
Borges, entre retrato y automitografía, Robin Lefere, Gredos, Madrid, 2005, 200 pp.
Sin la voluntad de cerrar el asunto, pero sí de perfilar, en cierta forma, un censo de invariantes borgeanas, entrega Lefere esta recomendable monografía.
Triunfa en ella el examen de las obras del argentino en sus reflejos existenciales, de calidad aparentemente monótona.
De ahí que el estudioso analice los textos en función del protagonismo y presencia pública de Borges, cultivados como un rasgo expresivo que, finalmente, le sirvió para obtener los réditos del estereotipo.
Al cabo, no es muy azaroso definir esa forma que tuvo de exaltar la propia imagen como un atributo referencial, que se formula en limitadas permutaciones: el sabio tímido, encerrado en su ayer infantil; el hacedor burgués, pozo de irreprochables intuiciones; el erudito fatigado, que recobra energía con el uso metódico de la literatura.
Lefere arranca de esta premisa: sería lícito encarar las Obras completas dentro de un espíritu de conformidad entre lo intertextual y ese ingrediente autobiográfico que, como sucede con otros aspectos referenciales, tiende a ser infravalorado.
En su recuento, el ensayista no pasa por alto que la falta de rigor puede conducir a simplezas.
Por consiguiente, no le interesan los juicios de valor derivados del purismo textualista o de una lectura candorosamente biográfica.
Ambas aproximaciones quedan descartadas en su estudio como dos caras del mismo error.
Con el fin de superar ese abordaje unilateral, típico de agrimensores, Lefere propone un sondeo del componente autobiográfico desde una perspectiva integradora, digresiva.
Pese a lo declarado en el anterior párrafo, es incuestionable que el textualismo y el biografismo le sirven para fiscalizar la conciencia literaria de Borges, receptor y convertidor de antiguas historias.
Nada que objetar, puesto que ambas posturas confluyen en la pesquisa del fenómeno literario.
Una viejísima evidencia, ésta, que Guillermo de Torre ya dio por resumida en Nuevas direcciones de la crítica literaria (1970).
Los analistas como Lefere, en palabras del español, no han de rehuir el condicionamiento humano y epocal, so riesgo de quedarse con los huesos; esto es, con las obras desprendidas de su contexto ambiental, y por consiguiente, de todo sentido.
Sin distinguirse en ello de otros colegas, Borges también extrajo literatura de las cunetas de la vida.
Aunque ello implique problemas en tomo a la intencionalidad, lo cierto es que el hacer funciona en su escritura como praxis del soñar, y además fomenta lecturas sintomáticas.
Desde esta perspectiva, Lefere comprende que aquel narrador de hábito resignado, temeroso de los espejos –el autor ficcionalizado y aun mitificado–, cristaliza elementos del Borges empírico, y proporciona asideros para medir en clave libresca la validez de su cuento auto biográfico.
Así como disponemos de retratos personalistas, expresados por el escritor en el ámbito de la confidencia, también se dan los autorretratos indirectos, de un largo recorrido connotativo y psicoanalítico (la proyección vertiginosa del pasado familiar en el ensueño del coraje; la identidad cifrada en las preocupaciones intelectuales del ajedrez o del laberinto...).
Sin gran exageración, al ensayista le cabe concluir que Borges encarnó de manera convincente la figura del hombre de letras.
Tanto es así que, a su modo de ver, el personaje extratextual acabó encubriendo al opulento Borges textual.
Bien lo saben sus apologistas, para quienes la fuerza motriz de 10 borgeano también puede hallarse en el desempeño mediático del escritor.
Copyright © Guzmán Urrero. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. Reservados todos los derechos.
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