
Los ainos (ainu, también llamados antiguamente emishi, ebishu o ezo) forman una comunidad japonesa, étnicamente diferenciada, cuya desaparición progresiva es, según diversos antropólogos, inevitable. El antiguo aislamiento de estas poblaciones ha dado paso a la integración con las comunidades circundantes, de modo que, según Charles Dunn, sólo un 2 % de los ainos mantiene las características étnicas originarias.
Las peculiaridades físicas fundamentales de los ainos puros son la vellosidad facial, una nariz prominente y la ausencia del pliegue epicanto en sus ojos, cuyo iris es muchas veces de color castaño. No obstante, los matrimonios de ainos con otros japoneses ha homogeneizado la fisonomía de una gran mayoría.
La vinculación originaria de la etnia de los ainos aún no se ha definido de forma satisfactoria. Algunos antropólogos insisten en catalogarlos dentro de las etnias mongoloides, en tanto que otros insisten en su parentesco con las comunidades australoides. Parecida polémica existe entre los historiadores. Según explica William Watson, en años más recientes ha ganado terreno, así en Japón como en el Occidente, la teoría de que los portadores de la cultura de Jomon fueron los antepasados de los actuales ainos, pero todavía no ha sido probada a la entera satisfacción de todos.
Casi aislados del resto de los japoneses hasta el siglo XVIII, los ainos vivían en Hokkaido, Sakhalin y las Kuriles, aunque tras la Segunda Guerra Mundial y la ocupación soviética de las islas del norte, se concentraron en la primera de las islas citadas. Por otra parte, desde 1860 el control de la administración japonesa propició un cambio progresivo en la vida de los ainos, hasta entonces dedicados exclusivamente a la caza y la pesca. Este proceso ha conducido a la paulatina desaparición del idioma aino en la vida cotidiana y de diversos elementos de su vida religiosa. No obstante, el folklore aino es actualmente motivo de atención turística, de forma que se conservan los vestidos de diseño típico, las danzas y canciones. Van desapareciendo, sin embargo, costumbres ancestrales, como el tatuaje de los labios en las mujeres, y diversas costumbres sociales propias de este pueblo.
En cuanto a la vida religiosa de los ainos, cabe decir que ésta se engloba dentro de los cultos chamánicos, siendo de particular interés la antigua ceremonia del oso (Iyomante), consistente en el sacrificio ritual de un oso de dos o tres años, criado en cautividad desde cachorro. Estas y otras peculiaridades culturales de los ainos pronto fascinaron a los estudiosos europeos de fines del siglo XIX y principios del XX, como MacRitchie, Batchelor y Chamberlain, y todavía en la actualidad diversos antropólogos occidentales se interesan por esta comunidad.
En el terreno audiovisual de Japón, la representación más antigua de los ainos que he hallado son dos fotografías fechadas alrededor de 1870, realizadas por el fotógrafo Kuichi Uchida (1844–1875). Oriundo de Nagasaki, Uchida fue uno de los retratistas más respetados de su tiempo. En las fotografías a las que hacemos referencia, realizadas en el propio estudio de Uchida, figuran dos grupos de ainos. En la primera imagen aparecen sentadas cinco jóvenes de labios tatuados y dos niñas. Visten la ropa típica de su cultura y su postura es completamente estática. La segunda fotografía recoge a un conjunto de ocho hombres adultos y dos niños. Casi todos llevan barba y tienen cabellos largos. Uno de ellos, el situado a la derecha, esgrime un arco de caza.
Pese a este antecedente, si bien tiene equivalentes posteriores en el campo de la fotografía, no he encontrado representaciones de la imagen de los ainos o de los pobladores rurales de Hokkaido en el cine de ficción, aunque sí en el cine documental.
Actualmente, los ainos no son objeto de la atención del ciudadano japonés medio. Su alejada localización geográfica y lo reducido de sus efectivos –entre 15.000 y 18.000 personas– hacen de ellos poco más que un recuerdo lejano en la memoria de los espectadores que, muy ocasionalmente, contemplen algún documental sobre la región de Hokkaido o un reportaje ilustrado sobre sus costumbres. Resulta interesante comprobar que el cine japonés no se ha acercado a ellos, al menos, no el cine de las grandes compañías.
Otros grupos culturales dispersos en los territorios vecinos a Hokkaido son a los uilata (oroks) y los nivkhi (gilyak), pero estos quedaron dentro de territorios de administración rusa tras la Segunda Guerra Mundial. No obstante, dentro del territorio del archipiélago se mantuvieron algunas comunidades nómadas que mantuvieron tradiciones propias.
Estos grupos permanecieron en las áreas boscosas y de montaña, viviendo de la caza y la pesca y habitando en particulares tiendas (seburi). El resto de los japoneses no aceptaba a estos pueblos nómadas que vivieron aislados en sus costumbres hasta los años 40 del siglo XX. Hubo de pasar mucho tiempo hasta que el cine japonés prestase atención a estas comunidades itinerantes. El título más representativo en este sentido es la película Historia del seburi (Seburi monogatari, 1987), una producción Toei escrita y dirigida por Sadao Nakajima e interpretada por Kenichi Hagiwara, Michiko Kawano y Yumiko Fujita. En este largometraje se narran las peripecias del jefe de uno de estos grupos, padre de un niño que crece con las peculiares costumbres de sus semejantes. Nakajima aborda las dificultades sociales de los nómadas y describe los prejuicios que sobre ellos tenían los demás japoneses.
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