Una de las buenas costumbres de los ensayistas en el mundo anglosajón es el análisis pormenorizado de la Historia contemporánea y de sus acontecimientos más destacados.
En Estados Unidos el género cuenta con un admirable apoyo académico que se traduce en generosas tiradas y amplia distribución editorial. Gracias a ello, biógrafos e historiadores de habla inglesa figuran con honores en cualquier bibliografía en torno al último siglo.
Examinado, siquiera brevemente, este repertorio incluye un buen número de títulos acerca de la tragedia española, síntoma de un desequilibrio geoestratégico de mayores alcances. Entre los textos más memorables figura Revolución campesina y reforma agraria en la España del siglo XX (1970), del profesor Edward Malefakis, autor asimismo de Southern Europe in the 19th and 20th Centuries: An Historical Overview (1992), y editor de dos monografías que juzgan el mismo periodo: Indalecio Prieto (1975) y La Guerra de España 1936-1939 (1986).
Hispanista de gran prestigio, Malefakis discute en sus páginas los problemas esenciales del siglo XX, extrayendo conclusiones de la cambiante realidad ibérica.
Sin alejarse del entorno académico, ha ordenado sus conocimientos conforme a un currículo particularmente intenso y honorable. En 1955, tras licenciarse en el Bates College de Lewiston, en Maine, completó el programa de la Johns Hopkins School of Advanced International Studies, y diez años después obtuvo el doctorado en la Universidad de Columbia.
Además de haber impartido sus clases en muy diversas instituciones, cabe resaltar que fue director del Instituto Hispánico de Nueva York y que ha recibido el premio Herbert Baxter Adams, de la Asociación Histórica Americana (1971), la Medalla de Honor de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (1982) y el XII Premio Nebrija, concedido por la Universidad de Salamanca en el año 2000.
Todos estos detalles, más alguno de orden familiar, justifican el porqué Edward Malefakis se ve obligado tan a menudo a recorrer España. Precisamente fue durante una de esas visitas, el 2 de octubre de 2001, cuando dio a conocer un nuevo título de la editorial Tecnos, el Diccionario de historia y política del siglo XX, de cuyo prólogo es responsable. Dicha presentación suministró las bases de una charla sobre la reciente historia del mundo, con su ambiguo y doble registro de progreso y barbarie.
Pese la fecha en que tuvo lugar ese diálogo, los comentarios del profesor Malefakis sirven para ahondar en tragedias posteriores, como los atentados islamistas en Madrid y Londres, las masacres sectarias en Sudán y el clima de horror alcanzado en el Irak de la postguerra.
Los párrafos que siguen trasladan las principales reflexiones que animaron ese encuentro.
Desde el punto de vista geoestratégico, el impacto de los Boeing 767 en el World Trade Center supone el nuevo paradigma de la violencia globalizada. En lo que hace a nuestra forma de organización social, parece claro que nos enfrentamos a un enemigo difuso que practica la guerra sin someterse al derecho ni a cálculos convencionales… Lo cual nos hace extremadamente vulnerables. ¿Qué factores le parecen más inquietantes, tal como las cosas se presentan en el nuevo panorama internacional?
De partida, no cabe duda de que se inicia un periodo caracterizado por la vulnerabilidad social. Es verosímil que el ciclo de atentados continúe y también parece claro que luchar contra los agentes del terrorismo será una misión difícil, amplia y laboriosa. Por precisar el léxico, no creo que podamos hablar de una guerra, al menos en los términos habituales.
En cualquier caso, será una guerra distinta a todas las anteriores y dependerá en mayor grado de la inteligencia que de la fuerza. Sirva un ejemplo: hallar el escondite de Ben Laden o descubrir a alguno de sus colaboradores, quizá estudiante de alguna universidad europea, serán labores más decisivas que el combate militar directo.
El terrorismo conforma un abanico muy amplio de métodos operativos, a los que puede recurrir cualquier persona dispuesta a dar el paso. De lo anterior se deriva que no es un enemigo al estilo de la Alemania nazi, y por ello han de diferir los métodos con los cuales podemos acometerlo. Sin duda, oponerle un cerco sin apelación es un proceso que va a exigir paciencia, pues en esta lucha tan sólo cabrá alegrarse por victorias parciales, que quizá no se resuelvan en un triunfo definitivo hasta que pasen varias décadas, cuando todos los impulsos den su fruto.
