
Alguna vez les hablé de mi admiración por el doctor Juan Antonio Vallejo-Nágera, un pensador de los que no se sabe qué deslumbra más: si su cultura o su don de gentes.
El caso es que, creyéndome en la obligación de confirmar el peso de la genética, preparé mi entrevista con su hija Alejandra con la vista puesta en los méritos de don Juan Antonio.
De eso a describirla como heredera intelectual, media un breve salto. A fin de cuentas, ¿por qué negarlo?: Alejandra Vallejo-Nágera es, al igual que lo fue su progenitor, una persona elegante, vigorosa, sumamente cordial... Y lo que es más difícil en este país nuestro, revela que es muy culta sin un asomo de pedantería.
Buena parte de su obra escrita se vincula con una generosa experiencia en el campo de la psicología, disciplina a la que pertenecen libros como Mi hijo ya no juega, sólo ve la televisión, Hijos de padres separados, La edad del pavo, El amor no es ciego: Las claves del éxito amoroso, Tribulaciones de una madre sufridora, Las cien caras de Eva y Tu inteligencia: cómo entenderla y mejorarla.
También corresponde al mismo campo su libro más reciente, Locos de la Historia. Y con ello vuelvo al principio pues, con toda seguridad, los lectores veteranos pueden relacionar esta obra con otro ensayo excelente, Locos egregios, escrito por el padre de Alejandra.
Lo cual me lleva a comentar a la autora un detalle que ella conoce bien. Cuando Juan Antonio Vallejo-Nágera preparaba su libro técnico sobre psicopatología de la creatividad, acumuló un anecdotario de lo más pintoresco, muy relacionado con un antecedente familiar. Y es que, fíjense: el abuelo de Alejandra, Antonio Vallejo-Nágera, había publicado en 1946 un libro sobre psicóticos ilustres al que puso por título Locos egregios. Juan Antonio pensó en reeditarlo, pero una nueva lectura le llevó a una conclusión, y es que aquel volumen “fue excelente para su tiempo, pero ha quedado enclavado en él y desentonaría en el nuestro”.
De ahí que en 1977 el doctor Vallejo-Nágera publicase su propio libro sobre el asunto, conservando el mismo título y un parecido afán.
“El libro de mi padre –me dice Alejandra– tiene muchísima actualidad. Lo que pasa es que él aborda otro tipo de personajes. Por ejemplo, en su libro hay muchos músicos, escritores, filósofos, pintores… Y yo, en Locos de la Historia, me he dedicado a estudiar reyes y reinas. En realidad, me interesaba que el destino del mundo estuviera en manos de personas que tenían la mente transtornada... Mi intención ha sido analizar las consecuencias que acarreó todo esto para la humanidad. Además, por insuficiencia de la medicina de su época, nadie podía ayudar estos personajes, lo cual hubiera podido evitar los desmanes a los que condujeron sus dolencias”.
Ahí es nada: entre las personalidades analizadas en el libro, sobresalen Rasputín, la condesa Báthory, Mesalina, Carlota de Sajonia-Coburgo, el zar Pedro el Grande y nuestra Luisa Isabel de Orleáns.
Hojeando el volumen, tengo la impresión de que Alejandra conoce estas biografías desde niña. “Ésas eran las conversaciones que se podían oír en mi casa –responde–. En lugar de hablar sobre los pacientes actuales de mi padre, hablábamos de personalidades como ésas. Comentábamos en manos de quién hemos estado, las razones de esas enfermedades mentales, los motivos por los que a estas figuras no se les pudo ayudar… Y eso, naturalmente, despertó en mí un interés por la Historia y por su vertiente psicológica. Por aquel tiempo, me fascinó en particular Pedro el Grande, de quien estuve medio enamorada”.
El zar, quién lo duda, es una figura fascinante. Ha pasado a la memoria universal como el modernizador de Rusia, pero Alejandra nos descubre a una figura maltratada por su familia. Enfermo de un desorden neurológico, la alexitimia, fue capaz de mejorar la vida de su pueblo al tiempo que condenaba a su amante y torturaba a su propio hijo hasta la muerte.
Pero ahí no acaba el diálogo, porque Locos de la Historia suministra modelos psicológicos de otras personalidades. Contra el tópico, Mesalina, la esposa del emperador Claudio, se nos presenta como víctima de una injusticia. En opinión de Alejandra, nunca fue más allá de lo que hicieron otras contemporáneas suyas en similar circunstancia.
Caso distinto es el de la condesa húngara Erzsébet Báthory, cuyo sadismo la llevó a asesinar a cientos de jóvenes para bañarse en su sangre y preservar de ese modo su juventud.
También es interesante el perfil que la autora propone de Juana La Loca, paciente de esquizofrenia, al igual que su abuela Isabel de Portugal. Obviamente, esta dolencia no tenía en ella una sintomatología constante, y eso dejaba un margen para que aflorase su genuina personalidad: la de una gobernante inteligente, bien preparada para ese menester.
Otro episodio sobre el que Vallejo-Nágera está magníficamente informada es la proclamación del Imperio Mexicano de Maximiliano de Austria. En particular, le inspira una gran ternura Carlota de Sajonia, esposa de Maximiliano e hija de Leopoldo de Bélgica.
No es para menos. Carlota se dejó llevar por los deseos de Napoleón III, quien ascendió al príncipe alemán hasta el trono mexicano.
Por desgracia, el monarca francés no pudo afianzar sus pretensiones por medio de las armas y la diplomacia, y en 1866 retiró a sus tropas de México. El 15 de junio de 1867, Maximiliano fue hecho prisionero por las fuerzas de Benito Juárez en Querétaro, donde murió fusilado cuatro días después. Enamorada como una princesa de cuento, Carlota no soportó esta desgracia y se dejó caer en la demencia.
Su locura duró lo que el resto de su vida: sesenta años más.
“Carlota –me dice Alejandra– no tenía ninguna carga genética que la predispusiera a la enfermedad mental. Muy al contrario. Era una joven inteligente, que había sido educada como podía serlo un hombre de aquel tiempo. En este sentido, la veo como una precursora de la mujer moderna. Pero enloqueció de dolor, de sufrimiento… La vida la sometió a tal cantidad de obstáculos en un tiempo muy corto, que su equilibrio psicológico falló sin remedio... Quien realmente movió los hilos en aquel drama fue Napoleón III, que era un megalómano y un oportunista, pero no un loco. Simplemente, encontró lo que hoy podríamos llamar el hueco de mercado, y los peones para que lo cubriesen”.
Cuando me despido de la escritora, tengo la impresión de que aún quedan muchas otras anécdotas en su memoria. En todo caso, hay algo curioso que no me resisto a decirles.
Sobre el papel, todos estos episodios conforman un cuadro desasosegante de la Historia del mundo. Pero en la descripción de Vallejo-Nágera, sus protagonistas, o al menos una parte de ellos, quedan redimidos por un ingrediente inesperado, muy infrecuente en los manuales de este tipo: la compasión.
Copyright © de la fotografía: Guzmán Urrero, 2007. Reservados todos los derechos.
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