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Vida de Fray Toribio de Benavente “Motolinía”

William_rembrandt

Para celebrar lo descrito por el maestro Gil González en su Tesoro eclesiástico de las Indias Occidentales, Miguel de Alcalá Mendiola alude al padre fray Toribio de Benavente, llamado por los indios Motolinía, y con esa voluntad repite la décima siguiente «Llegó a la Puebla su día / pues con ángeles nos viene / demás de lo que se tiene / el padre Motolinía / bien de su celo se fía / que sólo por conocerlos / mártires y ángeles bellos / no se me hacen novedad / traerlos a esta ciudad / para quedarse con ellos».

No hay duda de que los angelopolitanos guardan buena memoria de aquel franciscano. Por otro lado, no faltan los estudios en torno a su figura, reproducidos o mencionados por los órganos oficiales de la Orden.

Así, Lino Gómez Canedo sondea su labor en Pioneros de la cruz en México (Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1988, pp. 51-53) y también lo hace Ramón Ezquerra en el apartado que dedica a Motolinía en el Diccionario de Historia de España (Madrid, Revista de Occidente, 1952, Tomo II, pp. 572-573).

Esta última fuente —origen de los datos que reunimos aquí— nos ayuda a saber que el apodo de Motolinía, significa «El pobre». Con él fue conocido en Nueva España, «al oírse llamar así por los indios».

Dicen los biógrafos que a la edad de diecisiete años este zamorano adoptó los hábitos de la Orden de San Francisco.

Un religioso que le tomó aprecio, fray Martín de Valencia, deseó que viajara a México en el grupo de doce frailes que debían extender la fe cristiana por todo el virreinato.

Tras hacerse a la mar en 1524, llegaron a Veracruz el 13 de mayo estos doce misioneros. A saber: el propio Martín de Valencia, Francisco de Soto, Martín de Jesús, Juan Suárez, Antonio de Ciudad Rodrigo, Toribio de Benavente, García de Cisneros, Luis de Fuensalida, Juan de Ribas, Francisco Jiménez, Andrés de Córdoba y Juan de Palos.

Los doce apóstoles de México —así se los llama desde el fervor— fueron agasajados por Hernán Cortés y pronto despertó admiración el testimonio de pobreza en ellos identificado. No obstante, Motolinía sintió el menosprecio de algunos españoles, y de hecho su temprana defensa de los aborígenes despertó las iras de personajes como don Gonzalo de Salazar.

Siguiendo la cronología que organiza Ramón Ezquerra, hallamos al buen fraile en Guatemala entre 1527 y 1529. Posteriormente, su esfuerzo evangélico lo guió hasta las tierras de la actual Nicaragua.

De nuevo en el convento de Huexotzingo, dio amparo a los indios contra los atropellos de Nuño de Guzmán, «incitando a los caciques a quejarse a fray Juan de Zumárraga, primer obispo de Méjico, atrayéndose una acusación de intentar la independencia de Nueva España, en forma de Estado indígena dirigido por los misioneros bajo la soberanía del rey de España y con exclusión de los colonos españoles».

La falsedad del cargo acentúa dramatismo al proceso. No obstante, desoyendo estos reproches, insistió en la importancia de la tarea evangelizadora. Ya en 1530, volvió al convento de Tlaxcala, figurando en un primer lugar entre los fundadores de Puebla de los Ángeles en 1531.

Dos años después, se trasladó a Tehuantepec y prosiguió la actividad religiosa en Guatemala y Yucatán. A la hora de valorar las Nuevas Leyes, destaca el mismo historiador que Motolinía se enfrentó a los dominicos y en particular a Bartolomé de Las Casas, «pues no obstante su amor a los indios, no compartía el optimismo ni los puntos de vista en exceso idealistas de aquél, ateniéndose a las realidades creadas».

Entre 1548 y 1551 fue ministro provincial de los franciscanos y en 1555 escribió una carta al Emperador «contra Las Casas en defensa de la Conquista, de los colonos y de la evangelización, y censurando sus inexactitudes y sus desaforados ataques a los españoles».

Aunque Ezquerra no cita el detalle bibliográfico, disponemos del texto de la misiva en el volumen titulado Carta al Emperador. Refutación a Las Casas sobre la colonización española, cuya edición crítica apareció en 1949.

A su muerte, ocurrida en 1565, —y no en 1569, como indica Ezquerra que habitualmente se ha supuesto—, Motolinía dejó un amplio legado moral y literario.

Si bien una parte de esa herencia no ha llegado hasta nosotros, sí lo ha hecho ese texto que en 1536 había comenzado a escribir y que luego dio en llamarse Historia de los indios de la Nueva España, según figura en la edición completa que llevó a término García Icazbalceta en la Colección de documentos para la Historia de México (1858).

En esta obra relata el misionero la historia de la evangelización y asimismo detalla la cultura de los indígenas. Dos razones para entender, en suma, por qué se trata de un testimonio etnográfico y espiritual de tan formidable importancia.l

 

Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.