También es cierto que, observado en su diversidad, el movimiento terrorista nunca adquirirá la pujanza y energía que caracterizaron al fascismo, pues carece de organización e instituciones. Obviamente, la intensidad de este foco beligerante y antioccidental en una parte del mundo islámico obedece a otros factores que habría que pormenorizar; entre ellos el hecho de que ese entorno cultural no ha pasado por el periodo de secularización que procuró en Europa el Siglo de las Luces.
A partir de esta reflexión, cabe pensar que la trama de ese criterio antioccidental se anima con el conflicto palestino-israelí, necesariamente invocado por grupos radicales como la Yihad islámica en Cisjordania, Hamas en Gaza y Hezbollah en el sur del Líbano. ¿Hasta dónde hay que ahondar para determinar las raíces internacionales de ese foco de inestabilidad?
No ignoremos la gran equivocación que cometieron los Estados Unidos al apoyar desde sus inicios la política de asentamientos en Gaza y Cisjordania. Una política que, sin el respaldo norteamericano, no hubiera podido prosperar, y que además ejemplifica cierta laxitud ante determinadas pautas del Estado de Israel. No cabe duda de que la Administración norteamericana se mostró entusiasmada con la política de Isaac Rabin, y es indudable que empieza a revelar su preocupación ante el proceder de Ariel Sharon. Pero este desvelo no ha sido todo lo constante que debiera, lo cual ha permitido que el conflicto se vuelva más intrincado.
Volviendo al enfoque transnacional de su pregunta, de todas las consecuencias de los últimos atentados contra Nueva York y Washington, ninguna me parece tan esperanzadora como el hecho de que pueda sembrar una semilla de autocrítica en el mundo islámico. Como ya mencioné, lo que le ha faltado a ese entorno es un periodo equivalente a nuestra Ilustración, y para ello ha de lograrse que quienes plantean una crítica no sean vistos como enemigos de la religión.
En este contexto, es oportuno recuperar aquel término tan empleado por Juan XXIII: el aggiornamiento, aplicado esta vez a la puesta al día del mundo musulmán. Ya en esta línea de buenos propósitos, también considero que la desgracia de Nueva York ha proporcionado una lección a palestinos e israelíes. A los primeros, porque quizá descubran que la resistencia no violenta puede ser más eficaz en su caso que esta postura de enfrentamiento constante. Y a los israelíes, porque han de entender que no se puede construir una sociedad pacífica mediante la disputa, sin generosidad, desatendiendo la posición palestina.
De alguna manera, el nuevo desafío terrorista parece concebir una hegemonía alternativa a la hoy proyectada por el mundo judeocristiano. En esta línea, Ben Laden se distingue de otros cabecillas del terror internacional. Eso podría demostrarse, por ejemplo, comparándolo con una figura como Carlos Ilich Ramírez, hoy casi olvidado.
Claro, porque Osama Ben Laden ha cosechado un éxito que Carlos no hubiera podido ni siquiera imaginar. Por eso yo creo que su ataque terrorista ha sido incomparablemente superior a cualquier atentado anterior, incluido uno tan impactante como la matanza de los doce atletas en la Olimpiada de Munich, en 1972. Y ello perfila una situación bastante nueva, pues hay grupos dentro y fuera del Islam dispuestos a sembrar el terror. Ante semejante amenaza, nuestra sociedad se ha revelado precaria, vulnerable. Cierto es que siempre ha resultado más fácil destruir que construir, pero ahora se añade una doble paradoja: la complejidad de nuestra civilización y una tecnología cada vez más sofisticada y poderosa han acrecentado la dificultad cuando se combate a los grupos que practican este tipo de violencia.
A la hora de poner en claro el carácter de un conflicto como éste, no siempre los analistas consiguen presentar la deseable actitud de penetración, y proliferan los prejuicios y los reduccionismos... Por otro lado, aun reconociendo la magnitud de la tragedia neoyorquina, una parte de la prensa europea ha insistido en el recelo que despierta la política exterior estadounidense.
En buena medida, ese recelo me parece algo saludable y puede ser una virtud. A mi modo de ver, ha de existir una actitud crítica hacia el poder hegemónico, precisamente a causa de su fuerza extraordinaria. Así, pues, las reticencias son algo deseable.
