinco proyectiles frente a los treinta de uno estándar, y, por si fuera poco, llevaban munición blindada que atravesaba las carrocerías de los coches y las paredes de las viviendas colindantes como si fuese mantequilla.
No se deje engañar el lector por la ficción cinematográfica: un chaleco antibalas no detendría el proyectil disparado por las armas que portaban los asaltantes, ni aunque hubiesen estado cargadas con munición ordinaria.
Por su parte, los agentes iban dotados con revólveres del calibre 38 y pistolas semiautomáticas de 9 mm, además de con escopetas del 12.
En otra situación, quizá hubiesen bastado, pero Philips y Matasareanu también iban pertrechados de blindaje corporal, chalecos antibalas de kevlar reforzados por placas metálicas, lo que les hacía casi invulnerables frente a los disparos de la policía.
Zona de guerra
El espectáculo es dantesco: coches acribillados, personas histéricas, destrucción por doquier; todo ello acompañado por la atronadora cacofonía de las ametralladoras.
Las bajas empiezan a sucederse, tanto policías como transeúntes inocentes empiezan a caer batidos: el recuento final arrojará finalmente un saldo de once agentes y siete civiles heridos.
La situación de algunos es dramática, ya que se están desangrando tirados en la acera, atrapados en medio del intenso tiroteo.
De hecho, un vehículo blindado va en camino para evacuar a las víctimas, así como el SWAT (acrónimo de Special Weapons and Tactics, grupo especial equivalente de los GEO de la policía española), los populares “Hombres de Harrelson”.
A estas alturas, Laurel Canyon se ha convertido en una zona de guerra, retransmitida en directo por las cámaras de los helicópteros de TV, que tampoco se libran del fuego de los delincuentes.
La llegada de los SWAT equilibra la balanza, gracias a su armamento, y empieza a cambiar la suerte de los asaltantes: ambos han recibido diversos disparos en el torso, que se muestran fútiles debido al blindaje, por lo que la policía empieza a disparar a la cabeza y las extremidades.
Philips proporciona fuego de cobertura a Matasareanu, quien arranca su vehículo e intenta emprender la fuga, que llega a tres manzanas de distancia al ser tiroteadas las ruedas del vehículo.
Entonces Philips recibe un disparo fatal de un francotirador del SWAT en el cuello, pero será el quien ponga fin a su propia vida con un disparo de una de las pistolas que porta. En su cuerpo se contabilizaron once heridas, además de los proyectiles detenidos por la protección antibalas.
Matasareanu abandona su inutilizado vehículo y consigue otro a punta de pistola, pero la rápida llegada de varios vehículos policiales con oficiales del SWAT impide su huida, lo cual deriva en un nuevo tiroteo.
La policía le abatirá disparando por debajo de la carrocería de los coches, haciendo blanco en sus extremidades inferiores. Él intenta seguir haciendo fuego desde el suelo, pero los disparos siguen impactando en él, por lo que opta por rendirse.
Y aquí comienza uno de los momentos más controvertidos del suceso, ya que los agentes solicitan una ambulancia para el delincuente herido, que yace esposado en medio de la calle, pero esta tarda más de una hora en hacer acto de presencia, cuando ya ha expirado.
Controversias y mitomanía
El LAPD se ampara en un protocolo de actuación que impide el acceso de personal civil a una “zona caliente”, lo que le valdrá varias demandas por parte de familiares del delincuente muerto, por la vulneración de sus derechos civiles.
La autopsia demostraría posteriormente que el fallecimiento no se produjo porque la policía permitiese que se desangrase. El deceso se produjo por el shock provocado por las heridas, veintinueve impactos sin contar los que detuvo el blindaje.
A su vez, las demandas de los familiares son desestimadas y son apercibidos de que podrían ser encausados por una conducta malintencionada.
Tampoco han faltado los mitómanos que han elevado a los altares a estos siniestros individuos. En internet pueden leerse odas que loan sus hipotéticas hazañas y los califican de nuevos Robin Hood.
No es la única controversia desatada por el evento: por un lado los partidarios del control de armas denuncian el arsenal que portaban los asaltantes, cinco rifles de asalto, varias pistolas y más de tres mil proyectiles.
Sin embargo, se trata de munición y armas prohibidas por la legislación estadounidense, ante lo que un eventual endurecimiento de las leyes sobre la posesión de armas no tendría ningún efecto.
Al hilo de esto último, quedó demostrada la inferioridad de armamento demostrada por el LAPD frente a este tipo de incidentes. Los revólveres han sido retirados, pero siguen empleando pistolas Beretta de 9 mm, argumentando que este calibre tiene menores tasas de mortalidad que otros.
No obstante, algunos vehículos van dotados de rifles M-16, el rifle estándar del ejército USA. Sin embargo, esto no supone una ventaja ante tales situaciones, ya que el mismo rifle lo emplearon algunos SWAT en el tiroteo y denunciaron que sus disparos no hicieron mella en los asaltantes, debido al tipo de munición empleada.
De hecho, si los asaltantes hubiesen extendido la protección antibalas a las piernas, el enfrentamiento podría haber tenido otro cariz.
Se calcula que en el tiroteo se intercambiaron más de dos mil disparos, motivo por el que algunos autores han calificado el suceso como el más sangriento del LAPD, además de por el número de heridos.
Olvidan el tiroteo de la calle 41 contra los Panteras Negras en 1969, uno de los hitos fundacionales del SWAT, donde se dispararon más de cinco mil proyectiles y se saldó con cuatro heridos.
Cabe recordar también la conocida como masacre de los hermanos Young, acaecida en el Missouri rural de 1932, donde dichos hermanos asesinaron a seis policías, iban a ser detenidos por el asesinato previo de otro agente, e hirieron a tres más.
Eran las 10:01 de la mañana cuando todo terminó. Cuarenta y cinco minutos en el infierno que ni Michael Mann hubiera imaginado en su peor pesadilla.
Copyright del artículo © José Luis González. Reservados todos los derechos.
Copyright de la imagen ("Heat", de Michael Mann) © 1995 Regency Enterprises, Warner Bros. Reservados todos los derechos.
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