Para celebrar lo descrito por el maestro Gil González en su Tesoro eclesiástico de las Indias Occidentales, Miguel de Alcalá Mendiola alude al padre fray Toribio de Benavente, llamado por los indios Motolinía, y con esa voluntad repite la décima siguiente «Llegó a la Puebla su día / pues con ángeles nos viene / demás de lo que se tiene / el padre Motolinía / bien de su celo se fía / que sólo por conocerlos / mártires y ángeles bellos / no se me hacen novedad / traerlos a esta ciudad / para quedarse con ellos».

No hay duda de que los angelopolitanos guardan buena memoria de aquel franciscano. Por otro lado, no faltan los estudios en torno a su figura, reproducidos o mencionados por los órganos oficiales de la Orden.

Así, Lino Gómez Canedo sondea su labor en Pioneros de la cruz en México (Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1988, pp. 51-53) y también lo hace Ramón Ezquerra en el apartado que dedica a Motolinía en el Diccionario de Historia de España (Madrid, Revista de Occidente, 1952, Tomo II, pp. 572-573).

Esta última fuente —origen de los datos que reunimos aquí— nos ayuda a saber que el apodo de Motolinía, significa «El pobre». Con él fue conocido en Nueva España, «al oírse llamar así por los indios».

Dicen los biógrafos que a la edad de diecisiete años este zamorano adoptó los hábitos de la Orden de San Francisco.

Un religioso que le tomó aprecio, fray Martín de Valencia, deseó que viajara a México en el grupo de doce frailes que debían extender la fe cristiana por todo el virreinato.

Tras hacerse a la mar en 1524, llegaron a Veracruz el 13 de mayo estos doce misioneros. A saber: el propio Martín de Valencia, Francisco de Soto, Martín de Jesús, Juan Suárez, Antonio de Ciudad Rodrigo, Toribio de Benavente, García de Cisneros, Luis de Fuensalida, Juan de Ribas, Francisco Jiménez, Andrés de Córdoba y Juan de Palos.

Los doce apóstoles de México —así se los llama desde el fervor— fueron agasajados por Hernán Cortés y pronto despertó admiración el testimonio de pobreza en ellos identificado. No obstante, Motolinía sintió el menosprecio de algunos españoles, y de hecho su temprana defensa de los aborígenes despertó las iras de personajes como don Gonzalo de Salazar.

Siguiendo la cronología que organiza Ramón Ezquerra, hallamos al buen fraile en Guatemala entre 1527 y 1529. Posteriormente, su esfuerzo evangélico lo guió hasta las tierras de la actual Nicaragua.

De nuevo en el convento de Huexotzingo, dio amparo a los indios contra los atropellos de Nuño de Guzmán, «incitando a los caciques a quejarse a fray Juan de Zumárraga, primer obispo de Méjico, atrayéndose una acusación de intentar la independencia de Nueva España, en forma de Estado indígena dirigido por los misioneros bajo la soberanía del rey de España y con exclusión de los colonos españoles».

La falsedad del cargo acentúa dramatismo al proceso. No obstante, desoyendo estos reproches, insistió en la importancia de la tarea evangelizadora. Ya en 1530, volvió al convento de Tlaxcala, figurando en un primer lugar entre los fundadores de Puebla de los Ángeles en 1531.

Dos años después, se trasladó a Tehuantepec y prosiguió la actividad religiosa en Guatemala y Yucatán. A la hora de valorar las Nuevas Leyes, destaca el mismo historiador que Motolinía se enfrentó a los dominicos y en particular a Bartolomé de Las Casas, «pues no obstante su amor a los indios, no compartía el optimismo ni los puntos de vista en exceso idealistas de aquél, ateniéndose a las realidades creadas».

Entre 1548 y 1551 fue ministro provincial de los franciscanos y en 1555 escribió una carta al Emperador «contra Las Casas en defensa de la Conquista, de los colonos y de la evangelización, y censurando sus inexactitudes y sus desaforados ataques a los españoles».

Aunque Ezquerra no cita el detalle bibliográfico, disponemos del texto de la misiva en el volumen titulado Carta al Emperador. Refutación a Las Casas sobre la colonización española, cuya edición crítica apareció en 1949.

A su muerte, ocurrida en 1565, —y no en 1569, como indica Ezquerra que habitualmente se ha supuesto—, Motolinía dejó un amplio legado moral y literario.

Si bien una parte de esa herencia no ha llegado hasta nosotros, sí lo ha hecho ese texto que en 1536 había comenzado a escribir y que luego dio en llamarse Historia de los indios de la Nueva España, según figura en la edición completa que llevó a término García Icazbalceta en la Colección de documentos para la Historia de México (1858).

En esta obra relata el misionero la historia de la evangelización y asimismo detalla la cultura de los indígenas. Dos razones para entender, en suma, por qué se trata de un testimonio etnográfico y espiritual de tan formidable importancia.

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