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"Contra Sainte-Beuve", de Marcel Proust

Contra Sainte-BeuveAntes de ponerse a escribir En busca del tiempo perdido, Marcel Proust trabajó en una suerte de borrador, destinado a quedar inconcluso, y que Bernard de Fallois exhumó en 1954 con el título de Contra Sainte-Beuve.

En efecto, en principio Proust quería refutar las teorías del crítico francés pero ya sabemos lo que ocurrió: se le fue la mano o el texto se le fue de las manos y salieron dos o tres mil páginas de una obra inclasificable, acaso también una novela. En aquel apunte, la conclusión es un rápido ensayo sobre la lectura.

La clave proustiana -nunca mejor dicho lo de clave- es musical. Leer es cantar, hallando la partitura no escrita que yace bajo los renglones escritos. «En cuanto yo leía a un autor, distinguía enseguida debajo de las palabras el aire de la canción». El buen lector proustiano solfea lo que lee: pone respiraciones, liga las frases o las marca o las pica, repite da capo, acelera o ralentiza, llega a la cadencia final después de incontables tensiones y vacilaciones tonales. Etcétera.

Como la vida misma, un etcétera que parece largo y tiene la brevedad de la presencia. Cada escritor, como cada músico, posee sus tonalidades favoritas y hasta las exhibe, negativamente, el escritor blanco tal si fuera un compositor atonal de las palabras. La música de Faulkner es polifónica, como la de Gide es monódica y la de Beckett, desprovista de tonalidad.

El sonido de Valle-Inclán es esmaltado como el de una opípara soprano y si Montaigne canta en voz baja, Víctor Hugo y León Felipe lo hacen a pleno pulmón, como tenores heroicos. De aquella temprana conclusión es una de las fórmulas más acreditadas de Proust: «Los bellos libros están escritos en una suerte de lengua extranjera». Cabe traducir: lengua bárbara. O amplificar: todo bello libro es una barbaridad y merece el elogio del adjetivo correspondiente.

Se puede arriesgar la hipótesis de que esa lengua bárbara es la música, entendida como Proust la entendió, como bastidor o cañamazo de la palabra.

La música no sólo posibilita al escritor el encuentro de la palabra justa, que siempre es sonido justo aunque no se oiga por la oreja, sino que provee un elemento esencial al pensamiento: la analogía que se obtiene por la modulación. Dos tonalidades se vinculan cuando se modula y así dos imágenes que dan lugar a la aparición sensible de una idea. Porque las ideas, como los acordes y las melodías, están ahí, en los signos, en las palabras que, real o idealmente, resuenan.

Estamos habituados a las palabras cotidianas, que vienen pegadas a su significado habitual. De pronto, alguien o algo rompen esta compacta costumbre y la palabra que creíamos dominar por el automatismo diario, se nos escapa y nos obliga a perseguirla. Ha tomado una actitud musical: una fuga. La seguimos con la esperanza de alcanzarla en el momento de la coda. Nos promete un encuentro con la vida verdadera, cuando la palabra y la música, el sentido y el sonido, se unan en el canto.

Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos


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