
Si hemos de creer en esa disciplina que la antropóloga Dorothy Vitaliano denominó geomitología, nos será posible exponer los mitos y leyendas de la Antigua Guatemala a la luz de acontecimientos geológicos tan evidentes como las erupciones volcánicas y los movimientos sísmicos que han definido el destino de esta ciudad.
Según propia confesión, el juego intelectual de Vitaliano deriva del evemerismo, un protocolo de análisis que sirve de homenaje al filósofo siciliano Evémero de Mesina, quien hacia el año 300 a. C. ya juzgaba a los dioses como humanos deificados. Obviamente, es muy tentador explicar los mitos según esta regla.
Despejando buena parte de sus incógnitas metodológicas, Robert Graves consigue descifrar por esta vía las mitologías griega y galesa. No hay duda de su triunfo, aunque, a decir verdad, la solución del enigma siempre deriva hacia claves poéticas. Para salir del atolladero —y acaso para penetrar en uno nuevo—, Graves nos inspira una urdimbre distinta, rica en sugerencias narrativas. Y así, aun cuando abundan las crónicas y los registros, la idea de utilizar los mitos para colorear la historia de Antigua nos permitirá dar libre curso a la fantasía, según las misteriosas exigencias del acervo cultural prehispánico.
Cuenta Bernal Díaz del Castillo que don Pedro de Alvarado partió de Tenochtitlán el 13 de noviembre de 1523, acompañado por soldados y asimismo por un buen número de guerreros tlaxcaltecas.
Tras una batalla en los márgenes del río Tilapa, los incursores marcharon hacia Zapotitlán, que pronto quedó a su merced. Después de unos dramáticos avatares, Tecún Umán vino a liderar las huestes quichés, pero este héroe, digno de figurar en los emblemas, sucumbió durante las luchas en Quetzaltenango. No hay duda de que la escena adquiere tintes legendarios. A la llegada de los españoles, tal y como lo relata Miguel Ángel Asturias:
«Se cuenta que combatieron cuerpo a cuerpo, don Pedro de Alvarado y Tecún Umán, el jefe de los indios. Durante el combate, es narración que pasa por verídica, un quetzal volaba sobre la cabeza del jefe indio, atacando a picotazos al conquistador, y ‘enmudeciendo’, dice la narración, cuando éste atravesó con su lanza, desde su caballo (...) el pecho de aquel valiente» (Miguel Ángel Asturias, Leyendas de Guatemala, Alianza Editorial, Madrid, 1981, p. 145).
La capitulación indígena fue seguida de las muertes de los reyes Belejeb Tzii y Oxib Quej, acusados de traición por Alvarado. Bajo esa luz incierta del pasado, podemos evocar a la caballería española en el altiplano guatemalteco, llegando primero a Iximché, capital de los cakchiqueles, y fundando sobre ella un nuevo emplazamiento, esta vez bajo la advocación del Apóstol Mayor Santiago, cuyo perfil guerrero enardece las pasiones de la España reconquistada. Y es que, dentro del espacio mitopoético, el santo de los peregrinos basa su propio dominio en la lucha contra el infiel, visible bajo los cascos de ese corcel blanco que da lugar al famoso dicho que pregunta por su color.
Por consiguiente, no ha de extrañar que algunos relatos de conquista, cual si fueran un entramado de Chrétien de Troyes o de Garci Rodríguez de Montalvo, parezcan más bien la aventura de un Amadís en liza con los peones de algún reino caníbal.
Pero abandonemos la digresión para volver al suelo firme de la historia: pese a que en principio se establece una alianza de intereses entre los lugareños y los castellanos, una justificada insurrección cakchiquel impide el asentamiento en Iximché, y los españoles han de encaminarse primero hacia Xepau y luego hasta Chixot (Comalapa).
Al fin, la conquista prevalece, y el ejército aborigen, aunque valeroso y bien pertrechado —no lo olvidemos: defienden uno de los grandes imperios de Mesoamérica—, ha de rendirse. Lo cuenta el Memorial de Sololá: su rey, Belejep-Qat, no bien fue despojado de privilegios, se vio forzado a lavar oro en el lecho de los ríos.
Este episodio, aunque situado en los umbrales menos claros de la historia antigüeña, nos permite citar algún detalle en torno a esa obra del siglo XVI, el Memorial de Sololá o Anales de los cakchiqueles, escrita por un maya de la nobleza, Francisco Hernández Arana, y por otro autor de su mismo linaje, Francisco Díaz.
