¿Quién era Lola Montes? Y lo que es menos importante para el lector, ¿cómo entró en mi vida?
Permítanme que comience por el final.
Como admirador de la gran actriz Conchita Montenegro —una figura familiar, al margen de nuestra coincidencia en otros detalles—, siempre he defendido la última de sus películas, Lola Montes (1944).
La rodó Antonio Román y nuestra bellísima donostiarra, según indica el título, encarnaba a la bailarina del mismo nombre.
Tiempo después, conocí otra biografía en imágenes sobre Lola Montes, escenificada por Max Ophüls en 1955, y cerrando el ciclo, disfruté de un largometraje de Jacques Demy, Lola (1960), que en el fondo venía a ser un homenaje al filme de Ophüls.
En un enésimo intento de reinventar la fatalidad femenina, Demy también citaba a Lola-Lola, aquella turbadora y más bien tosca mujer que interpretaba Marlene Dietrich en El ángel azul (1930), de Josef Von Sternberg.
El caso es que, obviamente, la resaca de esa sesión de cine tenía que aliviarla en la biblioteca. Y eso me condujo a la búsqueda de la verdadera Lola Montes, una figura sin duda heterodoxa, a quien hoy me permito considerar española pese a su crianza irlandesa.
Su nombre auténtico era María Dolores Eliza Rosanna Gilbert y vino al mundo en Limerick en 1818. Su madre era medio española y presumía de muy turbulento pasado. Poniendo al escándalo de su parte, esta mujer (apenas una adolescente) había conquistado el corazón de un fusilero británico. Gracias a este enlace, la pequeña Lola pudo crecer en un ambiente tranquilo, estudiando en diversos internados.
La suerte cambió para ella en 1837. Ese año repitió el esquema amoroso de su madre casándose con un oficial cuyo más próximo destino era una guarnición en la India.
Preocupada siempre por la libertad, nuestra heroína regresó a Inglaterra en 1842 y su primer impulso fue pedir el divorcio. En el fondo, esto es lo que da de sí un romance exótico.
Aunque la máscara matrimonial le había brindado respetabilidad, Lola no quiso ceñirse a esos rigores y practicó profusamente el amor. Las respetables señoras que servían té en las reuniones patrióticas la llamaron desvergonzada, y cosas peores, pero ya saben lo que dijo el escorpión: en el código genético de Lola iba fijada su capacidad de arruinar matrimonios. Los propios y los ajenos.
Sin duda, le iba el papel de seductora, o al menos, eso era lo que se decía de ella cuando empezó a actuar en los escenarios, reclamando su lugar como bailarina "española".
Con las castañuelas en alto y una peineta de nácar, Lola se convirtió en una diva. Para ella, el hechizo era algo así como un don, y muy pronto los caballeros más notables de Europa solicitaron sus favores mediante lujosos regalos.
En 1845 inventó el strip-tease al actuar sin maillot en un escenario parisino. Mientras el público masculino aullaba, uno de sus más fervientes seguidores atravesaba con su sable al crítico Dujarrier, uno de los pocos que había escrito una reseña en contra de Lola.
En 1847, Luis I de Baviera la invitó a la residencia real de Aschaffenburg, un palacio de recreo edificado bajo el exuberante diseño de Friedrich von Gärtner.
La consecuencia más inmediata fue que ambos —el monarca y la danzarina— se hicieron amantes. Con cierto apresuramiento, el Rey otorgó a su dama los títulos de baronesa de Rosenthal y condesa de Lansfield. Y aunque el liberal Karl Abel rehusó firmar esas cartas de nobleza, lo cierto es que Lola consiguió elevadas cotas de poder en la corte bávara.
En todo caso, su amor por Luis I admite diversas lecturas. El novelista escocés George MacDonald Fraser lo describe de este modo: «Se ha sugerido que su interés por él era puramente intelectual. Es materia opinable. Lo que no se puede dudar es que era la verdadera gobernante de Baviera —y ha habido peores gobernantes de naciones— hasta la revolución de 1848, que la obligó a dejar el país».
El pueblo y los liberales odiaban a Lola, y es posible que, tal y como Fraser sugiere, sus amoríos reales originasen la insurrección del 19 de febrero de 1848, y la posterior abdicación del monarca.
Que nadie piense en un destierro infeliz. Lola se consoló del trono perdido llevando ante el altar a otro oficial británico en 1849.
Poco después, debió de mirar su imagen en el espejo y se vio capaz de alejarse en busca de nuevos aires.
Nunca se sintió maniatada por un hombre: abandonó a su nuevo esposo —otro juguete roto— y en 1851 tomó un navío con destino a Estados Unidos. Aprovechándose del mito que la precedía, estrenó en un teatro neoyorquino la obra Lola Montes in Baviera, al tiempo que improvisaba conferencias en torno a materias tan equívocas como la belleza femenina. En su caso, este rasgo era tan notable que no le costó hallar un nuevo acompañante con quien divertirse: el editor y periodista californiano Patrick Hall.
Aunque admitió que fuera su esposo en 1853, no lo encontró cosmopolita (así, como suena) y muy pronto se aburrió de él.
La nueva separación marcó el momento de desdeñarlo todo y admitir la sugestión de un largo viaje.
En 1855 Lola Montes, coqueta y alborozada, llegaba a Australia con la intención de estrenar un fastuoso espectáculo de danza. Dos años después, sin haber cumplido del todo sus aspiraciones, volvía a Nueva York en busca de descanso. Lo halló definitivamente el 17 de enero de 1861.
Antes de su fallecimiento, alcanzó a publicar su definitivo manual de autoayuda para vampiresas, cortesanas y chicas de vida liviana, El arte de la belleza o el secreto del cuidado personal (1858).
Su muerte autorizó a muchos (incuido el que esto escribe) a convertirla en un mito. En el fondo, Lola demuestra lo acertado que aquella frase de Mae West: "Cuando soy buena, soy muy buena. Pero cuando soy mala, soy aún mejor".
(Publiqué la primera versión de este artículo en la página web del Instituto Cervantes)
29 días atrás
29 días atrás
4357 días atrás
5818 días atrás
4726 días atrás
2551 días atrás
2551 días atrás
452 días atrás
1194 días atrás
2009 días atrás
599 días atrás
646 días atrás
646 días atrás












































































