
Monterroso es el autor de un cuento brevísimo y fascinante: "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí". Narrador de genio y ensayista ingenioso, escribió obras que fascinan a lectores de todo signo y condición. Por eso mismo, recibió premios como el Villaurrutia (1975) y la condecoración del Águila Azteca (1988).
El guatemalteco Monterroso nació en 1921, en Tegucigalpa. A este paréntesis hondureño le sigue una juventud apasionada, singularmente en los márgenes de lo político. A tal extremo, que desde 1944 hubo de exiliarse en México, donde se desarrollo su carrera literaria.
Desdeñando los géneros de largo aliento, el escritor optó por la extensión breve, propia del relato corto y de la fábula. Vinculado al grupo intelectual de la revista Acento, combinó este apasionamiento por las letras con una actividad militante a favor de la democracia en su país de origen.
A pesar de la tormentosa circunstancia social y política que atravesaba Guatemala por estas fechas, Monterroso pudo hallar cierta dicha en la publicación de sus obras. En 1959 aparecía en México una admirable antología de cuentos breves, Obras completas (y otros cuentos). Coloreando su estilo, tan preciso, con aires irónicos, el debutante se hacía acreedor de una admiración más que notable por parte de crítica y público.
Con todo, su maestría en este ámbito no lo animó a prodigarse en exceso, y sus libros fueron apareciendo entre largos intervalos de silencio. La oveja negra y demás fábulas llegó hasta los lectores en 1969 y Movimiento perpetuo en 1972.
Jugando con las convenciones de la biografía literaria, inventó el personaje de Eduardo Torres y le dedicó un libro original y apasionante, Lo demás es silencio (1978). Más adelante, situado a medio camino entre el diario y la colectánea ensayística, volcó sus intereses en libros como La palabra mágica (1983), La letra E (1987) y La vaca (1999).
Además de rebuscar en su memoria más temprana en Los buscadores de oro (1993), compiló una Antología del cuento triste (1993). Muy justamente, fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2000.
A su muerte, ocurrida tres años después, Mario Vargas Llosa escribió lo siguiente: «Lanzaba sobre las personas y las cosas una especie de visión, por una parte, muy generosa y solidaria, sobre todo con los débiles, los humildes y, al mismo tiempo, muy irónica contra todas las pompas y vanidades de este mundo y de una extraordinaria calidad. Era un artista eximio» («Un humor muy fino, elegante e irónico», en ABC, 9 de febrero de 2003, p. 53).
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.
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