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Disidencias de Juan Goytisolo

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En estos artículos del período 1970-1976 (Disidencias, Seix Barral), Goytisolo se propone disentir, disentir del sistema social y cultural heredado, disentir de todo sistema, finalmente: disentir de sí mismo. Para hacerlo, elige el lugar del marginal, planteando una serie de identificaciones históricas: Fernando de Rojas Francisco Delicado, Estebanillo González, Blanco White.

 Traduciendo: el converso perpetuamente acosado, el emigrante interior, el exiliado, el pícaro, el perseguido racial o sexual, el no incluido que hace de esta evasión perpetua una moral: .toda mi actual experimentación literaria va acompañada de un deseo o propósito de descalificación moral: de decir lo “indecible”. de desautorizarme a los ojos del intelectual humanista clásico.

Tal vez Genet sea a fin de cuentas el único moralista serio de nuestros días. Su reivindicación de la “traición” ha influido sin duda mucho en el proyecto y realización de mi empresa julianesca (301).

La plataforma de estas disidencias es una filosofía de la historia pesimista, anárquica, individualista, que toma distancias ante un mundo dominado por la medieval “ley de fortuna” (umbral del Renacimiento). el desorden, la guerra. el caos, el litigio. la radical soledad del hombre, la soberanía de las pasiones, la universal falta de sentido, el vacío de Dios, la prescindencia del prójimo, en fin: la visión quejosa de Pleberio en La Celestina (261, releída por un desencantado amigo de las Luces del siglo XVIII. Este pesimismo individualista conlleva una desconfianza esencial ante el poder: “todo poder, por legítimo y recto que sea en sus comienzos, acaba por degenerar y corromperse” (300).

Todo poder, salvo el del nacionalismo árabe, por quien Goytisolo confiesa toda su pasión (304).

¿Por qué? ¿Acaso porque, a pesar de su demoledor criticismo, no ha podido el autor desembarazarse de la categoría de lo sagrado?

Disiente Goytisolo, por todo esto, de las filosofías de la historia esencialistas, que fijan el ser nacional de un pueblo en torno a ciertas notas invariables e ineluctables (el ser nacional hispánico que preocupa a Menéndez Pidal y a Sánchez Albornoz, por ejemplo).

Ello, finalmente, lo lleva a disentir de Juan Goytisolo, cuando adhiere a otra filosofía igualmente esencialista de lo español, que es la de Américo Castro, simplemente porque es “escandalosa” y excluye del espacio hispánico las raíces celtas, iberas, romanas y visigóticas.

O cuando vindica al Carlos Fuentes de Terra nostra, que concibe la historia americana como el resultado fatal de una maldición o profecía (143 y 255). Decir lo indecible es empresa utópica.

Quiero decir: plantea una utopía de la escritura en un doble sentido: como propuesta de una escritura sin espacio, fuera de toda tierra (una escritura radicalmente desterrada) y sin tópicos, o sea sin temas.

Como utopía, la tarea tiene sus inconvenientes. Goytisolo propone devolver la voz al cuerpo, que ha quedado “mudo, inerme, culpable, condenado sin apelación por el lenguaje” (124) por efectos de la dominante moral judeocristina.

Se trata de reconciliar al hombre consigo mismo por medio de un pensamiento que no abstraiga, niegue o reprime al cuerpo, que asuma la rebelión del cuerpo contra tas religiones opresivas, sean las tradicionales o la actual del progreso.

Para ello, son modélicas otras culturas que la nuestra: el Islam y el hinduismo, por ejemplo. Tal vez sea otra disidencia de Goytisolo consigo mismo: ¿hay afirmación del cuerpo para las mujeres del Islam -Islam significa sumisión-, la hay para el ayatollah Jomeini? ¿la hay en la técnica hinduísta del éxtasis y el nirvana?

Los ejemplos literarios de presencia corporal en la escritura -Góngora. Lezama Lima, Belda, Sarduy, etc- son, a menudo, el cultivo sistemático de la metonimia y la metáfora cuando de partes y actos sexuales se trata.

Es decir: son ejemplos de la tradicional descorporización de la literatura, que es retórica y no es la vida, como Platón y Goytisolo se encargan de explicar.

Sí, en cambio. hay corporeidad -quiero decir: referentes corporales directosen Quevedo, poeta del culo, la mierda y el pedo, tal cual. pero poeta despectivo de la analidad y las heces, por eso -retorno de lo reprimido- poeta del esfínter flojo y la diarrea.

Por otra parte, en una nueva disidencia consigo mismo, Goytisolo vindica una literatura Iúdica, de puro lenguaje, insumisa a toda ideología (incluída, claro está, la ideología de la liberación sexual). Los temas ya no son subversivos en el mundo capitalista actual: lo único subversivo es el lenguaje (167). O sea: el lenguaje sin temas, que Goytisolo propone destruir por la dinamita y el purgante, en actitud “sacrílega” (sin duda porque considera que el lenguaje es sagrado, de otra manera no habría sacrilegio posible).

Volver al barroco en contra del realismo chato e ingenuo del último siglo, subrayar lo artificial del acto literario (en su análisis de Cervantes, lo mejor del libro, insiste en el Quijote como en una literatura habitada por la literatura), recuperar a los escritores que han hablado del cuerpo como tal (Arcipreste de Hita), colocar el manierismo en el espacio de la vanguardia, son empresas derivadas de las anteriores, sometidas a sus mismas tensiones.

La mejor misión del escritor es desarrollar al máximo sus contradicciones. Por eso, en estos textos está el mejor Goytisolo, que suele evadirse de la autorrejezentismo megalómano o la retórica experimentalista, que son sus tentaciones y las de tantos escritores en España y fuera. El Goytisolo que, como sus admirados Sade y Genet, se afirma para disentir de sí mismo.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en la revista Vuelta. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.


¿Quieres saber más?
Eros, mística y muerte en Juan Goytisolo (1982- 1992), Javier Escudero Rodríguez, Instituto de Estudios Almerienses, 1994, 174 páginas.

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