Luchas religiosas en Alemania

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En la dieta de Worms (1521) el emperador había proscrito a Lutero y sus partidarios, entre los cuales se contaban bastantes príncipes del imperio.

Carlos V consideraba desde aquel momento el luteranismo como una herejía, permaneciendo fiel a la doctrina católica, no sólo por convicción personal, sino por conveniencia política.

Sucesor de los Reyes Católicos, dueño de Flandes, de una gran parte de Italia y jefe del Sacro Imperio, cuya corona recibían los soberanos alemanes de manos del pontífice desde los tiempos medios, se creía obligado a conservar y defender las creencias de sus antepasados y el culto hereditario, al que permanecían fieles sus numerosos súbditos.

Pero los múltiples asuntos de su complicado gobierno, las continuas guerras con Francia, contra los turcos, etc., le habían impedido llevar a la práctica sus proyectos contra los herejes.

Además, necesitando el apoyo de los príncipes alemanes, se vio obligado a otorgarles concesiones, permitiendo a cada uno que resolviera las cuestiones religiosas de sus respectivos territorios con arreglo a su conciencia, difiriendo la solución definitiva a la reunión de un concilio general.

Entre tanto la Reforma luterana hacía grandes progresos, secundada principalmente por la clase media de las ciudades, por los humanistas y por la juventud, que veía en ella la bandera de la independencia intelectual y política de Alemania.

Alarmado el emperador y hecha la paz con el pontífice, prohibió en la dieta de Spira (1529) que se hicieran innovaciones, disponiendo que todos obedecieran el edicto de Worms, que no se impidiera en ningún estado alemán la celebración de la misa, y que ninguna corporación eclesiástica fuera despojada de sus derechos.

Contra este decreto protestaron algunos miembros de la dieta, que en 10 sucesivo recibieron, ellos y los adherentes a las nuevas doctrinas, el nombre de protestantes.

En 1530 Carlos V reunió de nuevo la dieta en Augsburgo, con intención de hacer cesar la discordia.

Los protestantes presentaron su confesión religiosa redactada por Melanchton, manifestando que «no pretendían fundar una nueva Iglesia, sino restituir a la de Cristo su pureza primitiva».

Después de largas controversias, católicos y protestantes no lograron avenirse, y estos últimos, abandonando la Dieta, se prepararon para la guerra.

Rigurosas medidas fueron dictadas por los católicos contra sus adversarios, comenzando las persecuciones judiciales contra los usurpadores de los bienes eclesiásticos.

Los protestantes, atemorizados, formaban la liga de Smakalda (1531), «contra cualquiera que inquietase a alguno de los ligados por motivo de la religión».

Amenazadas las fronteras de Austria y de Hungría por los turcos, con fuerzas imponentes, el emperador, para conjurar el peligro, aplazo la guerra con los protestantes, firmando con ellos la paz de Nuremberg, concertando ambas partes no acudir a las armas y esperar la resolución del concilio, para el que instaba Carlos V urgentemente al Papa.

Cuando Carlos V hubo llevado a término feliz todas sus empresas guerreras y diplomáticas, emprendió la tarea de reducir los príncipes del imperio a la creencia católica.

El pontífice, Paulo III, le ayudó con dinero y soldados.

Comenzó el emperador por atacar la liga de Smakalda, debilitada por querellas intestinas entre los que la constituían.

El duque Mauricio de Sajonia, uno de los príncipes protestantes más poderosos de Alemania abandonó la causa de sus correligionarios, pasándose a la del Emperador, quien prometió otorgarle la dignidad electoral y un aumento territorial en sus estados.

Carlos V encontró temible resistencia entre los confederados en Smakalda, cuyos jefes principales eran Juan Federico, elector de Sajonia, y el landgrave de Hesse, Felipe el Magnánimo, que avanzaban contra el emperador con un ejército de ochenta mil hombres.

Carlos, al frente de sus tropas españolas, flamencas, italianas y alemanas, les atacó, venciéndoles en Ingolstad (1546) Y al año siguiente en Mulhberg, batalla que inmortalizó Tiziano, ruidosa victoria que puso Alemania a discreción del emperador.

Alarmado el pontífice Paulo III del triunfo de Carlos V y temiendo que la omnipotencia imperial fuese excesiva para los intereses de la sede romana, cambió de política.

El concilio general, cuya convocatoria había pedido Carlos V al papa Clemente VII y después a Paulo III, como único medio de pacificar las conciencias, había sido convocado en Trento y celebrado sus primeras sesiones.

El papa transfirió el concilio a Bolonia (1547) y suspendió después de golpe las sesiones; en vista de lo cual el emperador procedió a resolver la cuestión religiosa, promulgando el Interin (1548, en Augsburgo), especie de transacción entre el catolicismo y el protestantismo, por lo cual concedía a los protestantes la comunión en las dos especies y el matrimonio de los clérigos, conservando la jerarquía y el culto católicos.

Este famoso edicto descontento a católicos y protestantes.

Entonces Mauricio de Sajonia, que había hecho traición a los protestantes y obtenido del emperador cuanto había deseado, renovó sus tratos con aquéllos y con el rey de Francia, traicionando a su soberano.

Mauricio, que se hallaba sitiando la ciudad de Magdeburgo por cuenta del emperador, marchó bruscamente sobre Insbruck, de donde tuvo que huir Carlos V, a uña de caballo, para no caer en manos del traidor y sus secuaces.

Carlos V, desconcertado, autorizó a su hermano Fernando para que firmara una tregua, y convocó de nuevo la Dieta de Augsburgo, en la cual los protestantes obtuvieron: 1º, la libertad de conciencia; 2.° la igualdad política con los católicos.

Tal fue la paz de Augsburgo.

La libertad religiosa se aplicaba únicamente a los príncipes, no a los súbditos.

Los habitantes de cada territorio venían obligados a practicar la religión que el príncipe les imponía.

Además, el beneficio de la paz religiosa quedaba limitado a la secta luterana, mientras una ley, llamada la reserva eclesiástica, establecía la pérdida de bienes y dignidades para los que en lo sucesivo se adhiriesen a la doctrina protestante.

La reforma triunfó en Alemania del norte, mientras que los príncipes del sur, en su mayor parte, permanecieron adictos al catolicismo.

El triunfo de la Reforma fué facilitado por la división política de Alemania, a la vez que su adopción debilitó el poder imperial, aumentando el de los príncipes, herederos de los bienes eclesiásticos y señores absolutos del clero en sus respectivos territorios.

Nota sobre el autor: Rafael Ballester y Castell (Palma de Mallorca, 22 de agosto de 1872 - Tarragona, 17 de agosto de 1931) fue periodista, bibliógrafo, pedagogo y erudito historiador. Entre sus obras, destacan Las fuentes narrativas de la Historia de España durante la Edad Media, 417-1474 (1908), Clío. Iniciación al estudio de la Historia (1913) –de la que extraemos este artículo para The Cult– , Geografía de España (1916) y Apuntes de Historia de la civilización española en sus relaciones con la universal (1927). Las obras originales de Rafael Ballester y Castell se encuentran en dominio público, pues sus derechos de autor han expirado una vez transcurridos ochenta (80) años tras la muerte del autor.

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