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Vida de Manuel Azaña

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Hijo ilustre de Alcalá de Henares, Manuel Azaña fue el protagonista de un periodo crucial en la reciente historia de España.

Además de un fino intelectual y un excelente orador, comprometido con las ideas de su tiempo, cabe hallar en él un político influyente, cuyo balance aún es calculado por estudiosos de muy distinto signo, empeñados en la tarea de conocer con detalle a quien fue presidente del Gobierno entre 1931 y1933 y presidente de la Segunda República entre 1936 y 1939.

Azaña vino al mundo en Alcalá de Henares el 10 de enero de 1880. La suya era una familia próxima al liberalismo y también cercana a la práctica política. Al quedar huérfano en 1890, permaneció al cuidado de su abuela. Muy pronto destacó en los estudios.

Becado por los padres agustinos en el Real Colegio de Estudios Superiores en El Escorial, pudo enriquecer esa formación intelectual, que completó en Zaragoza, donde se licenció en Derecho. De nuevo en Madrid, defendió su tesis doctoral en 1900, en la Universidad Central.

Decidido a progresar en el terreno profesional, ocupó el puesto de pasante en el bufete de Luís Díaz Cobeña. Sus avances en el ámbito de la abogacía, paralelos a un creciente fervor literario, pasaron por algún altibajo.

Finalmente, en 1910 opositó a un puesto en el cuerpo de letrados de la Dirección General de Registros y Notariado.

Una beca de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas lo llevó a París, donde adquirió notables conocimientos en los campos administrativo, legal, intelectual y militar.

Tras regresar a Madrid, ingresó en el Partido Reformista de Melquiades Álvarez. Al poco tiempo, colaboró con Ortega y Gasset en la fundación de la Liga de Educación Política.

Asimismo, fue secretario del Ateneo de Madrid y colaborador y corresponsal internacional de diversos diarios. En 1918 fundó la Unión Democrática Española y en 1924, Acción Republicana.

En agosto de 1930 firmó el Pacto de San Sebastián, respaldado por los opositores al régimen monárquico. Un año después, con el advenimiento de la Segunda República, pasó a ocupar el cargo de ministro de la Guerra en el Gobierno provisional que presidía Niceto Alcalá Zamora. Al dimitir éste, Azaña pasó a ser presidente del segundo Gobierno provisional.

Poco después, ya era el primer presidente de Gobierno de la Segunda República. Su plan, diseñado como una reforma en la que se advertía el influjo masón, chocó con instituciones como la Iglesia. Todo hacía pensar que se disolverían las órdenes religiosas. “Azaña –escribe Antonio Domínguez Ortiz–, en un hábil y larguísimo discurso, logró que sólo se disolviera la Compañía de Jesús; las demás subsistirían aunque con fuertes limitaciones; la más seria, la prohibibión de enseñar. La dura Ley de Congregaciones se consideró en los medios derechistas y católicos una victoria de las logias”.

En 1932, tuvo lugar el pronunciamiento del general Sanjurjo, cuyo fracaso no ocultó el malestar de parte del Ejército con las decisiones del Gobierno.

El 19 de noviembre de 1933, en las segundas elecciones generales de la República, los partidos de centro-derecha obtuvieron la mayoría. “El vencedor absoluto –dice Domínguez Ortiz– era José María Gil Robles, profesor salmantino, presidente de la Confederación de Derechas Autónomas (CEDA). Se declaraba republicano, pero su historial y sus maneras no tranquilizaban a los republicanos auténticos”.

Con el radicalismo propio de la época, y aprovechando los errores, la inoperancia y los titubeos del nuevo gobierno, muchos nacionalistas, anarquistas e izquierdistas pensaron en la necesidad de una insurrección. Socialistas moderados como Julián Besteiro se vieron desplazados por camaradas de partido más exaltados y, sin duda, poco o nada demócratas.

En 1934 Azaña fundó Izquierda Republicana, y paulatinamente se vio comprometido en la creciente tirantez político-social. Las ideas extremistas fueron tomando cuerpo, y acabaron por concretarse en la huelga revolucionaria de octubre de 1934, a la que el hispanista Gerald Brenan llamó la “primera batalla de la Guerra Civil”.

En Cataluña, Lluis Companys proclamó el Estado catalán dentro de la República Federal Española, desafiando a la maltrecha legalidad republicana con una reivindicación de soberanía.

Al frente de la coalición política del Frente Popular, Azaña ganó las elecciones de febrero de 1936: el día 19 dio forma al nuevo Gobierno de izquierda, y dimitió el 10 de mayo, con el fin de presentarse como candidato a la presidencia de la República.

La inestabilidad fue en aumento, y al final, fueron los radicales de ambos bandos quienes tomaron la palabra. De forma sangrienta, el estallido de la guerra civil evidenció las contradicciones en que se hallaba sumida España.

El 18 de julio de 1938, en Barcelona, Azaña pronunció ante las Cortes un discurso a favor de la reconciliación. Por desgracia, sus palabras –Paz, Piedad, Perdón– no fueron escuchadas.

En 1939 Azaña se exilió en Francia. A esas alturas, ya era consciente de los graves errores que habían conducido al fracaso de la República y a ese enfrentamiento fratricida que era un preludio de la Segunda Guerra Mundial y que desembocó en la dictadura franquista.

Un año después, el 3 de noviembre, Azaña moría en Montauban.

En el campo de las letras, Azaña acreditó sobradamente esos méritos que lo vinculan a otras figuras de su generación, como Ortega y Gasset y Ramón Pérez de Ayala.

Además de dirigir dos cabeceras, La Pluma y España (1920-1924), practicó la exégesis literaria en monografías como Vida de don Juan Valera (1926), La novela de Pepita Jiménez (1927), Plumas y palabras (1930) y La invención del Quijote y otros ensayos (1931).

También digna de mención es su trayectoria novelística, concretada en títulos como El jardín de los frailes (1921-1927) y Fresdeval (1930-1931). Atraído por el teatro, también estrenó una función: La corona (1931).

Otro de sus intereses literarios, la traducción, ofrece dos ejemplos que aún siguen proporcionando placer a los lectores: las Memorias de Voltaire, y La Biblia en España, obra del inglés Georges Borrow.

Ya en el ámbito del ensayo político, Azaña traza su perfil en obras como Estudios de política francesa contemporánea. La política militar (1919), En el poder y en la oposición (1934) y en el más divulgado de sus volúmenes, La velada en Benicarló (1937), cuyo carácter autobiográfico permite atisbar la esencia de su autor en un momento histórico tan sombrío.

Tres volúmenes de recuerdos —Memorias políticas y de guerra, Cuaderno de la Pobleta y Cuaderno de Pedralbes— completan ese repertorio a propósito de la tragedia española.

Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.

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