
Compara Hans Magnus Enzensberger («Libros a la carta», en El País, 1 de diciembre de 2002) el negocio del libro con el de los restaurantes.
En ambos renglones de la economía, ha irrumpido el proceso de concentración y gigantismo empresarial. Hay un resultado común: la gran empresa no ha conseguido acabar con el pequeño establecimiento, a veces familiar y hasta con cierto aire de artesanía.
En otros órdenes, las cosas difieren. Las vastas cadenas internacionales de hamburgueserías, pizzerías y comidas a domicilio prosperan alegremente. A la misma hora, la misma ensalada es repartida en Bangkok, Helsinki y Toral de los Guzmanes. Con los libros no ocurre exactamente esto.
Los márgenes de beneficio no son comparables, porque el mercado del libro, más o menos grande o pequeño, es marginal en sí mismo.
Las cuentas no salen y no pueden salir.
De ahí que algunos grandes grupos económicos metidos a editores se estén desprendiendo de su producción de libros.
Hay otra diferencia en juego, que hace más directamente a la naturaleza del libro: el objeto es en éste, el soporte de un texto. Si bien es verdad que un libro malo y otro bueno, en la misma colección, cuestan lo mismo, no valen lo mismo. En un restaurante, el solomillo no tiene igual precio que la pizza.
El lector pagará una similar cantidad de dinero por Agamenón o su porquero, pero distinguirá al uno del otro.
Como dice el poeta argentino Santiago Sylvester, la literatura es el único campeonato de fútbol donde un jugador de novena puede aparecer en primera, pero el espectador avisado se dará cuenta de la patraña.
Las macroempresas, lanzadas a comprar derechos de autor por medio de colosales anticipos, a promover ventas premiando con fortunas a ciertos novelistas, a organizar presentaciones en fiestas palaciegas, a sostener a voraces agentes literarios, comprueban que las ventas al detalle pueden arrojar números rojos.
Se ven obligadas a vender derechos de traducción y adaptaciones televisivas o cinematográficas para compensar gastos.
Al margen del margen, si cabe la redundancia, los pequeños y hasta ínfimos editores, como los restaurantes familiares de los barrios y los pueblos, sigue haciendo libros baratos para pocos lectores, muy atentos y críticos, encarnizados en la antigua costumbre de aislarse en medio de la ciudad y escuchar la voz privilegiada de los escritores para convertirla en un privilegio compartido.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos
45 días atrás
45 días atrás
65 días atrás
150 días atrás
158 días atrás
164 días atrás
220 días atrás
220 días atrás
268 días atrás
291 días atrás
291 días atrás
324 días atrás
345 días atrás












































































