Historia de Bizancio: Entrevista con Judith Herrin

BizancioDurante mil años, un extraordinario imperio hizo posible que Europa alcanzara la modernidad: Bizancio. Esta breve y fascinante obra descarta el enfoque cronológico de las historias habituales para hablar de la arquitectura, la religión, la guerra, los personajes y mucho más.

Nos hallamos ante la mejor historia del imperio bizantino publicada hasta el momento, en una lujosa edición. Su autora, Judith Herrin logra una historia más amena y accesible del imperio, desde la fundación en 330 de su magnífca capital, Constantinopla (la actual Estambul), hasta su caída ante los otomanos en 1453.

Judith Herrin es, sin ningún género de dudas, la máxima autoridad en Bizancio, un imperio que ha analizado desde distintas perspectivas en cada uno de sus libros, entre los que cabría destacar The Formation of Christendom, Miscelánea medieval (Grijalbo, 2000) y Mujeres en púrpura: soberanas en el medievo bizantino. Pero esta profesora de Historia Antigua en el Kings College de Londres, así como arqueóloga en la British School at Atens, no tenía suficiente con aquellos ensayos.

Así que ahora publica Bizancio. El imperio que hizo posible la Europa moderna (Debate), sin duda el estudio definitivo sobre una cultura que tendió puentes –y levantó barreras– entre la Europa cristiana y el oriente musulmán. Tratando de acercarse al lector profano, pero sin desvincularse de la mirada académica, Bizancio ofrece una perspectiva político-cultural de unos de los imperios más vilipendiados, aun cuando desconocidos, de la nuestra antigüedad.

Usted ya abordó el tema de Bizancio en libros como La formación de la cristiandad y Mujeres en púrpura. Y ahora, por si había dudas, demuestra que es la máxima autoridad en la materia publicando Bizancio. ¿Qué le fascina tanto de aquel imperio?

Bizancio siempre me ha fascinado, principalmente por su influencia más allá de las fronteras de su propio imperio. Una influencia hoy visible en el arte medieval presente en muchos países y en la acumulación de monedas de oro en la Europa del Norte, ambas circunstancias que reflejan tanto su prestigio cultural como sus contactos comerciales por todo el Mediterráneo.

Además, todavía hay mucho que descubrir sobre Bizancio (su gobierno centralizado, su corte imperial, su arte, su arquitectura…). Por otra parte, la influencia externa de Bizancio permite crear un marco comparativo de análisis que contraste las características específicas de ese imperio con las de otras sociedades medievales.

De hecho, en mi tesis doctoral ya contrapuse la realidad de la Antigua Grecia antes y después de la Cuarta Cruzada (1204). Evidentemente, era un asunto demasiado extenso para una única tesis, pero me impulsó a seguir comparando Bizancio con el Medievo occidental y con sus otros vecinos: árabes, armenios, georgianos, etc.

Uno de mis primeros libros, The Formation of Christendom, contrastaba el desarrollo de la teología cristiana y las estructuras de las Iglesias en la Alta Edad Media, algo que me llevó a analizar la situación de España bajo dominio visigodo. ¡Y me sorprendió descubrir que muchos aspectos de aquella monarquía tenían antecedentes romanos y, por tanto, bizantinos!

En la introducción de su libro usted señala que hay una sobreabundancia de libros sobre la historia de Bizancio. Para contrarrestar esta abundancia, usted escribe este libro con el ‘deseo de mantener el interés del lector hasta el final, de modo que sienta que ha llegado a conocer una nueva civilización’. ¿Cuáles son los principales errores que ha detectado en los otros libros que se han escrito sobre Bizancio?

Muchos libros aportan análisis muy interesantes de determinados especialistas. Son estudios que profundizan en el imperio y nos muestran detalles sorprendentes sobre su historia y su arte. Pero hay otros libros que, más que estar llenos de errores, tienen un punto de partida equivocado a la hora de explicar qué ocurrió durante la época bizantina, limitándose a hacer listados de los emperadores, patriarcas y otros miembros destacados de la sociedad.

A menudo esos libros prestan excesiva atención a los acontecimientos políticos y militares, y en última instancia añaden, casi a modo de relleno, algunos datos sobre los aspectos culturales y artísticos. Además, a veces ni siquiera se esfuerzan por explicar por qué aquel imperio sobrevivió tanto tiempo.

