
Pese a que la legislación japonesa es democrática e igualitaria, hay una comunidad que aún sufre cierta discriminación en el archipiélago. Se trata de los burakumin, una casta social que tiempo atrás padeció la exclusión y el aislamiento, y que hoy lucha por conquistar todos los derechos que le corresponden.
Todo apunta a que puede relacionarse la identidad social compacta de Japón con el hecho de la insularidad. Dice Robert Smith que la localización geográfica del Japón tiene mucho que ver con las peculiaridades de su historia cultural, pues está muy lejos del continente asiático, más aislado del mismo que las Islas Británicas de Europa. Es una especie de callejón sin salida, de término de las sucesivas olas de influencia que lo han penetrado a lo largo de milenios.
En cierta medida, el aislamiento de las sociedades insulares propicia entramados sociales reglados de forma peculiar, condicionados por esa particularidad del hábitat. Más allá de los condicionantes geográficos, en el caso de Japón confluyen y se solapan convenciones sociales que proceden de una tradición antigua con otras surgidas del intercambio internacional y del proceso de modernización.
Sin embargo, la cohesión social japonesa tiene una serie de excepciones que encuentran complicada su integración por motivos socio–culturales diversos. En este artículo haremos mención de algunos de esos grupos diferenciados. La legislación japonesa es igualitaria para todos sus ciudadanos y el cambio social ha mejorado algunas condiciones de esas minorías, pero las dificultades aún existen.
Los investigadores occidentales generalmente se sorprenden al analizar el concepto de homogeneidad social en el seno de la sociedad japonesa, puesto que su realidad es diversa y esa variabilidad se estratifica en diversos niveles. El antropólogo norteamericano Robert J. Smith indicaba: Lo que me parece más llamativo acerca de la existencia de la diversidad y la variedad en la sociedad japonesa es que sus propios miembros tienden a considerar que se trata precisamente de lo contrario, de una sociedad con muy escasa variabilidad. A lo largo de este artículo, pretendemos confrontar esta opinión de Smith y de otros analistas con ejemplos audiovisuales en que se expresa la diversidad social japonesa y, en su caso, se establecen prejuicios arraigados en la misma.
El artículo 14 de la Constitución del Japón, promulgada el 3 de noviembre de 1946, dice: Todas las personas son iguales ante la Ley y no habrá discriminación política, económica o social a causa de la raza, creencias, estatus social u origen familiar. Los detalles del texto constitucional aluden a un tipo de discriminación social que el Gobierno japonés quiere solucionar progresivamente. Intentaremos explicar este tipo de prejuicio, cuya desaparición parece compleja.
Durante el periodo Edo (1603–1867) se desarrolló una especie de norma en la que se establecía una jerarquía profesional y social. Esta escala es llamada popularmente Shinoukousho, derivada de las partículas que forman la citada palabra en el orden que detallo a continuación:
Shi: Samurai / Bushi.
Nou: Agricultores / Nougyôu.
Kou: Artesanos / Kougyôu.
Sho: Negociantes / Shogyô.
El último nivel, no incluido en la escala, estaba formado por los llamados etahinin, integrado, entre otros, por quienes desempeñaban oficios relacionados con la carne y el cuero. Quedaba así constituida una especie de casta social discriminada, a la que se aplicó posteriormente el nombre de burakumin. Este grupo se vio de esta forma relegado a habitar en lugares preestablecidos, en la periferia de las poblaciones, manteniendo durante décadas una marcada endogamia familiar.
En el terreno audiovisual, hay documentales educativos en los que se muestra la necesidad de eliminar este tipo de discriminación, aunque la producción más destacable en este sentido es una obra de ficción, un largometraje titulado El río sin puenteHashi no nai kawa, 1993), de Yoichi Higashi, cuyos intérpretes son Naoko Otani, Tamao Nakamura y Tetsuta Sugimoto. Basado en una novela de Sue Sumii, el guión de Higashi y Soo–Kil Kim narra las vicisitudes acaecidas en un pueblo, Komori, en 1908. En esta localidad habita una comunidad burakumin, en la que conviven los japoneses alienados dentro de este grupo. Los protagonistas son una pareja de hermanos que, pese a sufrir los prejuicios del resto de la sociedad, conservan el sueño de acabar con ese aislamiento, logrando así la igualdad para todos los japoneses. (
Este tema de la estratificación social, complejo y delicado, ha sido abordado en profundidad por algunos antropólogos y sociólogos, pero aún es motivo de controversia dentro de la sociedad japonesa, pese a que la legislación es claramente igualitaria para todos los ciudadanos.
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