
Comedia con fantasmas, Marcos Ordóñez, Plaza & Janés, Barcelona, 2002, 489 pp.
Escritor, periodista, profesor, Marcos Ordóñez (Barcelona, 1957) es una de las más destacadas figuras de la crítica teatral de nuestros días, género que practica con agudeza y amenidad.
A lo largo de su obra narrativa, colmada de experimentación en su primer tramo y más tersa en el que sigue, los libros conservan el encanto sentimental de fenómenos como el cine hollywoodense y el teatro, que en el caso de Ordóñez viene a ser un determinismo biográfico más que una simpatía intelectual.
Recuérdense títulos como Una vuelta por el Rialto, Puerto Ángel y Tarzán en Acapulco, tres novelas en las cuales el narrador remueve los conflictos humanos con ágil penetración psicológica, muy dentro de esta virtualidad posmoderna, sensible a la yuxtaposición y a las citas.
Ya dentro de esta corriente, es bien cierto que los sedimentos que revela Ordóñez en su escritura son muy diversos, pero vamos a acentuar el color de aquellos que provienen de la escena, del cómic y del arte de novelar los géneros.
Situada en el mismo nivel, conviene asimismo introducir la cinefilia del narrador, tan sensible a las galas de estilo y de concepto que difundieron Ben Hecht, Howard Koch, I.A.L. Diamond, los hermanos Epstein y otros guionistas de la edad dorada.
Al incorporar esta Comedia con fantasmas a la serie de sus empresas, el novelista barcelonés desarrolla una idónea estrategia enunciativa para recopilar pasiones como las ya mencionadas.
Dicho en términos teatrales, la sustancia del papel es acá suficiente para cimentar un personaje a la medida de su creador.
El cómico Pepín Mendieta, desplegando su memoria entre 1925 y 1985, acumula unos recuerdos que, a buen seguro, también organiza con agrado el archivo personal de Ordóñez.
En otro plano, lo que –con ese oficio y documentación– parece perseguir el novelista es la topología de un retorno, titulado con una frase que abrevia su flujo.
No en vano, esta Comedia con fantasmas caracteriza el escenario como un espacio donde cada imagen se desliza hacia otra, acaso porque aún lo impregnan aquellas presencias que una vez lo habitaron.
En otras palabras, se trata de un territorio sentimental, desafiante, más aún cuando parece fugitiva toda identidad que progrese más allá del telón.
Muy lejos de la superchería y de la frialdad de títere que caracteriza a otras criaturas ideadas con igual fin, este memorialista imaginario, Mendieta, expresa con ternura, elocuencia, humor y fidelidad descriptiva el nomadeo de nuestros cómicos a través de un siglo repleto de prodigios y calamidades.
No es, por cierto, la primera vez que asistimos a una confesión inventada en estos términos.
Con ese tema novelable, Fernán–Gómez escribió un serial radiofónico, El viaje a ninguna parte, que también conocimos en forma de libro y de largometraje.
Pero ahí acaba el paralelismo.
Sin cohibir la mirada de su narrador, Ordóñez logra abarcar un ciclo de iniciación vigoroso, temperamental, repleto de las figuras que educaron los sentimientos del público hispano a lo largo de un siglo.
A veces con su nombre real y otras con un leve maquillaje, esos personajes quedan caracterizados mediante rasgos de una plasticidad insólita en la narrativa española, por lo demás no muy interesada en las atmósferas del teatro.
Bajo este ángulo, el trabajo del novelista es minucioso y su resultado distrae y mueve a la evocación.
Copyright © Guzmán Urrero. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. Reservados todos los derechos.
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