Hallados en las postrimerías del siglo XVII por fray Francisco Vázquez, estos Anales que habían sido el secreto de Sololá fueron vertidos por dicho religioso en un texto suyo. Ya en 1855, Charles Etienne Brasseur de Bourgbourg dio forma francesa al documento, y Juan Gavarrete nos lo devolvió en expresión castellana dieciocho años después.
Para mayor felicidad de los estudiosos, el texto confluía en ciertas informaciones con el Popol Vuh, otro tesoro literario del siglo XVI, atribuido al indio Diego Reynoso y hallado en este caso por el dominico fray Francisco Ximénez, quien era párroco en Chichicastenango y buen conocedor del quiché, un dialecto del maya-quiché muy extendido en Guatemala.
Por lo que sabemos, Ximénez tradujo el escrito y lo añadió, junto a su original, a su gran obra gramatical, Arte de las tres lenguas, relacionada estrechamente con el Tesoro de las lenguas cakchiquel, quiché y zutuhil, en que las dichas lenguas se traducen a la nuestra española, del propio Ximénez, y con el Arte de la lengua metropolitana del Reyno Cakchiquel o Guatemalíco, con un paralelo de las lenguas metropolitanas de los Reynos Kiché, Cakchiquel y Zutuhil que hoy integran el Reyno de Guatemala, de fray Ildefonso Joseph Flores, cura doctrinero por el Real Patronato de Santa María de Jesús.
Sufriendo un errático destino, el manuscrito del Popol Vuh pasó por muy diversos anaqueles. En 1855 lo adquirió el abate Brasseur en la Biblioteca de la Universidad de Guatemala. Atento a su jugoso contenido, Carl Scherzer lo editó en Viena en 1876.
Más tarde, una biblioteca norteamericana, la Newberry, se hizo con el Arte de las tres lenguas, y pasó a convertirse en la depositaria de una de las joyas bibliográficas más notables de toda la historia del continente.
Entre un revuelo de mitos, y por recurrir de nuevo al evemerismo, cabe aclarar que el Popol Vuh que nos llegó gracias a Ximénez atesora un copioso caudal de datos históricos. Así, junto a la peripecia legendaria y el gesto interrogativo que ésta suele fruncir, el libro menciona linajes y dinastías, venturas y encrucijadas que se amoldan a la verdad del pasado maya.
Un mitólogo e historiador de la talla de Mircea Eliade no duda en citar la colección mitológica del Popol Vuh entre las variantes del Génesis que la humanidad ha recitado con mejor inspiración. En esas páginas encontramos un comienzo de rasgos a la vez misteriosos y evocadores:
«No había más que inmovilidad y silencio en las tinieblas y en la noche. Estaba solo el Creador, el Hacedor, Tepeu, el Señor, y Gucumatz, la Serpiente emplumada, los que engendran, los que dan vida, solos sobre las aguas como una luz henchida. (...) Fue entonces cuando vino la palabra a Tepeu y a Gucumatz, en las sombras y en la noche, y habló con Tepeu y con Gucumatz. Y hablaron ellos y consultaron y meditaron, y unieron sus palabras y sus consejos. Entonces apareció la luz mientras se aconsejaban; al momento de amanecer apareció el hombre mientras ellos hacían planes para producir y extender los bosques y las plantas rastreras, allí en la sombra y en la noche, por virtud del que es el Corazón del cielo, cuyo nombre es huracán» (Mircea Eliade, Historia de las creencias y de las ideas religiosas, trad. de J. Vicente Malla, Ediciones Cristiandad, Madrid, 1980, p. 105).
De manera muy sutil, Alfonso Reyes comprende por qué son tan escasas las reliquias de esta poesía prehispánica, reconstruida a partir de traducciones casuales y hallazgos que aún llenan de asombro a curiosos y eruditos.
«La gente conquistadora ¿qué había de cuidarse de respetar los documentos de aquella vetusta poesía, cuando los mismos tlaxcaltecas, aliados del invasor, dieron fin a los archivos de Texcoco y Tenochtitlán? Ella, transmitida de boca en boca, tal vez se refugia en los rincones más inaccesibles; huye o se disimula entre los últimos vates y sacerdotes (...). El soldado no era folclorista ni erudito. El misionero era, al menos, caritativamente curioso. Pero toda la piadosa comprensión de un Sahagún o la un tanto desconcertada de Durán no bastaban para detener el derrumbe histórico, ni tampoco se lo proponían» (Alfonso Reyes, Letras de Nueva España, en Obras completas, tomo XII, Fondo de Cultura Económica, México D. F., 1997, pp. 284-285).
