El año 2000, fin o comienzo de siglo o ambas cosas a la vez, coincidió con los veinte años de la muerte de Jean-Paul Sartre.
Quizá la coincidencia sea igualmente de dirección contraría. Así lo entendió Bernard–Henri Lévy al publicar Le siécle de Sartre. Enquete philosophique (edición Bernard Grasset).
No deja de sorprender que, entre idas y vueltas, el libro descerraje un claro elogio de Sartre.
Lévy, tenaz anticomunista, podría haberse molestado al revisar las torres de papel elevadas por Sartre en alabanza de los llamados socialismos reales o autoritarios. Pero no lo hace.
No es que las pase por alto sino que las balancea con otros ingredientes de eso que él se decide a denominar el siglo de Sartre, así como se dice «el siglo de Augusto, de Luis XIV o de Napoleón».
No caricaturizo: Sartre representa, a su manera, el imperio universal de la cultura francesa, su expansión napoleónica, cuyo modelo es la Roma augustea y sus recaídas, las otras dos figuras coronadas. No estuvo solo Lévy en la conmemoración y sin olvidar que Sartre cuenta ya con una estatua en los jardines de la vieja Biblioteca Naciónal de París y que desde hace un cuarto de siglo se editan los Etudes sartriennes en la universidad de Nantes (París X, si se prefiere).
Es decir que estamos ante una figura canónica, un monumento en el nutrido panteón de las glorias letradas de Francia.
Una enésima ola de estudios aprovechó la fecha y el obeso volumen de Lévy pareció justificar su atrevido título.
Lo hizo de modo sartreano. En efecto, el libro es farragoso, inarticulado, repentista, excesivo e inconcluyente. A veces se desliza por la prosa cancilleresca y el embutido sintáctico propios de la filosofía de cátedra alemana; a veces cede al lirismo conceptual trufado de bizantinismo jesuítico del ensayo francés: dos extremos que se disputan, a menudo, la prosa sartreana.
Exagera su entusiasmo patriótico (finalmente no hay patriotismo sin exageración), intentando menoscabar las influencias foráneas en Sartre a favor de las locales. Abunda también en momentáneos análisis inteligentes y no se ahorra crueldades equivalentes a las del maestro de Montparnasse. En fin: una constelación muy adecuada al modelo.
Me quedo un momento en la fórmula: el siglo de Sartre. Parece abusiva, pero no lo es en cuanto la manipula Lévy.
No se trata de un siglo centrado en Sartre, que no es central en ningún ramo, sino en la figura sintomática de Sartre, esquina donde soplan y se enfrentan todos los vientos del siglo, sin alcanzar ninguna síntesis conciliatoria.
El Sartre de Lévy –y esto resulta lo más interesante de su propuesta, en mi opinión– es el filósofo de la ambigüedad o, por mejor decir, de todas las ambigüedades del siglo XX.
Como es sabido, no estamos ante la primera puesta en moda de Sartre. Sí, ante el enésimo peligro de que pase, una vez más, de moda. Pero así es la dinámica del mercado intelectual de estos tiempos.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos
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