
El modo en que los exiliados revitalizaron el mundo académico mexicano constituye, sin lugar a dudas, una admirable hazaña intelectual, y por ello sorprende la penumbra bibliográfica que domina su análisis, sobre todo en lo que concierne a la comunidad científica beneficiada por el régimen cardenista.
Frente a este silencio de incomprensible carácter, el volumen coordinado por Agustín Sánchez Andrés y Silvia Figueroa Zamudio (De Madrid a México, CAM, 2001) propone una serie de aproximaciones, a cual más sugerente y documentada, en torno a los transterrados españoles que pudieron prolongar su tarea en las aulas y laboratorios mexicanos.
El éxodo fue complejo, y hay que observarlo contextualmente. Tomás Pérez Vejo recorre la mitología referencial a la que tuvieron que acercarse los refugiados, y sus aportes a este repertorio simbólico, tan cargado de sobreentendidos, oscilante entre la hispanofobia y la hispanofilia.
Una vez en materia, Miguel Ángel Puig-Samper Mulero conmemora el exilio científico especificando los avatares de Ciencia, una revista cuyo primer número apareció el 1 de marzo de 1940. Los personajes que importan en su destino fueron Ignacio Bolívar Urrutia, quien fuera cabeza visible del Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid, y tres redactores destacados bajo la dirección de aquél, Cándido Bolívar Pieltain, Isaac Costero y Francisco Giral. También habla de Bolívar Urrutia el texto de Susana Pinar, quien asimismo esclarece, en todos sus extremos, la proyección mexicana de genetistas como Antonio de Zulueta y Bibiano Fernández Osorio-Tafall.
Son modélicos a este respecto Odón, Rafael y Fernando de Buen, miembros de una ilustre saga de oceanógrafos que protagoniza el escrito de Salvador Sánchez Carrillo. Y otro tanto ocurre con un prehistoriador, Pedro Bosch-Gimpera, cuya herencia académica homenajea José Manuel Quesada López.
Tales personalidades, como bien puede comprenderse, tomaron prestados los recursos académicos locales, y no es casual que prestasen servicio como profesores en centros de importancia, en los que introdujeron no pocas innovaciones.
Tenemos así que, cohesionadas en torno al modelo educativo de la Institución Libre de Enseñanza y la Junta de Ampliación de Estudios, algunas instituciones de sello ibérico probaron su eficacia –y por qué no decirlo: su afirmación utópica– en tierra mexicana.
A través de Beatriz Morán Gortari, es posible medir los méritos del Instituto Luis Vives, el Instituto Hispano-Mexicano Ruiz de Alarcón, la Academia Hispano-Mexicana y el Colegio Madrid.
En paralelo, Silvia Figueroa, Agustín Sánchez Andrés y Gerardo Sánchez Díaz evalúan otros dos planes docentes, esta vez llevados a efecto en Morelia, capital del Estado de Michoacán: la Universidadla Escuela España-México, modelo esta última de la política educativa cardenista. de Primavera Vasco de Quiroga y
Más allá del ordenamiento científico y de su balance, Enrique Baena culmina el estudio concentrándose en la mitología cultural y poética del refugiado.
Destaca así el articulista cómo los transterrados, al tiempo que ceñían vínculos entre ambos países, no mostraron vacilación a la hora de conservar y enriquecer el legado intelectual de aquella España que un día debieron abandonar por la fuerza. En verdad, hubo en ellos un sustrato apasionado y trascendente, clave para fijar su identidad colectiva.
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