No obstante, en cada episodio hay siempre un reverso. No hace falta caer en el relativismo más extremado para apreciar que, frente a los avances aportados tras la llegada de los españoles, la sociedad local disponía de un asombroso legado, perdido en buena parte bajo el dominio colonial.
Una manera justa y poco hiriente de comprender los desniveles culturales entre conquistadores y conquistados puede ser la literatura. En todo caso, nadie como Augusto Monterroso para ironizar sobre ese encuentro entre dos mundos, singularmente en el plano de los mitos y de la ciencia, un par de virtudes básicas que conducen inexorablemente a la civilización.
Ahora que el lector ha comprendido este juego tan rebelde ante las leyes de la objetividad, vale la pena transcribir, sólo en parte, un sugestivo cuento monterrosiano, cuyo efecto se asemeja a un fundido en negro entre dos secuencias de la historia. Dice así:
«Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. (...) Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo. (...) Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar su vida. (...) Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles» (Augusto Monterroso, «El eclipse», Obras completas (y otros cuentos), Anagrama, Barcelona, 1998, pp. 55-56).
Es aquí evidente que la cosmovisión de los antiguos abarca fórmulas expresivas que vuelan a diversas alturas, desde el folclore tradicional hasta las supersticiones que resurgen a cualquier hora, desde manuscritos como el mexicano Chilam Balam de Chuyamel hasta esos mitos menores, residuos de la antigua religión, que todavía alimentan creencias subterráneas, tanto en Guatemala como en territorios vecinos. Por este camino, es inevitable un fenómeno clave en el proceso transcultural: la traducción.
«A la llegada de los españoles encontramos dos grandes tradiciones escriturarias en el territorio de la actual Guatemala. Una es la escritura maya de las Tierras Bajas (...). La otra es una escritura totalmente nueva utilizada en Tierras Altas, que procedería de una tradición más tardía (...). La llegada de los españoles a la región en la primera mitad del siglo XVI supuso la desaparición paulatina de las escrituras indígenas. (...) De buen grado o por la fuerza, los indígenas fueron poco a poco adoptando los nuevos sistemas de escritura derivados del alfabeto de la tradición latina» (Alfonso Lacadena, «La escritura en Guatemala: Jeroglíficos y alfabeto como vehículos de una tradición cultural», El país del quetzal. Guatemala maya e hispana, Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior, Madrid, 2002, p. 85).
Añade Lacadena un dato bien significativo: los mayas no dejaron de ser pueblos letrados, y cita como ejemplos de esa continuidad los textos del Chilam Balam, escritos en lengua yucateca, así como obras elaboradas en lenguas mayas de Tierras Altas, caso de los Anales de los cakchiqueles, el Título de Totonicapán y el Popol Vuh.
Sobre la relación de dos culturas tan diversas como la española y la cakchiquel se formulan los orígenes de Santiago de Guatemala, luego llamada «Antigua».
No hay, por ello, ciudad más propensa a repasar su identidad en los atisbos de la existencia de ayer, turgente de materia vital, conductora de tramas, multiplicada en las plazas, las cúpulas y los campanarios. Al fin y al cabo, éste es el diseño de su plano: la cuadrícula sobre la planicie del valle, y en su seno, los extremos de lo cotidiano, entre el fervor y las más íntimas pasiones.
Escribe Miguel Ángel Asturias:
«En Antigua, la segunda ciudad de los Conquistadores, de horizonte limpio y viejo vestido colonial, el espíritu religioso entristece el paisaje. En esta ciudad de iglesias se siente una gran necesidad de pecar. Alguna puerta se abre dando paso al señor obispo, que viene seguido del señor alcalde. Se habla a media voz. Se ve con los párpados caídos. La visión de la vida a través de los ojos entreabiertos es clásica en las ciudades conventuales. Calles de huertos. Arquerías. Patios solariegos donde hacen labor las fuentes claras. Grave metal de las campanas. ¡Ojalá se conserve esta ciudad antigua bajo la cruz católica y la guarda fiel de sus volcanes!» (Miguel Ángel Asturias, Leyendas de Guatemala, Alianza Editorial, Madrid, 1981, p. 16).
Claro que todo ese impulso renacentista penetra en los senderos de la historia. Tiempo habrá para recorrerlos en otros espacios de esta muestra. Por ahora, aún suscita nuestra curiosidad ese primer encuentro de culturas que luego cedieron paso al mestizaje. Con mayor desenvoltura para vérselas con este fenómeno, Monterroso nos da una clave inspiradora.