A no ser que caigan en el cliché…
Sí, claro, otra cosa es el antiamericanismo. No creo que deba pensarse en términos de censura integral, sino más bien en criticar políticas específicas de los Estados Unidos. Y por cierto, si tomamos en cuenta la perspectiva histórica, el norteamericano ha sido uno de los mejores poderes hegemónicos.
Obviamente, hubiera sido mucho peor una hegemonía nazi o soviética. Sin embargo, no conviene aquí la autocomplacencia. La historia reciente nos da ejemplos de las grandes equivocaciones del poder norteamericano, y ello nos anima a estar vigilantes ante la posibilidad de que haga cosas terribles. Encarado así el problema, esta fórmula crítica es aplicable al observador exterior pero también a los propios ciudadanos estadounidenses.
Eso precisamente es lo que ha reclamado el Partido Demócrata a lo largo del siglo XX, atemperando el triunfalismo para favorecer una actitud previsora, desconfiada y, en suma, reflexiva. De ahí proviene mi postura demócrata en lo que se refiere a la política interna y externa de mi país, por oposición a la línea republicana, cuyo proyecto es más beligerante y menos crítico.
Las causas que dice abanderar Ben Laden han descubierto un suelo abonado en los territorios ocupados por Israel y en otros márgenes del ámbito musulmán. Por el momento, la repercusión de su mensaje iluminado no es general en un mundo tan heterogéneo como el Islam, pero ya hay quien recuerda las tesis de Samuel P. Huntington, sobre todo en lo que concierne al desarrollo de una respuesta violenta frente al empeño de Occidente por suscitar universalmente sus valores ideológicos y económicos. Huntington considera esa interacción entre Occidente y el Islam como un choque de civilizaciones. Es más, considerando las derivaciones de la Guerra del Golfo, este politólogo ya anunció que dicha interacción se podía hacer más virulenta.
No comparto la opinión de Huntington ni creo que ese choque de civilizaciones vaya a hacerse realidad histórica. De hecho, tampoco en el pasado ha llegado a concretarse, y quizá tan sólo en determinados ciclos –las Cruzadas, por ejemplo– ha existido un enfrentamiento que se aproxime a los términos propuestos por este modelo huntingtoniano.
En cualquier caso, el roce y el vaivén entre extremos no era sólo peculiar de cristianos y musulmanes. Recordemos la anécdota del embajador de Marruecos que, paseando por el Madrid de fines del XIX, recibió una bofetada por el solo hecho de ser mahometano. Cambiando al protagonista del episodio, temo que también hubiera podido sufrir esa agresión un cónsul protestante, pues las luchas entre protestantismo y catolicismo han sido tan intensas como las entabladas por algunos sectores de la cristiandad con los pueblos islámicos.
Frente al enfoque de Huntington, hay quien interpreta las animosidades étnicas y las fuentes del conflicto mediante un análisis relativista, lo cual puede desactivar la idea de superioridad cultural pero no las contradicciones de este nuevo discurso antropológico. Teniendo en cuenta la vertiente religiosa de los planteamientos políticos en el mundo islámico, ¿por qué posición considera que sería preferible decantarse?
En términos históricos, las relaciones del mundo judeo-cristiano con el Islam se han movido en un campo intermedio, alejado del choque frontal entre ambas civilizaciones y también del relativismo cultural. Por así decirlo, nunca han existido dos bandos uniformes, mutuamente excluyentes y en pugna. Basta mirar hacia el pasado, porque hay pasajes históricos reveladores. Por ejemplo, la alianza de Francia con el Imperio Otomano en contra de Carlos V. Y es más, sin remontarnos a la Casa de Habsburgo, la coyuntura actual proporciona oportunas lecciones.
No es inverosímil que los halcones del mundo occidental hayan pensado en el atentado contra las torres gemelas de acuerdo con la mecánica que plantea el modelo de Huntington. En todo caso, hubiera sido fácil hacerlo así. Por fortuna, eso es lo que estamos evitando, y uno de los logros más notables de las Administraciones de Estados Unidos y Europa consiste en no presentar la crisis como una lucha contra todo el mundo musulmán, sino con determinados grupos dentro de éste.
