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"El camino de Buenos Aires", de Albert Londres

WilliamGodivaJohnColli

El camino de Buenos Aires, Albert Londres, traducción de Emilio Frías, Prensa Ibérica, Barcelona, 1998, 194 pp.

Sin abandonar del todo su propensión a la rebeldía, Albert Londres (1884–1932) poseyó una curiosidad periodística infatigable que, al decir de la leyenda, le costó la vida durante el naufragio del paquebote George–Philipar; tras abandonar la costa china.

Es seguramente la más trágica imagen de un reportero: después de anotar a vuelapluma los secretos de la guerra chino–japonesa, perece al detenerse a recuperar sus notas en el camarote.

Hay quien luego soñó conspiraciones en tomo al periodista de posteridad gloriosa, ahogado junto a las libretas donde, según comentan, figuraba una entrevista con Mao Zedong.

En todas las mentes estaba la personalidad de quien había denunciado en sus reportajes la tragedia humana, el dolor de los desfavorecidos, sin miedo a las consecuencias, con una audacia tan extraordinaria que sus viajes nos parecen hoy hazañas dignas de ser noveladas.

Corresponsal en el Mame, Londres afila su estilete en las cárceles coloniales francesas, de donde surge Au bagne (1924), el primero de los volúmenes que dedicará al forzado y maestro en fugas Eugene Dieudonné.

La estrategia del horror se repite en Dante no vio nada (1924), cuyo título explica su visión de las colonias penitenciarias del norte de África.

Otro capítulo delicado es el de los manicomios, tenebrosamente retratados en Chez le fous (1925).

Llegan luego piezas como La Chine en folie (1925) y Tierra de ébano. La trata de negros (1929) que destapan nuevos atropellos.

Hasta ahora, todo cuanto llevamos dicho nos hace suponer la observación implacable de Londres, viajero a la búsqueda de injusticias, voceando hacia las murallas de Occidente.

Pues bien, ese talante se reaviva con brillantez cuando el periodista recorre los canales de la trata de blancas.

Los personajes que describe en esa peripecia no exhiben identidades armadas sobre estereotipos; muy al contrario, Londres evita el costumbrismo y procura llegar a la entraña sin moralizar.

Primero se acerca a los tratantes franceses en Marseille porte du sud (1926), pero al advertir la intensa vida prostibularia de Buenos Aires, viaja hasta Argentina para conocer allí la realidad de los rufianes franceses que fomentan la efervescencia carnal.

A partir de sus pesquisas, el receptivo Londres completa El camino de Buenos Aires (1927), libro de escritura sumamente ágil que comenta el hampa bonaerense, y lo hace con descaro, reservando un papel principal a los proxenetas polacos, dueños de una organización de socorros mutuos que fue la más poderosa gestora de burdeles, la Sociedad Varsovia (1906), rebautizada en 1929 como Zwi Migdal (en yiddish, Gran Fuerza).

Por cierto que las muchachas con quienes comercian estos maleantes proceden de aldeas judías de Polonia, Bulgaria y Rumanía, las mismas cuya miseria relatará el periodista en otro libro, El judío errante ha llegado (1930).

Este camino de Buenos Aires por el que curiosea Londres lo transitan mujeres en venta cuya historia carece de moraleja: «Mientras haya desempleo. Mientras haya muchachas con tanto frío y tanta hambre, que no sabrán adónde acudir para poder dormir. (...) Mientras tanto, dejemos que el rufián nos sustituya y les tienda un plato de sopa».

El afán descriptivo del relator se fija en vidas truncadas, disputándose favores patéticos, útiles para personificar la denuncia.

Centro mundial del tráfico de blancas, Buenos Aires aparece en su libro como un entorno clandestino, limitado además por la corrupción.

Así vista, desde luego, no debió de agradar mucho esta imagen a los aludidos.

Recordando la publicidad de esta polémica, es propio cerrar este comentario con un fragmento editorial del diario argentino Reflejos (4 de junio de 1932), síntoma de tal revuelo: «La difusión de Le chemin de Buenos Aires, libro en que Londres describe minuciosamente la trata, contribuyó a creamos la poco envidiable fama de que disfrutamos en muchas ciudades europeas».

Copyright © Guzmán Urrero. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. Reservados todos los derechos.


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