
Howard Phillips Lovecraft nació el 20 de agosto de 1890 en Providence, Rhode Island. Lovecraft era, pues, natural de Nueva Inglaterra, una zona del este de los Estados Unidos cercana a Canadá y compuesta por seis estados: Maine, New Hamphire, Vermont, Massachusetts, Connecticut y Rhode Island.
Es un área de gran belleza natural y de gran encanto turístico, con emblemáticas construcciones del pasado, como sus casas de madera de la época victoriana. Además es una de las zonas más ricas del país económica y culturalmente, con prestigiosas universidades. También es una zona puritana y conservadora. Hablamos también de la cuna del pueblo americano.
A esas costas fue donde en 1620 el “Mayflower” arribó desde Europa.
Nueva Inglaterra ha visto nacer a muchos de sus grandes escritores del género del terror: Nathaniel Hawthorne, Stephen King... y por supuesto, Lovecraft.
Su padre, Winfield Scott Lovecraft, era un presuntuoso viajante de comercio que aprovechaba incluso su pomposa forma de hablar para jactarse de su origen británico (su abuelo emigró desde Inglaterra en 1827).
Se casó, ya mayor, con la sola idea de tener una descendencia legítima y de buena sangre, pues para otras cosas ya tenía a las prostitutas que frecuentaba. Por ello escogió como esposa a Sarah Susan (Sussie) Phillips, procedente de una vieja familia de Nueva Inglaterra. Gracias a los buenos negocios del padre, podían calificarse de “nuevos ricos”.
Por desgracia, Sussie no había heredado de su padre un carácter enérgico, emprendedor y extrovertido. Todo lo contrario, era una persona llena de excentricidades a quien le gustaba fantasear y considerarse superior a los demás.
Debió de ver en Winfield Scott Lovecraft su única oportunidad para no quedarse soltera (se casó con 31 años). No podemos saber si la vida de Lovecraft hubiera cambiado mucho de haber tenido junto a él no sólo a su madre, pero el caso es que pudo sentir muy poco la influencia paterna.
Su padre fue ingresado en un hospital cuando él sólo contaba tres años. Aunque parecía que se trataba sólo de un acceso de locura provocado por el exceso de trabajo, no volvió a salir de allí. Murió a causa de la sífilis cinco años después.
El niño Lovecraft, de tan sólo ocho años, no sintió en ningún sentido la muerte de un padre que nunca le había resultado cercano. Tras la muerte de su esposo, Sussie padeció un desequilibrio mental que, lejos de desaparecer, progresó con los años. Concentró todas sus manías en la figura de su hijo, que se convirtió en su único vínculo con la horrible realidad de la que creía ser víctima.
Su único aliado para combatir esta realidad fue ese niño a quien profesó amor y odio durante toda su vida. Sussie le sobreprotegió, malcrió y consintió en exceso, convirtiéndole en un crío inútil. Le cargó de inseguridades al negarle el amor físico de una madre (el simple contacto con su propio hijo le horrorizaba) y lanzarle los más duros insultos sobre su aspecto (no paraba de decirle que era horrible y enfermizo).
Y sin embargo, presumía del talento creador del pequeño, al que reconocía como un gran poeta, precisamente la faceta menos afortunada Lovecraft.
Sussie no fue nunca una madre modelo. Por una parte, parecía querer alejar a su hijo de sí misma como recuerdo de todo lo que su marido había sido, y quizás como represalia por no ser la niña que Sussie hubiera preferido. Y por otra parte, temía perderle, como lo único que le quedaba en un mundo depravado. De ahí que le sobreprotegiera en tal medida.
La niñez de un creador
Aunque la muerte de su padre le privó a H.P. Lovecraft de una figura masculina con la que modelar su carácter, durante su infancia se crió bajo la influencia directa de su abuelo materno Whipple Phillips.
Era éste un hombre hecho a sí mismo que había conseguido establecer a su familia en la alta sociedad de Providence. Se trataba de un hombre más mundano y vivaz que su madre, pero tampoco supo encaminar hacia el mundo real y práctico a su nieto. Contribuyó a su sobreprotección y consintió la mala crianza que Sussie le estaba dando.
El paraíso perdido de Lovecraft se representa en la mansión de su abuelo, en el número 454 de Angell Street, Providence.
En esta majestuosa casa, Lovecraft pasó prácticamente sus primeros catorce años, la época más feliz de su vida. Ante esta idea no es de extrañar los anhelos de regresar a la infancia que el escritor, como buen “Peter Pan”, expresó en sus relatos. El ejemplo más clamoroso de esto lo hallamos en el poético relato “La llave de plata”, toda un llanto por la infancia perdida del protagonista, Randolph Carter (alter ego de Lovecraft): “Caminaba impasible por las ciudades de los hombres, y suspiraba por que ningún escenario le parecía enteramente real, porque cada vez que veía los rojos destellos del sol reflejados en los altos tejados, o las primeras luces del anochecer en las plazoletas solitarias, recordaba los sueños que había vivido de niño, y añoraba los países eternos que ya no podía encontrar”.
Rafael Llopis, al analizar los relatos que forman el ciclo de Randolph Carter, nos comenta que todo este ciclo onírico es el más claro reflejo de la condición de Lovecraft como un niño-hombre apegado a su infancia, con eternos deseos de volver a su niñez mediante sus relatos.
Como bien indica Llopis, la infancia es el único periodo del hombre en el que se le permite vivir entre lo real y lo numinoso, entre la vida corriente y las fantasías de los juegos. Randolph Carter, como su creador, no ha triunfado en su vida de adulto, y eso que ha sido todo lo que Lovecraft hubiera deseado ser: caballero con dinero, soñador, erudito, aristocrático, con pasado militar... Aunque sí va a triunfar en su imposible vuelta a la infancia al encontrar una entrada a través del mundo de los sueños, mundo que en Lovecraft tiene mucha importancia por el poder que a le otorga como máquina del tiempo.