En este sentido, mi libro no está dirigido a los especialistas, lo cual no implica que yo no desee que dichos especialistas encuentren datos de interés, sino que está escrito con la intención de despertar el interés de los lectores que no sepan nada sobre Bizancio. Mi intención durante el proceso de escritura ha sido mantener la atención de esos profanos, mostrándoles Bizancio desde una perspectiva diferente y seleccionando los rasgos de la sociedad más interesantes.

Usted afirma que ‘el moderno estereotipo de Bizancio es el de un gobierno tiránico ejercido por afeminados, unos hombres cobardes y unos eunucos corruptos, obsesionados con rituales vacuos, y una burocracia interminable, compleja e incomprensible’. Además, señala a ciertos autores, como Montesquieu y Voltaire, o investigadores, como William Lecky y Edward Gibbon, para justificar la creación de esa imagen distorsionada. ¿Qué circunstancias históricas han acabado logrando que la palabra ‘bizantino’ tenga connotaciones negativas?

Explico las circunstancias históricas de esta negatividad en el capítulo donde abordo el Siglo de las Luces en Europa, una época en la que la gente tenía poca simpatía por todo lo bizantino.

Desafortunadamente para ese imperio, los comentarios negativos de autores como Voltaire y Gibbon influyeron en todo el mundo, en parte por la claridad de sus textos. Por supuesto, estos autores en verdad estaban hablando, de un modo indirecto, sobre la monarquía absolutista de Luis XIV y sobre la cultura de Versalles, que el rey modeló al estilo de Bizancio.

Sabiendo esto, se entiende el contexto en el cual Voltaire y Gibbon hicieron sus denuncias sobre la corte imperial, los eunucos, las intrigas palaciegas, la burocracia y otros aspectos de la cultura bizantina. Por desgracia, aquella condena al imperio bizantino sobrevivió a Voltaire y Gibbon, así como a los demás autores, y en la actualidad continúa arraigada en el imaginario colectivo.

Suprimir esa visión negativa llevará mucho tiempo, y todavía hará falta más para desarrollar nuevas estrategias de aproximación a Bizancio. Los viejos tópicos continúan vigentes en la actualidad y muchos periodistas siguen usando el término ‘bizantino’ con intención peyorativa.

Por supuesto, hay un punto de verdad en esas críticas, sobre todo en lo referente a la excesiva burocratización del estado bizantino, pero no se puede olvidar que todas las culturas antiguas, absolutamente todas, son recordadas desde perspectivas en muchas ocasiones negativas.

Antes de sufrir constantes ataques por parte de los cruzados cristianos y los árabes invasores, Bizancio desarrolló las primeras tradiciones monásticas del cristianismo, pero al mismo tiempo contribuyó a la creación de las primeras mezquitas cubiertas del mundo musulmán. ¿Qué podemos aprender actualmente sobre los aciertos y los fallos que cometió Bizancio para frenar el ‘choque de las civilizaciones’ en el que llevamos sumidos desde principios del milenio?

Desde el principio Bizancio tuvo acceso a los grandes logros de la Antigua Grecia (una extraordinaria cultura pagana, tanto artística como científicamente hablando), que adaptó y se apropió, como ocurrió con la ‘Odisea’ de Homero, las matemáticas, la oratoria, la poesía, etc. Bizancio combinó todo eso con su profunda fe cristiana, creando unos monjes, sacerdotes y obispos que tendían al estudio.

Los monjes del primer cristianismo no estuvieron demasiado interesados por la cultura clásica, pero en el Medievo la gente culta de Bizancio conocía en profundidad la cultura de la Antigua Grecia. Todo esto significaba que los bizantinos tenían muchas cosas que ofrecer a los musulmanes y a los cruzados, dado que tradujeron los textos clásicos al árabe y al latín, consiguiendo frenar lo que hoy llamaríamos el ‘choque de las civilizaciones’, un concepto contemporáneo que no me gusta nada.

También afirma usted, y lo repite en varias ocasiones, que ‘Bizancio hizo posible Europa’. ¿Qué debemos los europeos contemporáneos a Bizancio?

Estoy convencida de que, si Constantinopla hubiera caído en las primeras oleadas de invasiones procedentes de oriente, los árabes habrían conseguido entrar primero en los Balcanes y luego en Europa.

En el siglo XV los italianos llegaron a temer que los turcos otomanos hicieran lo mismo, idea que se basaba en el miedo profundo a la capacidad de los árabes, seliúcidas y turcos para hacerlo. Y no hay duda de que los musulmanes soñaban con recrear la dominación romana del Mediterráneo, pero teniendo como punto de partida la ciudad de Constantinopla, que quisieron ocupar en varias ocasiones.

