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| "Claro y difícil", de José Bergamín |
| Biografía de Bergamín |
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José Bergamín (Madrid 1895–Hondarribia 1983) es una de las figuras más heterodoxas y contradictorias de la literatura española del siglo XX, a la par que una de sus más afiladas e ingeniosas plumas, siendo parte vital en la génesis de la llamada generación del 27.
De la mano de Andrés Trapiello, la Fundación recupera lo mejor de su poesía, algunos de sus ensayos taurinos considerados obras cumbres sobre la fiesta, ensayos literarios —figuras como Larra, Galdós, Unamuno, Lorca, Alberti y mitos clásicos como el Don Juan, Cervantes y el Quijote, La Celestina, el teatro de Lope—, aparte de sus aforismos, destellos de virtuosismo e ingenio.
Todo ello, acompañado por un prólogo de Trapiello que nos devuelve una mirada de Bergamín y la generación del 27 que no dejará indiferente a nadie.
Con este nuevo volumen, “Claro y difícil”, de la Colección Obra Fundamental, la Fundación Banco Santander recupera a uno de los grandes postergados de la literatura española del siglo pasado, cuya obra estaba en algunos casos descatalogada y en otros era muy difícil de encontrar.
El escritor Andrés Trapiello compila y prologa esta edición, para la que ha realizado un prólogo novedoso y brillante en el que analiza desde una perspectiva desprejuiciada el personaje y la Generación a la que contribuyó decisivamente: “una de las tareas más necesarias y urgentes que tiene por delante la literatura española…volver a la generación del 27 y proceder sin prejuicios ni temores ridículos”.
Generación a la que el propio Bergamín restó importancia, como constata Trapiello en una entrevista de 1978, “…a la que se quiere dar una enorme importancia, como si fuera un aerolito que cae de pronto en la literatura española; de hecho somos epígonos de los epígonos del 98”.
Bergamín fue tenido por todos los miembros de su generación como su prosista, crítico y propagandista “de cámara”, siendo a través de la revista Cruz y Raya –donde colaboraron muchos de ellos– y sus ediciones de Árbol o la Editorial mejicana Séneca, uno de sus principales editores y publicistas.
Perteneciente a los llamados “difíciles” de su quinta, amigos solitarios y libres –así habla de ellos el antólogo– como Cernuda, Zambrano, Gaya o Chacel, José Bergamín tuvo una personalidad “tan atractiva como singular y problemática”.
Activista republicano durante la guerra, mantuvo durante toda su vida el catolicismo inculcado desde su infancia, pese a su notoria radicalidad en la defensa de sus convicciones, algo que, como dice Trapiello tiene mucho que ver en cómo “malograr sus mejores pasos con desatados traspiés que a la fuerza resultarán desconcertantes”.
Exiliado en México, Uruguay, Venezuela o París, descubrió el brío de la poesía con tardanza y en los últimos trece años de su vida escribió más de doscientos artículos y dieciocho libros de todo género, sin contar reediciones o antologías.
Obsesionado con sus sueños políticos de vuelta de la República, acabó sus días apoyando a los independentistas vascos con su trabajo en Egin y su apoyo político a Herri Batasuna, aunque manteniendo un tono poético que está a la altura de lo mejor del cancionero popular, no inferior a Machado o Juan Ramón.
Bergamín, contradicción pura, es visto en palabras de Andrés Trapiello como “poliédrico y sencillo, arrinconado y esquinado, orillado y tumultuoso como un cubo de Rubik a quien una mano de nieve irá poco a poco ordenando, en pausados y constantes giros, hasta presentarlo armoniosamente con sus colores puros y poniéndole en paz consigo mismo y con todos”.
Esta antología se compone de una selección de nueve libros de poesía, tres textos taurinos, tres volúmenes de aforismos y veinticinco de sus mejores ensayos literarios, aunque sea la poesía el género que salpica a todos los demás.
Poesía: aunque José Bergamín no sería lo mismo sin su poesía, publicó su primer libro ya septuagenario, dando a luz una copiosa obra en sus últimos años, de la que se han rescatado aquí poemas de su primer libro, Rimas y sonetos rezagados, donde vemos como su mayor originalidad, en palabras de Trapiello, ese “renunciar a ser original”, versos que sin abandonar su toque barroco en los sonetos y décimas, ven sucederse un toque andaluz manifiesto de naturalidad, como en Duendecitos y coplas, escrito en París de un tirón, con coplillas frágiles y espigadas, a la manera de autorretratos del propio autor.
La muerte y el amor constituirán dos de sus temas centrales, aunque no desde la melancolía sino desde la felicidad.
Al volver, Del otoño y los mirlos o La claridad desierta van solapándose hasta llegar a La apartada orilla, Velado desvelo o Esperando la mano de nieve, poemas escritos entre condiciones políticas y circunstancias económicas traumáticas que se “leerán hondos, sencillos y misteriosos”, afirma Trapiello.
Canto rodado y Hora última nos acercan al casi postrero Bergamín, en palabras del antólogo “expresión viva y verdadera de alguien que luchó contra todo y contra todos”.
La música callada del toreo, La estatua de Don Tancredo o El mundo por montera son algunos de los ejercicios prosísticos más bellos e iluminados que sobre el arte del toreo se han escrito nunca.
Audacia y heterodoxia se combinan en sus textos taurinos, de modo que un verso de San Juan de la Cruz pueda hablar por sí solo de la fiesta como un territorio místico e incluso con un componente sagrado.
Aforismos: este género le abrió a Bergamín las puertas de la literatura, ayudado por Juan Ramón, que compuso un pequeño prólogo lírico para El cohete y la estrella, del que en este volumen hay una selección.
La cabeza a pájaros, “cuando se tiene la cabeza a pájaros hay que andar con los pies de plomo” y Aforismos de la cabeza parlante, otros dos títulos de los que se ha nutrido esta antología, son en muchos casos juegos o artefactos ocurrentes que para Andrés Trapiello en su mayor parte no han pasado “de la ocurrencia a la idea ni de la anécdota a la categoría”, aunque algunos sean “magníficos” aun cayendo en su exceso de ingenio.
Ensayos literarios: su reinterpretación de los clásicos llegó desde San Juan a Bécquer, pasando por el teatro de Calderón o Lope, Cervantes, Quevedo, aupándose a obras de creación más que escritor de raíz filológica, donde no faltan “una intuición genial, una cita oportuna”, nos dice Andrés Trapiello en su prólogo, al mismo tiempo que es capaz de sacar de ellos el tesoro escondido que portan con una gran facilidad.












































































