
Ha pasado ya 2005, el año quijotiano, quijotesco, quijotista, quijófíco, quijotítico o como quiera denominárselo, que de todas estas maneras y, seguramente, muchas más, lo habría hecho el propio Cervantes.
Ha habido abuso del emblema, hasta con buenos resultados turísticos.
El saldo científico y literario es mucho más modesto. En todo caso, si las celebraciones han servido para ampliar el número de lectores sumidos en el Quijote, corresponde aceptar el esfuerzo, el gasto y hasta el malgasto.
En 1921 se celebró en Italia el sexto centenario de la muerte de Dante. Era entonces ministro del ramo el escritor Benedetto Croce, quien decidió reducir los fastos al mínimo y dedicar la mayor parte del presupuesto a ediciones baratas del celebrado.
Desde luego, Italia era entonces un país pobre y España es hoy un país rico. Pero el criterio sigue en pie.
Estas conmemoraciones tienen, al menos, dos riesgos. Uno es convertir el libro cervantino en un enojoso monumento nacional, solemne y hermético, un libro con el cual no se puede convivir y al cual se aloja en una estantería como quien guarda los restos de un familiar muerto en un obituario municipal. Todo clásico está vivo y por eso responde a su naturaleza.
Dialogamos con él, imaginamos que nos escucha y responde a nuestras demandas. El otro riesgo es el contrario: creer que el Quijote es un libro leve y divertido, en el peor sentido de la palabra, es decir: distractivo, divagante y pasajero. Lo que hay en Cervantes es ironía, o sea trato de buen humor respecto a las cosas más graves de la vida.
Cuando se ríe Cervantes, más allá de la distancia irónica, se le salta alguna lágrima. Y, según su calidad de gran artista, evita la congoja y elude el sollozo.
Hay que evadirse de la litúrgica solemnidad y transitar hacia el razonamiento irónico de Cervantes, quien ha puesto en cuestión las instituciones de la literatura: el estilo elevado, la realidad del personaje, los géneros y, especialmente, la figura del autor.
No hay autoridad en el Quijote sino libertad. Es lo que consigue la obra de arte que alcanza su incesante y viva plenitud: liberarnos y dejarnos en la lucha incierta con el mundo que denominamos, precisamente, libertad.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos
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