Sin embargo, Constantinopla rechazó esas invasiones. En los siglos VIII y IX Europa había alcanzado un gran poder y ya estaba preparada para defenderse a sí misma, y en el año 1100 ya existía un auténtico concepto de Europa, con fuerzas militares y una identidad cristiana opuesta a la identidad musulmana. Pero en siglos anteriores los europeos no habrían sido capaces de detener una invasión árabe.

Es por esto por lo que digo que Bizancio hizo posible Europa.

Durante sus excavaciones arqueológicas en Chipre, usted encontró los restos de un esqueleto femenino en las ruinas del castillo de Saranda Kolonnes. Las mujeres tuvieron un papel fundamental en Bizancio. ¿Podría explicarnos qué es el ‘femenino imperial’?

El ‘femenino imperial’ es la forma de identificar el rol que adoptaron muchas mujeres en Bizancio. Por norma general, el sexo femenino se limitaba a jugar el papel de familiar cercano al poder, siendo en muchas ocasiones las esposas de altos dirigentes o dando a luz a dirigentes que eran demasiado jóvenes para gobernar, lo cual hacía que fueran sus madres quienes asumían las responsabilidades imperiales y quienes acababan adoptando un rol absolutamente masculino.

Un ejemplo excepcional es el de la emperatriz Irene, del siglo VIII, pero hay otros. Estas mujeres personifican el concepto de ‘imperial femenino’. Lógicamente, esto no tiene mucho que ver con las mujeres corrientes de Bizancio, como la que encontramos sepultada por el terremoto de Paphos al que haces referencia.

Sin embargo, el hecho de que algunas mujeres acabaran ejerciendo la autoridad suprema imperial, hizo que las otras aprendieran a emular esas actitudes en sus propios hogares. Estableciendo una comparación, podríamos decir que el poder al que accedieron algunas mujeres de Bizancio dista mucho de la situación que vivieron las mujeres en la antigua Roma, donde tenían cierta influencia sobre el poder, pero donde no se las permitía actuar de un modo directo sobre los aspectos prácticos del gobierno.

Usted señala que todavía podemos encontrar restos de Bizancio mirando los mosaicos del ‘mihrab’ de la Mezquita de Córdoba, encargados por el califa del siglo X al-Hakam II. ¿Podemos detectar otros indicios de Bizancio en España?

Desafortunadamente, hay menos restos de Bizancio en España que en otros países occidentales. El ‘mihrab’ de la Gran Mezquita de Córdoba es un claro ejemplo de la influencia bizantina y de la técnica arquitectónica. Pero existen registros escritos que demuestran que los contactos entre esos dos extremos del Mediterráneo fueron continuos a lo largo de todo el periodo medieval, y proporcionan datos que demuestran la relación que mantuvieron los visigodos y los árabes afincados en la Península Ibérica con Constantinopla.

Los lectores occidentales conocemos la ciudad de los tres nombres (Bizancio, Constantinopla y Estambul) a través de Gérard de Nerval, Edmundo De Amicis, Theophile Gautier y, recientemente, Orhan Pamuk, con su Estambul, ciudad y recuerdos (Mondadori, 2006). ¿Qué autores recomienda usted para acercarse, de un modo literario, a Constantinopla?

El libro más completo sobre el Bizancio que aún puede encontrarse en Estambul se titula Strolling through Istambul, de Hilary Sumner Boyd y John Freely. Posteriormente, Freely ha seguido escribiendo libros sobre Estambul y creo que ha sabido capturar el espíritu de Bizancio con gran precisión. El libro de Philip Mansell, Constantinople, arranca en 1453, pero el autor también se preocupa de demostrar cómo los otomanos construyeron su realidad sobre fundamentos bizantinos.

Mirando escritores más lejanos, Pierre Loti es uno de los que evoca Bizancio con más efectividad. No obstante, creo que Mi nombre es rojo (Debolsillo, 2009), de Pamuk, así como algún título más del mismo autor, proporcionan ejemplos de lo más sorprendentes sobre la ciudad.

Ficha del libro

Bizancio. El imperio que hizo posible la Europa moderna
Autor Judith Herrin
Debate
Colección Debate
ISBN 9788483068144

Copyright © Álvaro Colomer, Debate. Cortesía del departamento de prensa de Random House Mondadori. Reservados todos los derechos.


