
Para cumplir los ideales del pensamiento ilustrado, el franciscano canario Antonio José Ruiz de Padrón (1757-1823) conquistó la libertad necesaria para desligarse del estamento eclesiástico y formular su compromiso intelectual fuera de éste. Sabemos que Antonio de Palafox fue un viajero infatigable, un eficaz antiesclavista y un hábil político, pero lo que acá nos importa en mayor medida es una de sus entregas literarias: la Carta pastoral del obispo de Cuenca Antonio Palafox y Croy (1801), completada mediante un ciclo de conferencias eclesiásticas que Ruiz de Padrón ideó por encargo del citado Palafox.
Éste, por lo demás, no sólo era su amigo, sino también un idóneo compañero en el esquema de las fuerzas ilustradas.
La biografía de Palafox ratifica tal propensión ideológica desde su fecha de nacimiento (Madrid, 1740) hasta que murió en la ciudad de Cuenca, en 1802. Animado por un entorno favorable al conocimiento, siguió los cursos de Filosofía en la Universidad de Valencia.
Para la formulación y la consiguiente puesta en obra de tales enseñanzas, viajó a Roma, donde adquirió destreza en el uso de diversos idiomas. Podría decirse, para cerrar este ciclo académico, que el joven religioso representa la culminación de un ideal cosmopolita, muy acorde con los tiempos.
Puesto sobre aviso por tal magnitud de talentos, el rey Carlos III accedió a nombrarlo arcediano de la catedral conquense en 1762. Decir que Palafox fue un consumado organizador es casi un lugar común. Lo prueba asimismo su trayectoria como canónigo catedralicio, ininterrumpida hasta 1773, y en especial su labor al frente de la diócesis.
Desde su nombramiento como obispo en 1800 hasta el final de sus días, su mayor mérito es la caridad, muy difundida y de alto valor filantrópico. Naturalmente, esta virtud no sólo es interpretable con un matiz compasivo y piadoso.
En realidad, de la cuantiosa labor social de Palafox, hay mucho que relacionar con el regeneracionismo y con otros síntomas de la Ilustración.
Tal es el caso de esa industria textil cuya apertura propició para aliviar el desempleo local, y lo mismo diremos sobre otras tres iniciativas: las academias para niños necesitados —suyo es el Libro de urbanidad y cortesía para enseñar a silabear y a leer a los niños de la ciudad de Cuenca y su obispado—, las reformas en la cárcel de mujeres y las mejoras introducidas en el Hospicio conquense.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.
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