
A través de las fotografías de LeRoy Grannis, este magnífico libro recupera la edad dorada de un deporte, el surf, que ocupa un lugar de privilegio en la cultura popular.
El surf tiene, al menos, quinientos años de antigüedad. Las referencias históricas occidentales se remontan a la llegada de James Cook a Hawaii en 1778.
Gracias al campeón olímpico hawaiano Duke Kahanamoku, el surf salió del archipiélago, y se puso de moda en California y Australia. Corrían los años cincuenta, la época en la cual prosperó la subcultura de los surferos.
Revisando viejas películas como Surf’s Up (1961), de Don Brown, podemos reconstruir aquel periodo.
Como lluego veremos, para acostumbrar al público a maniobras como el tubo, el cutback o el botton, casi todos los cineastas y fotógrafos que se acercaron al surf durante aquellos años (Brown no fue una excepción) pulsaron dos palancas: el sentido del riesgo y la cultura tribal de los surferos.
Algo que los de mi generación ya entendimos gracias a El gran miércoles (Big Wednesday, 1978), de John Milius. Una cinta que, como casi todas las de su realizador, merecería una revisión tras años de vapuleo crítico.
La película de Milius retrata un periodo tumultuoso en lo político y en lo social. Una crisis que se expresa mejor con la decepción que sigue a la década prodigiosa de los sesenta. Obviamente, la guerra del Vietnam –¿recuerdan a Robert Duvall surfeando en Apocalypse Now?– dejó sus cicatrices, y la fuga de oxígeno encendió la luz roja en todos los estratos de Norteamérica.
De ahí que sea interesante tomar el surf como metáfora, y comprobar el modo en el cual, de los setenta en adelante, sus practicantes fueron ciñéndose a una utopía libertaria.
Incluso los descamisados de California, hartos de asumir su lustroso papel sobre las olas, consiguieron que dicho deporte se adaptara al secano gracias al skate. Esto es algo se puede ver con claridad cristalina en el documental Dogtown and Z-BoysLos amos de Dogtown (Lords of Dogtown, 2005). (2001) y en su estupenda secuela de ficción,
Aunque podamos rastrear la arqueología de este deporte en títulos inencontrables, como Water Sports (1935), Hawaiian Holiday (1937) y Malibu Beach Party (1940), lo idóneo es acercarse a las imágenes de grandes titanes del surf de estilo californiano-hawaiano, como Bruce Brown.
A este último, por cierto, le debemos algunas de las películas y fotografías que con mayor frecuencia salen a colación cuando los entendidos hablan de surferos legendarios. A saber: Slippery When Wet (1958), Surf Crazy (1959), Barefoot AdventureSurfing Shorts (1960), Water-Logged (1962), Surfing Hollow Days (1961), y la más famosa de todas ellas, The Endless Summer (1966), constantemente reestrenada en los circuitos marginales de la Costa Oeste. (1960),
Con todo, los semidocumentales de Brown fueron ampliamente superados en popularidad por comedias playeras como Gidget (1959), de Paul Wendkos, basada en la novelita homónima de Frederick Kohner.
En este largometraje, Sandra Dee –sí, la de la canción “Look at Me, I’m Sandra Dee”, de Grease– encarna a una joven, Gidget, que vive un amor veraniego con Moondoggie (James Darren) mientras se queda pasmada con la prestancia que tiene Cliff Robertson sobre su tabla.
El personaje de Robertson, por cierto, tiene un sobrenombre que hoy muchos utilizan sin conocer su origen: The Big Kahuna.
La película, trivial pero entretenida, tuvo un merecido éxito. Poco después, originó una primera secuela, Gidget Goes Hawaiian (1961), y su buen funcionamiento puso en marcha un concepto nuevo y proteico: el subgénero del surf.
Dentro de ese catálogo, la lista de títulos es lo suficientemente rotunda como para que destaquemos algún que otro lanzamiento.
Por ejemplo: Water-Logged (1962), Follow Me (1969), Locked In! (1964), Surf-Bored Cat (1967), Ride the Wild Surf (1964), Muscle Beach Party (1964), The Beach Girls and the Monster (1965), Beach Ball (1965), Beach Party (1963) y Surfari (1967).
Puestos a buscarle las costuras, cabría descubrir en la saga dos señas de identidad predominantes…
Por un lado, la presencia destacada de parejas higiénicamente enamoradas, al estilo Frankie Avalon y Annette Funiccello. Y por otro, la música, en las cercanías de lo que supusieron los Beach Boys y otras bandas de su zona.
¿Argumentos? Pues los hubo de todo tipo, desde los que se concentraban en la comedia romántica hasta los que derivaban hacia el horror teen.
El taquillaje no decayó, y el tono se sostuvo hasta los primeros setenta gracias a títulos como Pacific Vibrations (1970), Rainbow Bridge (1972) y Five Summer Stories (1972).
Pero aunque Gidget siguera enamorada, el público habia cambiado. ¿Cómo tomarse en serio a Sandra Dee tras la caída de Hanoi?
A decir verdad, es comprensible que el cine comercial fuera por otros derroteros, dejando a la cultura surf en manos de documentalistas, nostálgicos –vean Aloha Summer (1988)– o tipos tan desconcertantes como Peter George, autor de esa joya trash que viene a ser Los surfistas nazis deben morir (Surf Nazis Must Die, 1989).