Durante mil años, un extraordinario imperio hizo posible que Europa alcanzara la modernidad: Bizancio. Esta breve y fascinante obra descarta el enfoque cronológico de las historias habituales para hablar de la arquitectura, la religión, la guerra, los personajes y mucho más.

Nos hallamos ante la mejor historia del imperio bizantino publicada hasta el momento, en una lujosa edición. Su autora, Judith Herrin logra una historia más amena y accesible del imperio, desde la fundación en 330 de su magnífca capital, Constantinopla (la actual Estambul), hasta su caída ante los otomanos en 1453.

Judith Herrin es, sin ningún género de dudas, la máxima autoridad en Bizancio, un imperio que ha analizado desde distintas perspectivas en cada uno de sus libros, entre los que cabría destacar The Formation of Christendom, Miscelánea medieval (Grijalbo, 2000) y Mujeres en púrpura: soberanas en el medievo bizantino. Pero esta profesora de Historia Antigua en el Kings College de Londres, así como arqueóloga en la British School at Atens, no tenía suficiente con aquellos ensayos.

Así que ahora publica Bizancio. El imperio que hizo posible la Europa moderna (Debate), sin duda el estudio definitivo sobre una cultura que tendió puentes –y levantó barreras– entre la Europa cristiana y el oriente musulmán. Tratando de acercarse al lector profano, pero sin desvincularse de la mirada académica, Bizancio ofrece una perspectiva político-cultural de unos de los imperios más vilipendiados, aun cuando desconocidos, de la nuestra antigüedad.

Usted ya abordó el tema de Bizancio en libros como La formación de la cristiandad y Mujeres en púrpura. Y ahora, por si había dudas, demuestra que es la máxima autoridad en la materia publicando Bizancio. ¿Qué le fascina tanto de aquel imperio?

Bizancio siempre me ha fascinado, principalmente por su influencia más allá de las fronteras de su propio imperio. Una influencia hoy visible en el arte medieval presente en muchos países y en la acumulación de monedas de oro en la Europa del Norte, ambas circunstancias que reflejan tanto su prestigio cultural como sus contactos comerciales por todo el Mediterráneo.

Además, todavía hay mucho que descubrir sobre Bizancio (su gobierno centralizado, su corte imperial, su arte, su arquitectura…). Por otra parte, la influencia externa de Bizancio permite crear un marco comparativo de análisis que contraste las características específicas de ese imperio con las de otras sociedades medievales.

De hecho, en mi tesis doctoral ya contrapuse la realidad de la Antigua Grecia antes y después de la Cuarta Cruzada (1204). Evidentemente, era un asunto demasiado extenso para una única tesis, pero me impulsó a seguir comparando Bizancio con el Medievo occidental y con sus otros vecinos: árabes, armenios, georgianos, etc.

Uno de mis primeros libros, The Formation of Christendom, contrastaba el desarrollo de la teología cristiana y las estructuras de las Iglesias en la Alta Edad Media, algo que me llevó a analizar la situación de España bajo dominio visigodo. ¡Y me sorprendió descubrir que muchos aspectos de aquella monarquía tenían antecedentes romanos y, por tanto, bizantinos!

En la introducción de su libro usted señala que hay una sobreabundancia de libros sobre la historia de Bizancio. Para contrarrestar esta abundancia, usted escribe este libro con el ‘deseo de mantener el interés del lector hasta el final, de modo que sienta que ha llegado a conocer una nueva civilización’. ¿Cuáles son los principales errores que ha detectado en los otros libros que se han escrito sobre Bizancio?

Muchos libros aportan análisis muy interesantes de determinados especialistas. Son estudios que profundizan en el imperio y nos muestran detalles sorprendentes sobre su historia y su arte. Pero hay otros libros que, más que estar llenos de errores, tienen un punto de partida equivocado a la hora de explicar qué ocurrió durante la época bizantina, limitándose a hacer listados de los emperadores, patriarcas y otros miembros destacados de la sociedad.

A menudo esos libros prestan excesiva atención a los acontecimientos políticos y militares, y en última instancia añaden, casi a modo de relleno, algunos datos sobre los aspectos culturales y artísticos. Además, a veces ni siquiera se esfuerzan por explicar por qué aquel imperio sobrevivió tanto tiempo.

