
En la Fundación Juan March dictó Jean Canavaggio un cursillo sobre Cervantes (febrero de 1997). Canavaggio es, quizá, el único biógrafo moderno del escritor. Y no han faltado a Cervantes narradores, encabezados, en España, por Luzán.
Sólo a fines de la ilustración, algunos críticos lo tomaron en serio y abrieron una línea biográfica que, partiendo de Mayáns, Pellicer y Vicente del Río, llegaría, con cierta parsimonia, hasta Fernández de Navarrete.
Difícilmente podríamos reconocer hoy en aquellos textos unas al biografismo -quizá por debilidad de la novela-, tan pendiente de los detalles y de los chismes, la biografía se entiende en sentido opuesto, como estudio de una singularidad cuya historia se descifra, a su vez, como un destino igualmente singular. Esto se lo debemos, en principio, a los románticos, devotos de la exploración íntima y de la identificación afectiva con el personaje.
No hay biografía romántica que, a fuer de ejemplar según el dictamen plutarquiano, deje de ser, a la vez, una aventura emocionante en la que el lector se confunde con el biografiado porque antes le ha ocurrido lo mismo al biógrafo.
Las biografías románticas de Cervantes, como la de Márquez, son efusivas cuanto vagas, pues parten en busca de “la verdad del personaje” y se encuentran con dificultades documentales insalvables.
El positivismo de Asensio Toledo o Reyes Marín intenta introducir su rigor metódico y su voluntad de pruebas contrastadas y exhaustivas. El proyecto culmina en los libros de Cotarelo Mori y Fitzmaurice-Kelly, que son admirables y vastos archivos documentarios. Navarro Ledesma, en cuyo robusto volumen muchos empezamos a zambullimos en la privacidad cervantina, resuelve el problema de modo novelesco.
Por fin, Astrana Marín, en los sucesivos tomos de su biografía, quizá por falta de rigor metódico y de presupuestos de personaje, siquiera fueran esquemáticos, nos muestra a un Cervantes empapelado de infolios de época, pero hueco de intimidad. Ninguno llega más allá del tópico cervantino prócer, un Cervantes heroico y ejemplariza dor.
A lo largo de dos siglos, se mantiene una insistente nota común: la necesidad de idealizar y santificar a un hombre del que se sabe, en definitiva, poca cosa. Caravaggio decidió dejar de lado lado el gusto por la fábula y el amor por las grandes viñetas patrióticas. De movida, resulta actualmente muy difícil biografiar a cualquiera que, como Cervantes, tiene en blanco casi toda su infancia y adolescencia.
Las edades genéticas por definición carecen de anécdota. Lo mismo ocurre con largos períodos de su vida, mudos y escasos de papeles.
¿Por qué fue Cervantes a Italia, por qué se casa con una mujer notablemente mayor que él, de la que vive separado veinte años y con la cual se vuelve a unir como si nada hubiera pasado? ¿Qué lo lleva a participar en Lepanto?
Los biógrafos, que partieron en busca de un personaje, han hallado apenas la sombra de una persona huidiza, imposible de hallar en lugar alguno. Es cierto que existen algunos textos cervantinos en primera persona, pero si se leen en clave cervantina, ofrecen muchos reparos. Nada menos autobiográfico que un hombre del que no conservamos ningún manuscrito y apenas un solo retrato más o menos fiable.
A favor de esta pesada herencia hagiográfica, Rosa Rossi, en un breve texto llamado Ascoltare Cervantes, hizo el intento contrario, trocar la leyenda áurea en leyenda negra.
Su Cervantes resulta de familia de conversos (lo que había anticipado Américo Castro, siempre proclive a ver conversos por todas partes) y homosexual (lo que también sostiene Louis Combay).
Todo esto es tan hipotético como lo anterior, pero sin duda más provocativo y picante. Sus conclusiones son demasiado indigestas para una percepción heroica e imperial de la hispanidad, Que el gran emblema de las letras nacionales tuviera gotas de sangre judaica y la gran pluma española, más plumas de las debidas; es ciertamente demasiado, con que no se prueben las cosas rotundamente
No es tampoco ésta, desde luego; la actitud de Canavaggio, en su afán por soslayar todo lo hipotético y no valerse sino de pruebas concluyentes.