Con su gran sonrisa de muchacho de Venice, Patrick Swayze era el actor idóneo para reencarnar al Big Kahuna en un periodo de mayor escepticismo. Así lo entendió Kathryn Bigelow cuando le dio el papel principal de Le llaman Bodhi (Point Break, 1991).
No hay una salida fácil cuando uno mezcla en el mismo guión crimen y actividad playera. Sin embargo, Bigelow supo obtener lo mejor de ambos ingredientes. Con Keanu Reeves haciendo de policía infiltrado y un inquietante Gary Busey (El gran miércoles) luciendo placa, la cosa no podía fallar.
unque fascinado por la subcultura encarnada en el film por la tribu de Swayze, el público japonés no disfrutó con piezas tan poco inspiradas como An American Summer (1991) o Beach Movie (1998). No obstante, sí convirtió en rentable al documental Surfers: The Movie (1990).
Desde luego, la producción nipona también se sumó a la corriente revival, y lanzó películas de sol y olas, como Ano natsu, ichiban shizukana umi (1991) y Chigasaki Y-ka: Yoshiji no natsu (2003).
Este último año, el realizador Dana Brown, hijo de Bruce Brown, presentó su documental El club de las olas (Step into Liquid, 2003), que bien pronto fascinó a la nueva cofradía surfera.
Digámoslo ya: a estos aficionados de última hora ya no les hacía gracia el pelo engominado de Cliff Robertson. Protegidos por tatuajes de estilo polinesio, sus gestos de bravura tenían (tienen) un sentido muy distinto al de aquel surfer tan edulcorado por el cine los sesenta.
Lanzada en España desde la segunda edición del Surfilm Festival, de San Sebastián, El club de las olas fue saludada por la revista Rolling Stone como “la mejor película sobre surf hecha nunca”.
No es para menos. En su desarrollo, ofrece fascinantes hazañas deportivas en Teahupo'o (Tahití), Oahu (Hawai), Mavericks (California), Costa Rica, Irlanda, Vietnam y la costa occidental de Australia.
Con nostalgia, cabe comparar esas proezas con las imágenes nostálgicas captadas por LeRoy Grannis. Entre unas y otras, queda una larga historia por contar.
Sinopsis
En una época como la nuestra, en la que el surf pasa por su máxima popularidad, vale la pena echar la vista atrás, hacia los años en que este deporte entró en la cultura popular. Desarrollado por los hawaianos a lo largo de cinco siglos, el surf alcanzó su apogeo en Estados Unidos en la década de los cincuenta. De hecho, el surf no fue solo un deporte, sino un modo de vida, y la cultura que surgió en su entorno fue admirada y exportada al resto del mundo.
Uno de los máximos responsables del imaginario del surf en aquel periodo es LeRoy Grannis. Practicante del surf desde 1931, empezó a fotografiar la escena surfera en California y Hawai a comienzos de los sesenta.
Esta colección, tomada de los archivos personales de Grannis, muestra una impresionante selección de fotografías de surf: desde aquella que capta la ola perfecta en San Onofre al dramático oleaje de la costa norte de Oahu.
Innovador en su campo, Grannis ideó un dispositivo fotográfico sumergible, cuyo diseño le permitía cambiar el carrete en el agua, y por consiguiente, permanecer mucho más cerca de la acción que otros fotógrafos de su época.Sobre el editor:
Antropólogo cultural y especialista en la historia del diseño gráfico, Jim Heimann es editor ejecutivo de Taschen America, y autor de numerosos libros sobre arquitectura, cultura pop e historia de la Costa Oeste, Los Ángeles y Hollywood. Su colección de ephemera (cromos, calendarios, felicitaciones, orlas…) ha sido exhibida en publicaciones y museos de todo el mundo.
Sobre el fotógrafo
LeRoy Grannis se inició en el mundo del surf a la edad de catorce años, con una tabla de madera de pino, pero comenzó a tomar fotografías relacionadas con este deporte a los 42. Siguiendo los consejos de su médico, Grannis se construyó una sala de revelado en el garaje y comenzó a fotografiar a los surferos de Hermosa Beach, vendiendo copias a dólar la unidad. Sus imágenes pronto comenzaron a aparecer en revistas de surf, y el sello Photo: Grannis rápidamente se consolidó como una de las señas de identidad en la California del surf en los sesenta. Grannis está considerado como uno de los principales documentalistas de este deporte, e ingresó en el Surfing Hall of Fame en 1966.
Sobre el autor:
El foto-reportero Steve Barilotti ha sido editor de la revista Surfer a lo largo de la pasada década. Barilotti ha convertido en profesión su empeño en documentar el deporte y el arte del surfing. Surfero vocacional y californiano de cuatro generaciones, Barilotti siente una profunda pasión por la cultura playera de la Costa Oeste. Sus textos aparecieron en The Perfect Day y en los libros de fotógrafos tan renombrados en este ámbito como Art Brewer y Ted Grambeau. Cuando no viaja, Steve vive en San Diego, California.
Copyright del comentario © Guzmán Urrero Peña. Reservados todos los derechos.
Copyright de la nota de prensa, sinopsis y citas del libro © Benedikt Taschen Verlag GmbH. Cortesía del Departamento de Prensa de Taschen. Reservados todos los derechos.
LeRoy Grannis. Makaha, 1966 © Benedikt Taschen Verlag GmbH. Cortesía del Departamento de Prensa de Taschen. Reservados todos los derechos.
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