En este sentido, mi libro no está dirigido a los especialistas, lo cual no implica que yo no desee que dichos especialistas encuentren datos de interés, sino que está escrito con la intención de despertar el interés de los lectores que no sepan nada sobre Bizancio. Mi intención durante el proceso de escritura ha sido mantener la atención de esos profanos, mostrándoles Bizancio desde una perspectiva diferente y seleccionando los rasgos de la sociedad más interesantes.

Usted afirma que ‘el moderno estereotipo de Bizancio es el de un gobierno tiránico ejercido por afeminados, unos hombres cobardes y unos eunucos corruptos, obsesionados con rituales vacuos, y una burocracia interminable, compleja e incomprensible’. Además, señala a ciertos autores, como Montesquieu y Voltaire, o investigadores, como William Lecky y Edward Gibbon, para justificar la creación de esa imagen distorsionada. ¿Qué circunstancias históricas han acabado logrando que la palabra ‘bizantino’ tenga connotaciones negativas?

Explico las circunstancias históricas de esta negatividad en el capítulo donde abordo el Siglo de las Luces en Europa, una época en la que la gente tenía poca simpatía por todo lo bizantino.

Desafortunadamente para ese imperio, los comentarios negativos de autores como Voltaire y Gibbon influyeron en todo el mundo, en parte por la claridad de sus textos. Por supuesto, estos autores en verdad estaban hablando, de un modo indirecto, sobre la monarquía absolutista de Luis XIV y sobre la cultura de Versalles, que el rey modeló al estilo de Bizancio.

Sabiendo esto, se entiende el contexto en el cual Voltaire y Gibbon hicieron sus denuncias sobre la corte imperial, los eunucos, las intrigas palaciegas, la burocracia y otros aspectos de la cultura bizantina. Por desgracia, aquella condena al imperio bizantino sobrevivió a Voltaire y Gibbon, así como a los demás autores, y en la actualidad continúa arraigada en el imaginario colectivo.

Suprimir esa visión negativa llevará mucho tiempo, y todavía hará falta más para desarrollar nuevas estrategias de aproximación a Bizancio. Los viejos tópicos continúan vigentes en la actualidad y muchos periodistas siguen usando el término ‘bizantino’ con intención peyorativa.

Por supuesto, hay un punto de verdad en esas críticas, sobre todo en lo referente a la excesiva burocratización del estado bizantino, pero no se puede olvidar que todas las culturas antiguas, absolutamente todas, son recordadas desde perspectivas en muchas ocasiones negativas.

Antes de sufrir constantes ataques por parte de los cruzados cristianos y los árabes invasores, Bizancio desarrolló las primeras tradiciones monásticas del cristianismo, pero al mismo tiempo contribuyó a la creación de las primeras mezquitas cubiertas del mundo musulmán. ¿Qué podemos aprender actualmente sobre los aciertos y los fallos que cometió Bizancio para frenar el ‘choque de las civilizaciones’ en el que llevamos sumidos desde principios del milenio?

Desde el principio Bizancio tuvo acceso a los grandes logros de la Antigua Grecia (una extraordinaria cultura pagana, tanto artística como científicamente hablando), que adaptó y se apropió, como ocurrió con la ‘Odisea’ de Homero, las matemáticas, la oratoria, la poesía, etc. Bizancio combinó todo eso con su profunda fe cristiana, creando unos monjes, sacerdotes y obispos que tendían al estudio.

Los monjes del primer cristianismo no estuvieron demasiado interesados por la cultura clásica, pero en el Medievo la gente culta de Bizancio conocía en profundidad la cultura de la Antigua Grecia. Todo esto significaba que los bizantinos tenían muchas cosas que ofrecer a los musulmanes y a los cruzados, dado que tradujeron los textos clásicos al árabe y al latín, consiguiendo frenar lo que hoy llamaríamos el ‘choque de las civilizaciones’, un concepto contemporáneo que no me gusta nada.

También afirma usted, y lo repite en varias ocasiones, que ‘Bizancio hizo posible Europa’. ¿Qué debemos los europeos contemporáneos a Bizancio?

Estoy convencida de que, si Constantinopla hubiera caído en las primeras oleadas de invasiones procedentes de oriente, los árabes habrían conseguido entrar primero en los Balcanes y luego en Europa.

En el siglo XV los italianos llegaron a temer que los turcos otomanos hicieran lo mismo, idea que se basaba en el miedo profundo a la capacidad de los árabes, seliúcidas y turcos para hacerlo. Y no hay duda de que los musulmanes soñaban con recrear la dominación romana del Mediterráneo, pero teniendo como punto de partida la ciudad de Constantinopla, que quisieron ocupar en varias ocasiones.

