
El corazón del témpano, Francisco Coloane, Ollero & Ramos, Madrid 1999, 200 pp.
Es más cierta de lo que a primera vista parece aquella definición admirable, quizá desgastada por el uso, de que aventura es ir al fondo de lo desconocido para descubrir lo nuevo.
Las individualidades más opuestas han manejado ese propósito, sin retraerse ante los desvíos del azar, merced a la prerrogativa de ser los primeros, una cuestión muy considerable para quienes derrochan tantas energías, materiales o intelectuales, en una empresa de cuyo éxito no se tiene seguridad.
Si hemos de recurrir al estereotipo y al género, mucho ha variado la épica en este mundo actual, tan maquinista, donde las expediciones orientan su rumbo mediante satélites.
Sin embargo, en ese afán cuyo desenlace nos parece hoy menos dudoso, el moderno aventurero, al igual que sus predecesores, debe soportar con valor los padecimientos, recorriendo como ellos parajes inhospitalarios, donde belleza, dolor y muerte pactan el examen que cada hombre ha de sufrir.
Pues bien, toda esa inquietud se nos antoja cotidiana en las páginas que comentamos, un serio proyecto cuyo autor forma el propósito de conquistamos mediante la evocación del Chile austral.
Dos novelas marineras integran el volumen, El último grumete de la Baquedano (1941) y Los conquistadores de la Antártida (1945), y ambas son un fiel exponente del quehacer narrativo de Francisco A. Coloane (Quemchi, 1910), en el cual resuenan distinguidas voces del pasado literario.
Sin esconder sus devociones, el escritor se ensueña con el recuerdo de Stevenson, Verne, London, Conrad y Kipling; Y sobresalta la imaginación de los lectores con un relato marítimo de impecable estilo, poderoso y preñado de nostalgia.
Con sus escritos pretende Coloane cultivar el misterio de los paisajes magallánicos, patria de indios, navegantes y desterrados, punto final de los destinos más diversos.
Le complace bajar hasta las aguas y describir la emoción humana encaramado en la punta de un mástil, allí donde la disposición de ánimo se altera con los desmayados golpes del oleaje.
Coloane no esconde la presencia autorial en sus escritos: imágenes de su vida se filtran, evocadoras, en las de narrador y personajes.
Por ello, sin ánimo de caer en el biografismo más reductivo, echamos de menos en esta edición el detalle vital, la introducción que sirva de preámbulo a la lectura, más aún teniendo en cuenta la irregular distribución que la obra del escritor chileno ha tenido hasta hoy en España, donde sus admiradores han debido conformarse con hallar en alguna librería de lance títulos como Cabo de Hornos (Novaro, 1955) en edición mexicana.
No obstante lo apuntado, nada hay que objetar a la factura del volumen, impecable en su diseño y tan oportuno en ese redes cubrimiento español del hombre de letras y aventuras.
Como el propio autor hiciera en los vapores capitaneados por su padre, el muchacho protagonista de ambas novelas, Alejandro Silva, madura a bordo de la corbeta Baquedano.
Por consiguiente, el contratiempo inesperado ha de agitar su ingenio, oscilando en el límite, sumido en el ajetreo incesante de los habitantes del mar con quienes comparte melancolía, lealtades y el capricho del viento.
Luego, ya crecido, quien fuera grumete se hace radioperador, y ese mismo Alejandro zarpa en compañía de su hermano, Jefe Blanco de los yaganes, rumbo a las costas de la Antártida.
No es difícil reconocer en la mirada curiosa de Alejandro al joven Coloane, cazador de lobos marinos, ovejero, domador de potros, marinero de cuters y de la flota ballenera.
Sometido al choque continuo de tan salvajes experiencias, el personaje literario al igual que su creador, descubre la medida de sí mismo en las ensenadas y canales del último confín de la Tierra.
Copyright © Guzmán Urrero. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. Reservados todos los derechos.
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