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Historia de Pompeya

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Historia de Pompeya
El segundo descubrimiento de Pompeya
Arqueología en Pompeya
Historia de Pompeya (II)
Los tesoros de Pompeya y la villa romana
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Historia de Pompeya

La exposición Pompeya y la villa romana. Arte y cultura en el entorno de la bahía de Nápoles (Pompeii and the Roman Villa: Art and Culture around the Bay of Naples), celebrada en 2009 en la National Gallery of Art, de Washington, fue un acontecimiento inusual que permitió a los especialistas recorrer aspectos no muy conocidos de la cultura e historia de Pompeya.

Gracias a exposiciones como la organizada en Washington, la trágica historia de Pompeya revive con un una magnificencia inaudita. Que no les quepa duda: por medio de estatuas, mosaicos, pinturas y lujosos adornos, uno puede hacerse idea cabal de lo que fue el estilo de vida pompeyano.

En su tiempo, la belleza de Pompeya debió de causar estupor. De hecho, aún podemos imaginar el impacto estético de las villas romanas en el área del golfo de Nápoles.

Sin lugar a dudas, Pompeya y Herculano son un testimonio excepcional de la vida y el arte en la Roma Imperial. Su historia –que luego recorreremos con detalle– tiene un punto final en el año 79 d.C, cuando el Vesubio entró en erupción.

Aquella tragedia, por cierto, tuvo un dramático desarrollo. Primero se sucedieron los terremotos, hasta el extremo de impedir la llegada del agua a través del acueducto principal. Posteriormente, el Vesubio derramó su ira en forma de nube piroclástica (Así llaman los vulcanólogos a ese nubarrón de dióxidos y sulfuros que resulta letal en casos como éste).

Historia de Pompeya

Aquel fenómeno inesperado, equivalente en su apariencia y efecto a un hongo nuclear, fue descrito por dos testigos de excepción: Plinio el Joven y su tío, Plinio el Viejo, quien pereció en el transcurso de la catástrofe, tras desembocar en un infierno –el de Pompeya– al que llegó a bordo de la flota de Miseno

Por efecto de la ceniza, el cielo pompeyano oscureció, a diferencia de lo que sucedió en la vecina Herculano, cuya devastación fue iluminada por el sol.

A estas alturas, esa diferente luz importa mucho menos que el recuerdo de ambas ciudades, celebrado en esa muestra que, por cierto, fue la primera dedicada a la antigua Roma en la National Gallery of Art. Cuando se completó el periodo de exhibición –el 22 de marzo de 2009–, todas las piezas viajaron hasta California, donde Pompeya y la villa romana también pudo ser admirada por los visitantes del Museo de Arte del Condado de Los Ángeles, desde el 3 de mayo hasta el 4 de octubre de 2009.

El director de la Galería Nacional, Earl A. Powell III, fue el principal encargado de subrayar la magnitud y el interés de este acontecimiento artístico. “Estamos honrados –nos dijo– de ofrecer esta exposición de exquisitos tesoros arqueológicos. Permanecerán a lo largo de cinco meses en la capital, que por sí misma es un tributo vivo y monumental a nuestra herencia griega y romana”.

Organizada por la National Gallery of Art, de Washington, en asociación con el Los Angeles County Museum of Art, este evento contó con la cooperación de la Direzione Regionale per i Beni Culturali e Paesaggistici della Campania y la Soprintendenza Speciale per i Beni Archeologici di Napoli e Pompei.

Historia de Pompeya

La reinvención de Pompeya

La mítica erupción del Vesubio arrasó Pompeya bajo una nube de fuego y ceniza. Como todas las grandes catástrofes, aquélla también dio lugar a grandes relatos. Uno de los más recientes se lo debemos al británico Robert Harris, un escritor especializado en la Antigüedad clásica.

En 2003, Harris publicó una novela de corte histórico, Pompeya (Pompeii), que instruía a los lectores con una aventura bien tramada, lo suficientemente atractiva como para figurar entre los superventas literarios de aquel año.

Tanto es así que Pompeya (publicada en España por Grijalbo) pasó a formar parte del catálogo personal de Roman Polanski. El director polaco, fascinado por la historia de Harris, puso en marcha su personal adaptación del libro al cine. Los protagonistas iban a ser Orlando Bloom y Scarlett Johansson. Por desgracia, el capital necesario no se reunió a tiempo y aquel proyecto acabó en el limbo de los buenos propósitos.

Lo que no admite discusión es el hechizo que la ciudad muerta ejerce sobre Robert Harris, cuya fantasía parece detenerse en el año 79 de nuestra era. El mismo año en que Pompeya quedó sepultada por la erupción volcánica.

A lo largo del artículo que tituló La atracción del pasado (“El País”, 16 / 08 / 2008), Harris desgrana las claves de ese irresistible embrujo.

Según cuenta el escritor, todo empezó en el verano de 2000, mientras leía The Daily Telegraph. En las páginas de ese periódico se convertían en noticia las últimas investigaciones sobre la destrucción de Pompeya. La hecatombe quedaba descrita en términos dramáticos: tras una serie de terremotos, el infierno se prolongó a lo largo de un día entero. Después, la muerte invadió las calles en forma de vapores sulfurosos, piedra pómez y cenizas.

“Pocas semanas después de leer el artículo del Telegraph –escribe Harris–, me encontraba en Pompeya, en una sofocante tarde de agosto, mirando hacia el perfil gris azulado del Vesubio, con el calor del sol en la espalda y un olor a humedad en la piedra polvorienta. Vi que el olor de agua procedía de un pequeño edificio junto a la puerta norte de la ciudad. Era el punto por el que el acueducto entraba en Pompeya; desde allí, se repartía el agua a través de tuberías a los diez mil habitantes. Sabía que debió de secarse un poco antes de la erupción e imaginé a un hombre –un hombre práctico, algún tipo de ingeniero– subiendo al Vesubio a averiguar por qué”.

No les adelantaré cómo prosigue ese argumento –lean Pompeya y sabrán a qué punto llega–. Ignoro, además, cuánto tiempo tardará Hollywood en sacarle provecho al entretenido libro de Harris. En todo caso, lo que ya no admite especulación es la hipnótica cualidad de la ciudad enterrada.

Casi dos millones de visitantes se dejan llevar, anualmente, por ese impulso del que nos habla Harris. Con todo, no niego que algunos de esos turistas –demasiados, en cualquier caso– recorren Pompeya con una alarmante falta de educación.

Estos vándalos, dañinos como lo fue el Vesubio en su apogeo, tienen tan poco respeto por los bienes culturales que no merecerían, siquiera, salir de esos ruidosos autobuses que los traen de excursión.

 



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