
El género policial, fascinante y duradero, aún ha de sobreponerse a ciertas inercias en el campo de la crítica.
El problema de las llamadas subliteraturas ha ocupado a muy distintos analistas. Me refiero a fiscales de fino olfato, convencidos de que la fidelidad a las convenciones −la fórmula, tan temida− no contribuye a enaltecer las cualidades de esta o aquella creación. Para ellos, sucede más bien al contrario: cuando un autor se apropia de los géneros y de su engranaje, esos mismos críticos acentúan los indicios de fragilidad en la obra resultante. Al final, escribir a favor de los lectores parece el síntoma de un vuelo literario tirando a escaso.
Con lo anterior, queda ya sentado un prejuicio irritante, que afecta particularmente a los cultivadores del género policial. Supongo que más de una vez habrán leído latiguillos al estilo de “A pesar de ser un thriller, no le faltan méritos” o “Consigue atrapar al lector, pero lo hace sin salirse de una intriga convencional”.
Frente a lo dicho por esos comentaristas, el esclarecimiento de este temario novelesco acredita un complejidad admirable. Así, Julian Symons pormenoriza las diferencias que hay entre la novela detectivesca, la novela de crímenes, la psicológica, la analítica y aquella que calificamos “de suspense” o policiaca. A modo de receta general, Symons reproduce un texto de W. H. Auden, donde el prestigioso autor plasma este atinado esquema: “La fórmula básica es ésta: hay un asesinato, son muchos los sospechosos, éstos son eliminados todos ellos salvo uno, que es el asesino, y el asesino es detenido o muere”.
Quien mueve en primer lugar semejante resorte es Poe, en Los asesinatos de la calle Morgue (1841). Conscientes de la magnitud y fortuna de dicho invento, Borges y Bioy Casares reseñan que el americano “tenía el hábito de escribir relatos fantásticos; lo más probable es que al emprender la redacción del texto precitado sólo se proponía agregar, a una ya larga serie de sueños, un sueño más. No podía prever que inauguraba un género nuevo; no podía prever la vasta sombra que esa historia proyectaría”.
Mientras en territorios de influencia gala y anglosajona lo policial adquirió realidad literaria, en España escasearon los autores. Más bien, cabe decir que, en sus inicios, el género atrajo casi exclusivamente a los llamados periodistas de sucesos. Basta repasar las revistas de crímenes publicadas entre 1900 y 1930 para advertir esa circunstancia. A juicio de Salvador Vázquez de Parga, sucede que entre nosotros hay una larga tradición de lectores propensos a este tipo de novela, pero “no hay una práctica de escritura generalizada. Existen, sí, muestras aisladas del género de muy variadas intenciones, muestras de todo tipo y a todos los niveles diseminadas a lo largo del siglo XX, sin que en ningún momento haya llegado a constituirse un núcleo de novela policiaca española”.
El mismo ensayista sugiere una genealogía local de la literatura policiaca, iniciada por las crónicas forenses y las historias de bandoleros. Dejando a un lado otros aportes, más bien tangenciales, Vázquez de Parga recuerda que Daniel Freixa y Martí cultivó esta posibilidad narrativa en sus Memorias (1828). Por cierto, en su opinión, no son creaciones policiales ni El clavo (1853), de Pedro Antonio de Alarcón, ni La incógnita (1889), de Benito Pérez Galdós. En cambio, parece que Emilia Pardo Bazán supo acercarse al género en La gota de sangre (1911) y que Joaquín Belda también asumió esta convención en la novela paródica ¿Quién disparó? (1914). Lamentablemente, en lo sucesivo no hallamos a creadores de renombre entre los practicantes de dicha modalidad literaria. Por ejemplo, en los años diez y veinte, proliferaron las aventuras detectivescas urdidas por Alfonso Vidal y Planas, Adelardo Fernández Arias, Antonio Pedrosa y Vicente Díez de Tejada. Es decir, profesionales de la novela popular y folletinesca.
Por esta senda se movió igualmente E. C. Delmar, seudónimo de Jaime Bert, quien publicó en 1932 El secreto del contador de gas, donde actuaba el primer detective español popularizado en los dominios de la ficción: Venancio Villabaja.
Con tales antecedentes, sorprende que, pasado un tiempo, el género conquistase en España voluntades más exigentes, según puede colegirse de esa lista que encabezan Francisco García Pavón, Manuel Vázquez Montalbán, Eduardo Mendoza y Arturo Pérez-Reverte. Sin embargo, no hay en nuestras letras nombres equiparables a los de Agatha Christie, Chandler, Biggers o Hammett.
En parte debido a la influencia cinematográfica y televisiva, el género policiaco es hoy uno de los alimentos principales de la industria editora. La cosa tiene su explicación. Dice Blas Matamoro que “la novela policial, eje del actual consumo libresco, es quizá el único género puramente literario que creó el capitalismo tardío”. Y añade que, si aceptamos a Poe como antecedente principal, vemos que la producción de obras de este jaez “es paralela a la formación de monopolios y a la consolidación del sistema imperialista. Literariamente, es contemporánea a la languidez, decadencia y reemplazo de la gran epopeya sicológico-social del siglo XIX, a las búsquedas de vanguardia y al cuestionamiento mismo de existencia de la literatura”. En definitiva, añade, quizá por reproducir en su partitura la catarsis de la tragedia aristotélica, éste viene a ser “el género próspero y floreciente en un mundo literario revuelto y enfermo”.
(Publiqué la primera versión de este artículo en el Centro Virtual Cervantes)
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