Hemos hablado del problema de la identidad y de alguno de sus mecanismos en el orden internacional. En esta línea, quiero preguntarle por la tirantez que se establece entre la idea nacionalista, con su exaltación de mitos y símbolos comunes, y las corrientes globalizadoras y cosmopolitas, basadas en un sistema de convivencia multicultural, sin fronteras político-económicas.
Por cuanto hace a ese proceso de globalización, estoy en desacuerdo con quienes le atribuyen toda suerte de males y desgracias. En líneas generales, creo que ha inspirado efectos beneficiosos. Hay, bien es verdad, una triste consecuencia inmediata, dado que los países más avanzados han logrado obtener provecho antes que los países más pobres, lo cual ha ensanchado momentáneamente sus diferencias.
A pesar de ello, el resultado a largo plazo será más alentador y favorecerá a quienes hoy padecen el subdesarrollo. Como es lógico, algo que debe suceder es que Occidente piense en maneras de reducir esa desigualdad, para que la globalización no sólo sea eficaz, sino también justa.
¿Y el nacionalismo?
Bien, comenzaré por indicar que tiene un anverso y un reverso, dado que se trata de una fuerza susceptible de grandes virtudes y también de empeños muy nocivos. La cuestión, evidentemente, es inevitable, ya que los sentimientos nacionalistas nos van a acompañar siempre. En su faceta positiva, el nacionalismo es un impulso que dinamiza a los pueblos, proporcionándoles coraje y lazos de unidad. Pero al mismo tiempo, cuando va dirigido en contra de los otros, de los diferentes, puede resultar un sentimiento muy peligroso. Recuérdese, por poner un caso, lo sucedido en la antigua Yugoslavia. Es cierto que, enmarcada en el actual proceso de globalización económica y política, la idea nacionalista pierde importancia por un motivo elemental: el empuje globalizador implica cooperación o, cuando menos, colaboración, y eso rompe necesariamente el aislamiento de los pueblos.
Un ejemplo práctico de lo que vengo señalando lo hallamos en la actitud de los Estados Unidos tras los atentados integristas. Si la masacre del 11 de septiembre hubiera tenido lugar hace veinte años, la reacción norteamericana hubiese adoptado un sesgo nacionalista muy acusado. En contraste, hoy esa cualidad se atenúa en beneficio de planteamientos transnacionales, en parte a causa de esa red de relaciones –no sólo financieras– tejida a lo largo de las últimas décadas.
Por desgracia, lo que en otras circunstancias hubiera permitido definir la pauta de la guerra de acuerdo a un modelo teórico bien conocido, esta vez nos aboca al desconcierto y la especulación. Pese a la novedad de los elementos en juego, ¿cree que es inevitable este tipo de conflictos?
Ciertamente, hay situaciones terribles que se prolongan a lo largo de las décadas y que tardan mucho en atenuarse o desaparecer. Como se verá, no faltan muestras en la historia del siglo XX. Véase el ejemplo del Ulster, cuyo conflicto se remonta, cuando menos, a 1914. En el caso de la Guerra Civil española, la inevitabilidad no es el término más adecuado.
¿Cómo explicar ese caso, entonces?
Está claro que existían altas probabilidades de que en España estallase un conflicto bélico. Desde el punto de vista del historiador, situaciones empujadas por fuerzas muy generales pueden sortearse de muchas maneras distintas.
Ciñéndonos a la tragedia española, podemos conjeturar que si no hubieran ocurrido sucesos como el asesinato de Calvo Sotelo o la destitución de Alcalá Zamora, es admisible que las fuerzas armadas no hubiesen conseguido ese grado de unanimidad a la hora de promover un alzamiento tan poderoso.
Por eso cabe pensar que la combinación de factores hilvanada en aquel momento fue el factor decisivo para que la guerra se desencadenara, como el resultado de problemas internos y también de un ambiente de crispación internacional, fomentado por ideologías contrapuestas, muy dinámicas.
De cualquier forma, todo ello es cosa del pasado, y la cuestión que estamos intentando comprender es si estos conflictos ideológicos de la primera mitad del siglo XX van a ser reemplazados por conflictos de orden religioso y cultural, en la línea propuesta por Huntington y antes discutida por mí.
Decididamente, a partir de los atentados nos movemos en el ámbito de una terrible calamidad, pero quizá estamos exagerando al hablar de la primera guerra del siglo XXI.
