
Escribir críticas o reseñas es un ejercicio complicado. Para empezar, hemos de confiar en que el crítico haya leído y comprendido la obra analizada. Tampoco está de más que el autor de la crítica tenga la suficiente preparación para su oficio. Acaso les parezcan dos perogrulladas, y sin embargo, en alguna que otra oportunidad se echan en falta. Por supuesto, la crítica de libros es algo más que eso, pero ya saben ustedes que no es fácil fijar una receta, sobre todo cuando ésta contiene ingredientes secretos.
A modo de resumen, y por no caer en la jerga típica de los universitarios, vale la pena creer en el ideal de crítico que describe Jean Starobinski: «una combinación de rigor metodológico (vinculado a las técnicas y a sus procesos comprobables) y de disponibilidad reflexiva (libre de toda constricción sistemática)» (La relación crítica. Psicoanálisis y literatura, trad. de Carlos Rodríguez Sanz, Madrid, Taurus, Cuadernos para el Diálogo, 1974, pág. 26).
En todo caso, vaya por delante una advertencia, y es que el cultivador de este género —bien sea en la prensa o en las publicaciones académicas— ha de familiarizarse con el conjunto de saberes que Emil Ermatinger ligó a la filosofía de la ciencia literaria.
Con igual entusiasmo, se hallan verificados estos principios en un buen número de monografías y manuales.
Los hay en cantidad, pero arriesgo una recomendación accesible y práctica: véase el sistema ordenado por Blas Matamoro en su epistemología de la crítica literaria (Saber y literatura, Madrid, Ediciones de la Torre, 1980), donde sin duda queda mejor explicado mucho de cuanto venimos señalando.
Aun evadiéndose de las instituciones académicas, el comentarista literario ha de reconocerse en el plano teórico antes de formular una reseña.
En consecuencia, su labor debe ser resultado de un acopio de lecturas previas que le servirán para atemperar el criterio y elegir una tonalidad en la expresión. No en vano, la magnitud del empeño exige soltura intelectual y algo más.
«En lo indeciso y contradictorio —señala Alfonso Reyes—, el peor enemigo, por seductor que sea, es el sistema. Fuerza es adiestrarse para no perder el tino en el balanceo, y templarse para aceptar las sorpresas. A lo mejor, ante un poema que hace llorar a los hombres, el poeta se desenmascara y nos dice cínicamente: «Lo escribí para usar la palabra vencimiento al final de un endecasílabo». Y es posible que no nos engañe» («Los estímulos literarios», en La experiencia literaria. Ensayos sobre experiencia, exégesis y teoría de la literatura, Barcelona, Bruguera, 1985, págs. 349-350).
El mayor reproche que puede dirigirse a un reseñista es la animosidad, o como diría el castizo, la mala leche. Con sobrados motivos, Antonio Machado pedía benevolencia a quienes cultivasen la crítica literaria o artística.
Esto, claro, depende del talante de cada cual. En todo caso, juzgaba don Antonio que: «benevolencia no quiere decir tolerancia de lo ruin o conformidad con lo inepto, sino voluntad del bien, en vuestro caso, deseo ardiente de ver realizado el milagro de la belleza. Sólo con esta disposición de ánimo la crítica puede ser fecunda. La crítica malévola que ejercen avinagrados y melancólicos es frecuente en España, y nunca descubre nada bueno. La verdad es que no lo busca ni lo desea» (Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo, 1934-1936, en Prosas completas, ed. crítica de Oreste Macrí con la colaboración de Gaetano Chiappini, Madrid, Espasa-Calpe, Fundación Antonio Machado, 1989, pág. 1925).
En definitiva, el programa del autor de críticas y comentarios no ha de responder a la búsqueda obsesiva de errores de enfoque o expresión, sino a una clara intención de enriquecer la literatura.
De hecho, ése creía Borges que ha de ser el objetivo de la crítica, y para demostrarlo, señalaba una certeza: «un personaje tan complejo como Hamlet (the Dead) es más complejo después de haber pasado por Coleridge».