Cierta mañana, en algún rincón de la Universidad de México, René Acuña regala a nuestro escritor un ejemplar del Thesaurus verborum, igualmente rotulado Vocabulario de la Lengua cakchiquel, v Guatimalteca Nuevamente hecho y recopilado con summo estudio, trauajo y erudición por el Pe. F. Thomás Coto, Predicador y Padre de esta Provja. De el Ssmo. Nombre de Jesús de Guatemala. En que se contienen todos los modos y frases elegantes con que los Naturales la hablan y d q se pueden valer los ministros estudiosos para su mejor educación y Enseñanza (1656).
La obra contiene un enorme número de palabras, frases y citas de autoridades del español del siglo XVI, acompañadas por sus equivalencias en cakchiquel, una lengua del mismo linaje quiché en que está imaginado el Popol Vuh. Al concentrar en sus páginas esa cadena de relaciones, el volumen cumple una función mediadora que Monterroso no limita a un estado territorial. Muy al contrario, lo deja abierto al universo:
«Viernes y Robinson, Próspero y Calibán, fray Thomás de Coto y el primer indígena cakchiquel que se encontró en Guatemala y le enseñó que vuh significaba ‘libro’ a cambio de aprender que libro era vuh, en un (supongo que debió de haberlo sido) divertido intercambio que aún no termina. Quizá también a Samuel Johnson le hubiera gustado saber, cien años más tarde, que book y vuh (se pronuncia vuj) eran la misma cosa al otro lado del mundo» (Augusto Monterroso, «Cakchicoto», La letra E, en Tríptico: Movimiento perpetuo, La palabra mágica, La letra E, Fondo de Cultura Económica, México D. F., 1996, p. 369).
Para concluir, y tras conocer las propiedades más solapadas de la fábula, volvamos al territorio de lo simbólico para glosar un detalle heráldico de frondoso significado: Santiago de Guatemala adoptó el mismo escudo otorgado por Carlos V en Medina del Campo el 28 de julio de 1532:
«El fondo está dividido por una línea horizontal, ostentando en el campo superior la figura de Santiago vestido de blanco, blandiendo su espada y montando su corcel, también blanco, todo sobre fondo rojo; en el campo inferior, aparece un paisaje con tres volcanes en el fondo; de estos tres volcanes, el del medio arroja llamas y piedras, o sea que está en erupción y los de los lados ostentan dos cruces de oro sobre sus cimas, rodeando las faldas de los volcanes algunos árboles y viviendas, teniendo el fondo del paisaje también el color rojo. Como orla del escudo, se extiende en torno una banda adornada con veneras o conchas doradas, aludiendo al patronazgo de Santiago» (José Joaquín Pardo, Pedro Zamora Castellanos y Luis Luján Muñoz, Guía de La Antigua Guatemala, Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala, Editorial José de Pineda Ibarra, Guatemala, 1969, pp. 89-90).
El gusto por este tipo de conceptos —uno de los tópicos favoritos de Mario Praz, para quien cada imagen poética contiene un emblema potencial— concierne asimismo a un cronista muy apegado a las calles antigüeñas, Rafael Vicente Álvarez Polanco. Dicho con sus palabras:
«Antigua dispone de dicho escudo de armas según queda refrendado con la Real Cédula que así dice:
“Llevará dos campos, de la mitad arriba rojo, con la efigie del Apóstol Patrón, Santiago, montado airosamente a caballo, en ademán de someter a una tropa de indios que huye, en otro campo de la mitad abajo, tres volcanes, el uno, el más eminente, se encuentra en medio de los otros lanzando llamas y piedras, remembranza del esfuerzo y victoria que los cristianos españoles tuvieron; y dos colaterales con cruces de oro en sus cimas en memoria de la fe y cristiandad con que la conquistaron”» («Los nombres y títulos son congénitos a una ciudad, y nadie puede arrogarse el derecho de alterarlos». La Hora, Guatemala de la Asunción, 22 de noviembre de 2002).
En este caso, como en general sucede con la heráldica y otros dibujos alegóricos, es breve la distancia que media entre la metáfora, el compás de la política y el discurso de valores que cristaliza en virtud de esta ciencia de las imágenes. La intención que subyace bajo lo descrito por Álvarez Polanco podría comentarse con facilidad, pues limita el mapa del universo a las precisas fronteras de una ciudad. Urdiendo mediante símbolos el proyecto histórico de Antigua, caben en un blasón como éste los peligros que debe afrontar el conquistador en tierras lejanas, su encaje en un nuevo territorio al cual lleva las evidencias del cristianismo, el dominio sobre la población aborigen y, a modo de resplandeciente toque escenográfico, la presencia de unas chimeneas volcánicas en las que quizá pervive, emerge y se rehace a sí misma la mítica infinidad de los viejos dioses.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.
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