
Jazz al sur. Historia de la música negra en la Argentina, Sergio Pujol, Emecé Editores, Buenos Aires, 2004, 301 pp.
Tiene razón Chesterton cuando afirma que nunca llegaremos a una completa escuela de la crítica mientras que la palabra sentimental se juzgue como un término de descrédito.
Sin ir más lejos, de esa cualidad se encuentran múltiples ejemplos en Jaz: al sur, siempre en beneficio de una formidable pesquisa, abarrotada de documentos y ordenada con rigor.
Dicho de otro modo: el autor, Sergio Pujol, informa y conmueve, alternando ambos ejercicios con una soltura que debiera servir de lección a quienes aún creen que para revisar la historia es preciso fruncir el ceño.
Confiesa Pujol que la primera edición de su monografía, editada a fines de 1992, originó un cierto alboroto en el gremio rioplatense del jaez.
No deja de ser curioso que, hasta ese momento, ningún cronista se hubiera decidido a explorar las formas de relación de los argentinos con esta música, con esta especie de exuberancia afroamericana.
Esa timidez responde a un cálculo inevitable, desde luego, pero pensemos en ella para comprender el carácter excepcional de este libro.
Acaso por carecer de precedentes, la obra se aferra al entusiasmo, y ello no constituye una falta, sino un mérito.
El acopio de nuevos datos enriquece ahora su originalidad.
Por decirlo claramente: el jaz: proporciona asideros para entender el trasiego cultural del siglo XX; la tónica de una época sincopada e hipnótica.
Pujol añade otro mérito, y es que también nos enfrenta al problema de la identidad como construcción política.
De otra parte, esta música fomenta una fusión de estilos, un despilfarro que concuerda con el ambiguo gusto de la modernidad.
Se mire como se mire, esa juguetona irresolución del jaz; no es respetuosa con los viejos hábitos, ni aun teniendo en cuenta su ya centenaria tradición.
El nuevo estilo penetró en el Cono Sur al tiempo que se desmoronaba la belle époque.
«Cuando yo era joven –escribe Julio Cortázar–, el jazz llegó a la Argentina en aquellos discos de 78 revoluciones que pasaban por radio. Y así fue que en medio de nuestra música folclórica y sobre todo el tango, se deslizó un cierto Jelly Roll Morton, después Louis Armstrong y la gran revelación que fue Duke Ellington».
Los discos de pasta dan fe de tales novedades.
Con una remisión directa a Nueva Orleans, orquestas como la jazz–band de Adolfo Carabelli se pusieron tempranamente en danza.
Una década después, el swing se adecuó de "maravilla a la melancolía de los años treinta, invitando a ese dinamismo insomne que defendieron agrupaciones como la banda Dixie Pals y la orquesta Santa Paula, fundada y dirigida por el guitarrista Raúl Sánchez Reynoso.
En una nueva parábola, vocalistas como Blackie y Lois Blue no tardaron en ponerse a cantar, primero por emulación, luego por genuina inspiración.
De modo consciente, la ruta del jazz argentino estaba determinada por los raíl es norteamericanos.
Por eso mismo, análogas big bands encarnaron el sonido de los cuarenta en Buenos Aires y en Nueva York.
En paralelo, los sextetos y octeto s fueron brindando un poco de sangre propia.
Y lo mismo vale para los solistas (el pianista Enrique Villegas, el guitarrista Oscar Alemán, el violinista Hernán Oliva) que levantaron su vuelo en tiempo de guerra.
En 1948 se fundó el Hot Club de Buenos Aires.
Una vez perdido el vigor de los ministros del swing, creció el bebop con el auxilio de nuevos cómplices y teóricos.
A esta vanguardia del jazz se sumaron, entre otros muchos estilistas, Jorge López Ruiz y Horacio Malvicino.
Con razón insiste Pujol en que el bop se nutrió de dos generaciones: la de Enrique «Mono» Villegas y la del cosmopolita Lalo Schifrin.
Se me ocurre que hay un fuerte vínculo entre ambas empresas, un insistente bordón que salta de los pliegues de la partitura.
Por descontado, esa voz familiar suena ahora más grave que entonces.
A grandes rasgos, la secuencia continúa así: tras tomar alojamiento en el free jazz, el saxofonista Leandro «Gato» Barbieri tejió su propia rutina, famosa en medio mundo.
Al pactar su vasallaje con la moda, músicos como Jorge Navarro formularon otras aleaciones, al estilo del jazz–rock.
Corría ya la década de los setenta. Tiempo de exilio –el jazz es un ruido intolerable para los dictadores– y ocasión para el mestizaje.
Aquí no hay tema que se sostenga sin la improvisación: mientras Jorge Dalto se convertía en el primer argentino identificado con ese estilo latino que aún triunfa en Estados Unidos, el trompetista Gustavo Bergalli exaltaba al público escandinavo con un lenguaje que no requiere traducción.
En adelante, se ve que el teatro del jazz revivió con la democracia.
En esta nueva hilera de mercancías, el genio de los veteranos –un discurso urdido con reminiscencias del destierro– ya se ha sumado a los nuevos talentos.
Entre estos últimos, por cierto, no faltan los amantes de la fusión, como los tangueros Adrián Iaies y Pablo Aslan, quienes, a su modo, defienden la herencia de Piazzolla, el gran protector de los mestizos.
En Argentina, la actualidad del jazz brinda nuevas ocasiones para sentirse aficionado.
El autor identifica a esos oyentes de última hora: culturalmente abiertos, y a la vez, muy selectivos.
Quizá por esto, un guitarrista como Luis Salinas sea mucho mejor conocido (y también más escrupulosamente analizado) que sus antecesores en la misma cofradía.
En contraste con lo ocurrido entre los años setenta y ochenta, Pujol confirma la existencia de jóvenes interesados en el pasado del jaez, en sus grabaciones históricas, en sus anécdotas y daguerrotipos.
Sospecho que la referencia a este trabajo será obligada para ellos y para cuantos deseen conocer la deriva argentina de este género universal.
Copyright © Guzmán Urrero. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. Reservados todos los derechos.
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