Él prefiere dejar en blanco lo que está en blanco y admitir que de Cervantes sólo sabemos algunas escenas sueltas y que ya no sabemos nunca más que lo sabido y consabido.
También es cierto que el biógrafo, ante estos desiertos informativos, puede preguntarse por qué han quedado tan pocas huellas de Cervantes en la historia contrastable. Sus motivos concretos habría, pero la historia no conjuga nunca el modo potencial. Se abre, entonces un ancho campo a la novela y el resultado no puede ser más que novelesco. Prefiero pensar el enigma cervantesco más bien en términos barrocos. Las gentes de esa época son gentes enmascaradas, fugitivas, adictas a la ficción y al disfraz.
La obra maestra de estas maniobras es el personaje de Don Quijote, del que no conocemos su ascendencia, ni siquiera su apellido fidedigno, ni podemos decir a ciencia cierta si estaba loco o cuerdo, si es que convenimos algo acerca de qué sean la locura y la cordura. El barroco se ocupaba, justamente, más de la locura del mundo que de la cordura de los individuos.
Por otra parte, lo ficticio barroco trabaja en el surco insoldable (e insondable, si se quiere) que separa la vida de la obra, ese surco que el romanticismo une en la intimidad del alma y el positivismo, en el estudio de la documentación, que acaba haciendo de la obra un apéndice de la vida. Bien, pero ¿cómo resolver esta unión si la “vida” de la que se trata, es mera suposición, ninguna posición? Maurice Moho, en otra conferencia a la que asistí, hace años, en la misma Casa de Velázquez, rondó una palabra clave que está al comienzo del Quijote: la diferencia, encubierta en otra palabra: mancha. (“En lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme...“).
En efecto, el castellano del siglo XVII tenía varias acepciones de la palabra mancha, una de las cuales era, precisamente, diferencia.
¿Qué diferencia cuyo nombre se borra al iniciarse el relato, marcaba a Don Quijote o Alonso Quijano, Quesada o Quijada? ¿Quién soy yo, el narrador, que no quiero acordarme de ese nombre? Un cronista árabe traducido por un anónimo lenguaraz manchego, ficción sobre ficción, ambigüedad sobre enigma.
Cervantes nos apunta otro cariz de la biografía, de la suya, de la correspondiente a su personaje y de la adjudicable a cualquiera de nosotros. La mayor parte de los momentos de nuestras vidas se borran para siempre y sólo queda de ella un cúmulo de datos suel sueltos, que la hipótesis resuelta por la narración convierte en historia. Con que no inventemos nuestro pasado, carecemos de historia. Unamuno, a la vuelta de los siglos, hallará que Cervantes no tiene, para nosotros, más realidad que Don Quijote, ese ser diferente cuyas diferencias, las famosas variaciones de la música barroca, no podemos nombrar.
Cervantes, como Don Quijote, carece de infancia y de adolescencia. Dice ser a veces uno, otras veces otro.
Don Quijote se proclama caballero andante, Sancho le cree y los demás no, aunque reaccionan como si se le creyeran, más o menos como nos pasa con los personajes de una novela.
La mancha, como la máscara, oculta un rostro que nunca veremos y que produce el efecto de una inexistencia. O, quizá, más simplemente, un rostro definitivo e indescriptible, un nombre propio indecible.
Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en la revista Vuelta. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.
2899 días atrás
648 días atrás
2109 días atrás
648 días atrás
2478 días atrás
2478 días atrás
652 días atrás
2113 días atrás
652 días atrás
833 días atrás
1748 días atrás
1017 días atrás
1017 días atrás












































