De ahí que una de las principales funciones de la crítica no sea tanto «analizar los motivos del autor, sino enriquecer la obra» (Arturo F. Jasso, «Diálogo con J. L. B.: La enseñanza de la literatura», en Sagitario [Kalamazoo, Michigan], núm. 3 [julio de 1972], en Borges A/Z, comp. por Antonio Fernández Ferrer, Madrid, Ediciones Siruela, 1991, pág. 54).
En otro sentido, es obvio que la valoración se ciñe siempre a un conjunto de valores dominantes. Este carácter provisorio y, en tal medida, subjetivo, convierte al reseñista en un agrimensor, atento a las cotas que han alcanzado ésta o aquella entrega en un contexto histórico preciso.
«Como a las montañas —escribe Héctor Yánover—, a los escritores se los mide por su pico más alto. Algunos se empeñan en reprocharle al Everest que no siempre alcance los 8 848 metros, y hacen su fama criticando los libros más flojos, los pasajes menos felices, los tropos fallidos» (El regreso del Librero Establecido, Madrid, del Taller de Mario Muchnik, 2003, pág. 43).
Tampoco faltan motivos para esta parcialidad de criterio; más aún entre los hispánicos, cuyo estereotipo nacional —la envidia y sus desazones— ha sido diagnosticado en más de un comentarista que no simpatizaba con el autor del libro que se disponía a comentar.
Al decir de Machado, ese pecado no es moderno ni tan siquiera infrecuente. Más bien al contrario:
«Entre nosotros —digámoslo muy en general, sin ánimo de zaherir a nadie y salvando siempre cuanto se salva por sí mismo— la crítica o reflexión juiciosa sobre la obra realizada es algo tan pobre, tan desorientado y descaminante que apenas si nos queda más norte que el público. En el teatro, sobre todo. Hasta nuestros grandes dramáticos del Siglo de Oro, metidos a censores y preceptistas, no hicieron otra cosa mejor que pedantear en torno a Aristóteles».
Hay, desde luego, motivos para esta patología intelectual, y es que en España, según el poeta, «lo endeble es el juicio, tal vez porque lo sano y viril es, como vio Cervantes, la locura» (Antonio Machado, Prosas completas, ed. cit., págs. 1992-1993).
Por recuperar la prudencia y no introducir nuevas incomodidades, digamos que la crítica es algo más que el simple análisis de los textos.
He caracterizado la reseña como género, y por eso invoco la autoridad de Borges, a cuyo juicio «lo importante es ubicar al crítico como creador y a la crítica como un hecho creativo. Hoy, por ejemplo, después de la obra de De Sanctis, de diversos críticos, no se puede ignorar el cambio que se ha operado en la crítica» (Miguel Espejo y Carlos Dámaso Martínez, «Soy un escritor y quizás un poeta», en La Palabra y el Hombre [Xalapa], núm. 18 [abril-junio de 1976], en Borges A/Z, op. cit., págs. 54-55).
Al involucrar la creatividad en esta fórmula metaliteraria, el texto que escribe el reseñista se convierte en una invitación que recrea, con todos los cuidados del caso, su experiencia lectora.
Más en nuestras fechas, este ejercicio de re-lectura adquiere un valor añadido que sugiere Mario Vargas Llosa:
«Si queremos evitar que con la literatura desaparezca, o quede arrinconada en el desván de las cosas inservibles, esa fuente motivadora de la imaginación y la insatisfacción, que nos refina la sensibilidad y enseña a hablar con elocuencia y rigor, y nos hace más libres y de vidas más ricas e intensas, hay que actuar. Hay que leer los buenos libros, e incitar y enseñar a leer a los que vienen detrás [...], como un quehacer imprescindible, porque él impregna y enriquece a todos los demás» (La verdad de las mentiras, Madrid, Alfaguara, 2002, pág. 402).
Por consiguiente, esa función que adquiere el crítico como intermediario —y acaso como guía o pedagogo— nos obliga a meditar en su responsabilidad, tanto o más importante que sus conocimientos teóricos y su habilidad expresiva.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.
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