Lo paradójico de los atentados es que provocan el miedo y la inestabilidad justo en el momento en que nuestra sociedad parece más afirmada en la impresión de progreso y democracia. De pronto, parecían haber quedado atrás los violentos contraluces del siglo XX, un periodo del que no hemos hablado apenas, y al cual usted denomina “la época de los extremos”, puesto que en él han coexistido lo mejor y lo peor de la historia de la humanidad.
Por lo pronto, enumerar los principales acaecimientos del pasado siglo nos permite comprobar cómo éste se divide en dos periodos bien distintos, al menos en lo que toca a Occidente. Mientras que su primera mitad concentra los peores desastres imaginables, la segunda etapa tiende a identificarse con los valores más dignos del progreso. No olvidemos, como hecho esencial, la victoria de los aliados sobre los nazis, que impidió el dominio del hitlerismo en el Viejo Continente. De lo contrario, hubiéramos heredado un mundo indeseable, mucho peor que el actual.
En ese itinerario tan propicio, quiero destacar factores como el desarrollo económico y, más en concreto, la democratización, cuyo impulso ha favorecido que cada persona tenga una porción del poder del Estado.
Y es que a lo largo del siglo XX hubo una revalorización de los ciudadanos comunes y de su papel político, lo cual ha incrementado la posibilidad de que éstos desarrollen sus potencialidades. Como es imaginable, esto último no hubiera sido una realidad sin la expansión del sistema educativo y sin la mejora de las relaciones laborales y de los derechos de protección social.
Hay otras consecuencias de ese proceso. Por ejemplo, la mujer ha sido una gran beneficiaria de todos estos cambios, gracias a los cuales se liberado de viejas cadenas, incluso en el mundo islámico.
También es importante la disminución del pensamiento racista, sobre todo tras la derrota del nazismo. Y aunque de cuando en cuando nos llenan de espanto maniobras de limpieza étnica como las de la antigua Yugoslavia, es razonable creer que un personaje como Martin Luther King no hubiera sido posible en el siglo XIX.
No obstante, cabe un matiz… Si bien el siglo XX queda descrito con trazos muy positivos en el párrafo anterior, he de añadir que muy pocas veces los grandes cambios tienen un efecto unidireccional. Así, este florecimiento de los avances tecnológicos abarca dos argumentos contradictorios: el alivio de las precariedades vitales y el refuerzo del poder destructivo.
De igual forma, la economía de la sociedad de consumo, necesaria para desplegar nuestras actividades, también ha permitido un aumento excesivo del hedonismo.
Esta complejidad moral, como sabemos, es propia de la naturaleza humana.
Sin duda, esa ambigüedad atañe a muchos procesos de la historia.
Fíjese en el caso del comunismo real, tan negativo en sus efectos generales pero animado por algunos aspectos positivos. De hecho, aunque ha perdido su dinamismo y atractivo, esta fórmula no se ha colapsado del todo –continúa vigente en países como China y Vietnam– y además posee una dimensión inesperada, pues en los tiempos de la Guerra Fría forzó a sus enemigos capitalistas a potenciar actuaciones como el Plan Marshall y esquemas como el Estado del bienestar, diseñados cautelosamente para atenuar o disminuir el atractivo del comunismo entre las clases más humildes.
Por supuesto, una vez planteado ese argumento, surgen figuras tan monstruosas como Stalin o tan patéticas como Brézhnev, que desvirtúan muy gravemente el proceso. Con todo, es posible que Nikita Jruschov fuese la gran oportunidad perdida, pues de haber podido desarrollar su política de liberalización, quizá hubiera logrado cambiar el modelo comunista antes de aquel colapso que sorprendió a todos los politólogos.
Para concluir en el ámbito de su especialidad, hábleme de la nueva posición de España en el mundo, y de cómo ha variado su imagen exterior.
La imagen exterior de España ha evolucionado de un modo increíble. Hace cuatro décadas, cuando vine a visitarla por primera vez, ninguno de mis colegas estadounidenses acertaba a entender la razón por la que me había convertido en hispanista. En la actualidad, esa perplejidad ha dado un vuelco, y son muchos los que declaran su entusiasmo por lo español y su deseo de viajar por este país.
Publiqué previamente esta entrevista en las páginas de la revista Cuadernos Hispanoamericanos
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