
El desenlace proporciona al relato coherencia, sentido de la totalidad.
Una novela sólo cobra fuerza de expresión y muestra su ser peculiar vista en su conjunto, cuando por fin se transparenta en sentido poético. Es éste el momento en el cual, según dejó dicho Ramón Gómez de la Serna, hallamos que “la novela se puebla de lo inconcebible y se habla con las más dudosas palabras, las que no se esperaban” (El novelista, Madrid, Espasa Calpe, 1973, p. 109).
Para implicar una determinada actitud en su narración, el autor debe convertir las acciones en vivencia −una vivencia que luego ha de corresponder al lector− y desarrollar el acaecimiento dramático dentro de unos límites, sin los cuales no habría unidad de sentido. “Las novelas −dice Vargas Llosa− tienen principio y fin y, aun en las más informes y espasmódicas, la vida adopta un sentido que podemos percibir porque ellas nos ofrecen una perspectiva que la vida verdadera, en la que estamos inmersos, siempre nos niega” (La verdad de las mentiras, Madrid, Alfaguara, 2002, p. 19).
Ahora bien, una cosa es partir de estas revelaciones y otra generalizar un esquema para idear un buen desenlace.
No nos engañemos. Esto último ya es cuestión de talento. Hay autores como Ana María Matute que antes de empezar una novela ya tienen claro cuál va a ser su final. “Me interesa mucho el final −dice−. Pienso que mis libros no se entienden bien hasta la última palabra, la que hace de broche o cierre a toda la historia” (citado por Pepa Roma, La trastienda del escritor. Una vocación y un oficio, Madrid, Espasa Calpe, 2003, p. 194).
Por supuesto, escribir esa última línea implica que el lector obtenga un método de verificación que le permita admitir la lógica y verosimilitud del relato.
En este plano, muchos narradores se sienten abrumados por un lugar común: el final feliz como imperativo. Así lo entiende Cándido Pérez Gallego: este tipo de desenlace queda explicado de acuerdo con la doctrina burguesa del derecho a la felicidad. Al fin y al cabo, en la novela de la vida cotidiana “todo acto lleva consigo una repercusión en el sistema social”. Por esta senda, el “pacto del final feliz supone y significa una mera renuncia al medio adverso. El lector es, por esencia, el gran necesitado de este final” (Morfonovelística. Hacia una sociología del hecho novelístico, Madrid, Editorial Fundamentos, 1973, p. 90). Lo cual quiere decir que ese lector llega a la literatura en busca de una solución para su peculiar problema, y que lo atenúa mediante unas dosis de gozo sugeridas por el cierre satisfactorio del cuento.
Al final de una novela de este jaez, el criminal recibe justo castigo, el esfuerzo del héroe o la heroína queda recompensado y el amor no es visto como un desafío complejo sino como una recompensa del destino. Ningún escritor de novela popular ignora estos principios. Indignado por la fórmula, Luis Goytisolo indica que existe un divorcio entre lo que se vende como literatura y aquello que, realmente, habría que entender como creación literaria. “Las buenas historias que promueve el mercado −dice− responden a un intento de contrarrestar el creciente desinterés del público hacia la creación literaria”.
En buena medida, ese criterio, desarrollado a lo largo de la segunda mitad del siglo pasado, “tiene un carácter eminentemente defensivo; si la gente leyese masivamente a Proust y a Faulkner, el best seller estaría por inventar” (“Contar buenas historias”, El País, 6 de marzo de 2004, p. 14). Por lo demás, la finalidad evasiva y aun terapéutica de este tipo de creaciones no es desdeñable, aunque sus limitaciones formales acarrean importantes servidumbres, incluido un tipo de desenlace heredado de la cinematografía: sorprendente, dinámico y con su regalo de emociones.
Como ya vimos, muchas veces el desenlace queda escrito antes de completarse otras zonas de la novela. De otra parte, el verdadero final, el rubricado en el momento de la publicación, tiene un efecto emotivo sobre el autor, quien pierde el señorío de su obra y se lo cede al lector. Manuel Mujica Lainez escribió jugosos párrafos acerca de ese tiempo que transcurre entre la terminación de un libro y el comienzo del siguiente. "He cerrado el último capítulo de un libro −dice−; me he despedido de los personajes que durante meses, quizás durante años, poblaron mi imaginación y mis horas, y de repente me siento despojado, vacío” (Cecil, Madrid, Ediciones Clásicas, 1990, p. 28).
En casos como éste, por cierto, no falta quien desea prolongar la escritura, posponiendo inútilmente el colofón de un empeño tan agudo como fértil.
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