A la muerte de su padre, su madre y él se trasladaron a vivir a la mansión del abuelo, donde el niño Lovecraft fue una especie de preso en jaula de oro, rodeado de su abuelo, su madre y sus dos tías, que cuando no vivían ahí venían de visita. Su madre que se negaba a abrazarle, acariciarle o tan siquiera tocarle no paraba de decirle que era feo, horriblemente feo y que era mejor que no saliera a la calle para que la gente no contemplara su espantoso rostro.
En realidad, Lovecraft, aunque carente de atractivo físico, no era el ser espantoso que decía su madre. Ante las contundentes críticas de su madre, no pudo hacer otra cosa que aceptarlas como reales y de ahí su costumbre de salir a la calle a caminar de noche antes que de día. Su abuelo le paseaba desde bien niño por toda la gran casa a oscuras, para curar su miedo a la oscuridad.
Lovecraft se hizo adicto a la noche y prácticamente durante toda su vida mantuvo un horario inverso al normal: durmiendo por el día y viviendo por la noche. Derleth, en el relato “La Hermandad negra”, hace participe de esta conducta a su protagonista, Arthur Phillips (que no es otro que el propio Lovecraft): “Como había sido un niño solitario al que dejaban hacer lo que le daba la gana, debido a mi persistente falta de salud, desarrollé muy pronto el hábito de deambular por las noches, al principio sólo en la calle Angell y la vecindad donde viví durante mi niñez, y luego, poco a poco, en un círculo más amplio de mi nativa Providence (...) También me gustaba leer, y pasaba largas horas en la copiosa biblioteca de mi abuelo.”
Esta excentricidad de horario fue permitida por su familia sin más, además de otros muchos vicios y defectos. Así, se le dejaba atracarse a dulces y helados, convirtiéndole en un goloso de por vida.
No se le obligó a consumir comidas más equilibradas y necesarias para el desarrollo, con lo que Lovecraft no superó nunca su infantil odio al pescado. En esta repulsión se ha querido ver el terror supremo que sentía hacia el mar, y se ha llegado a decir que, por eso, muchos de sus monstruos proceden de este elemento.
Sin embargo, siempre vivió en zonas costeras y en muchos de sus tardíos viajes hay sentidos elogios hacia el mar; por no mencionar que sus monstruos marinos en realidad tienen su origen más allá de las estrellas. Más aún, en relatos como “La nave blanca” el mar no se representa como algo terrorífico, sino como algo cargado de conocimientos, como un sabio anciano y venerable.
Lovecraft nunca sintió especial interés por comida alguna, de hecho le gustaba estar delgado por lo aristocrático que resultaba. Uno de sus alimentos favoritos era el queso. Bebía litros de café espesamente cargados de azúcar, aborrecía el alcohol y se jactaba de no haber consumido alcohol (ignoraba que en una fiesta una vez le cargaron su ginger-ale).
Era capaz de comer varios litros de helado sin sentir empacho y platos fuertemente condimentados sin sentir ardor. Su única razón para preferir los restaurantes italianos, según él, es que en éstos se portaban bien con los gatos. En los últimos años de su vida, la comida diaria que se preparaba consistía en espaguetis o judías en lata. Ante este desalentador panorama gastronómico, no es extraño que un cáncer de colón le causara la muerte.
Y quizás en buena medida contribuyó también a la precaria salud de la que siempre se quejó Lovecraft, especialmente en su infancia y su juventud, coincidiendo con los periodos de mayor reclusión junto a su familia. Parecía ser muy enfermizo, con constantes caídas de salud que los médicos nunca pudieron achacarlo a nada concreto salvo a sus propios y delicados nervios. Pero él, a quien nunca le gustó recurrir a los médicos, no paraba de quejarse de dolores de cabeza, mareos y padecimientos más imprecisos.
Aún hoy se desconoce si muchos de estos síntomas eran puramente psicosomáticos inducidos por las chaladuras de su madre. Lovecraft padeció siempre una extraña enfermedad, el poikilotermismo. Esta dolencia le hacía muy sensible al frío. Por debajo de temperaturas inferiores a 15 grados no se sentía a gusto, y por debajo de los 6 grados era fácil que se desplomara. Por el contrario, lucía como una rosa en temperaturas superiores a 30 grados.
Esta rara anomalía quizás fuera la causante de que Lovecraft prefiriera escoger zonas frías como escenarios para sus relatos. Además del poikilotermismo, desde niño sufría fuertes y agotadoras pesadillas de las que se despertaba agotado y sudoroso. En estos terribles sueños le hostigaban unos seres monstruosos no terrestres a los que bautizó, ignorando de dónde sacó el nombre, como “alimañas descarnadas de la noche”. Esta fragilidad física fue otro candado más en su encierro familiar.
Fue un niño solitario y retraído, que apenas pudo gozar de una infancia y juventud normales, rodeado de gente de su edad. Se convirtió en una persona sumamente introvertida y odiaba las multitudes. No obstante, entre los doce y los dieciséis años, cuando más le respetaron sus crisis de salud llevó una vida normal de estudiante en el colegio e instituto.
Mantuvo más contacto con niños de su edad, pero nunca participó en juegos excesivamente físicos. Lovecraft prefería jugar a ser el jefe de una agencia de detectives que montó con otros amigos, inspirado por sus lecturas de Sherlock Holmes.












































