Sin embargo, Constantinopla rechazó esas invasiones. En los siglos VIII y IX Europa había alcanzado un gran poder y ya estaba preparada para defenderse a sí misma, y en el año 1100 ya existía un auténtico concepto de Europa, con fuerzas militares y una identidad cristiana opuesta a la identidad musulmana. Pero en siglos anteriores los europeos no habrían sido capaces de detener una invasión árabe.

Es por esto por lo que digo que Bizancio hizo posible Europa.

Durante sus excavaciones arqueológicas en Chipre, usted encontró los restos de un esqueleto femenino en las ruinas del castillo de Saranda Kolonnes. Las mujeres tuvieron un papel fundamental en Bizancio. ¿Podría explicarnos qué es el ‘femenino imperial’?

El ‘femenino imperial’ es la forma de identificar el rol que adoptaron muchas mujeres en Bizancio. Por norma general, el sexo femenino se limitaba a jugar el papel de familiar cercano al poder, siendo en muchas ocasiones las esposas de altos dirigentes o dando a luz a dirigentes que eran demasiado jóvenes para gobernar, lo cual hacía que fueran sus madres quienes asumían las responsabilidades imperiales y quienes acababan adoptando un rol absolutamente masculino.

Un ejemplo excepcional es el de la emperatriz Irene, del siglo VIII, pero hay otros. Estas mujeres personifican el concepto de ‘imperial femenino’. Lógicamente, esto no tiene mucho que ver con las mujeres corrientes de Bizancio, como la que encontramos sepultada por el terremoto de Paphos al que haces referencia.

Sin embargo, el hecho de que algunas mujeres acabaran ejerciendo la autoridad suprema imperial, hizo que las otras aprendieran a emular esas actitudes en sus propios hogares. Estableciendo una comparación, podríamos decir que el poder al que accedieron algunas mujeres de Bizancio dista mucho de la situación que vivieron las mujeres en la antigua Roma, donde tenían cierta influencia sobre el poder, pero donde no se las permitía actuar de un modo directo sobre los aspectos prácticos del gobierno.

Usted señala que todavía podemos encontrar restos de Bizancio mirando los mosaicos del ‘mihrab’ de la Mezquita de Córdoba, encargados por el califa del siglo X al-Hakam II. ¿Podemos detectar otros indicios de Bizancio en España?

Desafortunadamente, hay menos restos de Bizancio en España que en otros países occidentales. El ‘mihrab’ de la Gran Mezquita de Córdoba es un claro ejemplo de la influencia bizantina y de la técnica arquitectónica. Pero existen registros escritos que demuestran que los contactos entre esos dos extremos del Mediterráneo fueron continuos a lo largo de todo el periodo medieval, y proporcionan datos que demuestran la relación que mantuvieron los visigodos y los árabes afincados en la Península Ibérica con Constantinopla.

Los lectores occidentales conocemos la ciudad de los tres nombres (Bizancio, Constantinopla y Estambul) a través de Gérard de Nerval, Edmundo De Amicis, Theophile Gautier y, recientemente, Orhan Pamuk, con su Estambul, ciudad y recuerdos (Mondadori, 2006). ¿Qué autores recomienda usted para acercarse, de un modo literario, a Constantinopla?

El libro más completo sobre el Bizancio que aún puede encontrarse en Estambul se titula Strolling through Istambul, de Hilary Sumner Boyd y John Freely. Posteriormente, Freely ha seguido escribiendo libros sobre Estambul y creo que ha sabido capturar el espíritu de Bizancio con gran precisión. El libro de Philip Mansell, Constantinople, arranca en 1453, pero el autor también se preocupa de demostrar cómo los otomanos construyeron su realidad sobre fundamentos bizantinos.

Mirando escritores más lejanos, Pierre Loti es uno de los que evoca Bizancio con más efectividad. No obstante, creo que Mi nombre es rojo (Debolsillo, 2009), de Pamuk, así como algún título más del mismo autor, proporcionan ejemplos de lo más sorprendentes sobre la ciudad.

Ficha del libro

Bizancio. El imperio que hizo posible la Europa moderna
Autor Judith Herrin
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Colección Debate
ISBN 9788483068144

Copyright © Álvaro Colomer, Debate. Cortesía del departamento de prensa de Random House Mondadori. Reservados todos los derechos.

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